Continental

Tres es ideal; cuatro está bien, y se puede incluso entre más pero unos a otros se estorban, se vuelve demasiado competitivo; jugarlo entre tres o cuatro es perfecto. Fernando es el que ha impuesto todas las modalidades; a él se le ocurrió que jugáramos en sets para luego promediar y sacar ganador: tres veces la serie completa de seis a doce cartas. Pero ya una vez, no me acuerdo en qué verano, sumamos tres veces tres, o sea veintisiete juegos. Una locura. Entre picas y corazones, tréboles y diamantes que fueron antes... acaba por borrarse el resto del mundo, como si todo estuviera encerrado en esas cincuenta y cuatro cartas rojas mezcladas con las cincuenta y cuatro azules, porque también los comodines juegan con todo y sus disfraces de arlequín o en bicicleta. Valen por la carta que sustituyen y una vez abiertos uno los puede tomar para bajarse si tiene la carta que están representando.

Seis cartas para cada jugador, una muestra que se saca del corte de la baraja, robar una y pagar al pozo; se puede robar del mazo o del pozo; si es tu turno tienes preferencia pero otro jugador se puede llevar la carta pagada por el anterior con un castigo, y no paga. Termina el juego cuando alguien baja dos tercias y se queda sin cartas; puede descartar sobrantes en el juego ya bajado, propio o de los demás. Eso es todo el chiste. Luego, en lugar de seis, siete cartas, y hay que bajar una tercia y una corrida numérica del mismo palo. Una carta más cada vez. Luego dos corridas, luego tres tercias; dos tercias y una corrida; dos corridas y una tercia (esta suele ser la más endemoniada, aquí se demuestra cuando ya los jugadores tienen soltura y pericia porque si son novatos se les ven gacho los calzones); y luego doce cartas para hacer tres corridas, aunque no recuerdo en qué temporada se le ocurrió a Fernando agregar una modalidad nueva: repetir doce para hacer cuatro tercias, ya como última; se agradece mucho porque es una mano rápida y fácil.

Los ases valen veinte, las figuras, diez; todas las demás cartas valen su número; los comodines, si te quedas con ellos arriba, valen cincuenta. Gana el que suma menos puntos. Y eso es todo. Es un juego sin complicaciones, elemental pero variado. Quita agruras, postemillas, carcinomas, cura las várices*, el cansancio, los dolores artríticos, los herpes malignos, equilibra la temperatura del hígado y del bazo, y en el caso remoto de que tengas males del corazón, no hay como tener que hacer dos corridas y una tercia para que no vuelvas a preocuparte por sus latidos desarreglados. Ahora ya saben ustedes cómo es que se nos van las noches hasta altas horas y por qué a veces, en las mañanas, me quejo de la luz, del ruido, de tener que levantarme a cumplir con esta humilde tarea cotidiana sin haber acabado de digerir el pan de la noche.
*en España no se acentúa, se dice varices.

2 comentarios:

Gem@ dijo...

Descrito así no solo debe curar todas esas dolencias sino también las de la mente, con lo difícil que es dejar de opensar en lo cotidiano, en los problemas menores y no digamos en los ya mayores...
Déjeme decir que ha descubierto una buena solución, llamémosle pócima para los mil problemas ;)
Saludos cordiales.

Paty Ordóñez dijo...

Suspiro... suspiro... suspiro... lágrima furtiva de añoranza...