Niño sin nombre

Con este poema se acaba el libro que nos tocó leer día tras día. A partir de mañana nos veremos en la edición cotidiana de los poemas de Júbilo, que publicó en 1996 el FCE. Así de rápido ya vamos al tercer libro. Me estoy temiendo que mis obras completas no pasarán de un año, o cuando mucho dos.


NIÑO SIN NOMBRE

Para mí no acaba el plazo de la vida
porque morí al nacer,
no hay fecha que desazone mi espíritu pensando en el horror del vacío porque antes de conocer siquiera las caricias de mi madre pasé a mejor vida, como dicen,
aunque no hay vida mejor que ese breve momento en el que tuve sangre circulando caliente por mis venas y oí en mis propios oídos un ruido que salía de mí mismo como un líquido dulce
pues todo lo demás –cuál mejor– fue pudrirme, secarme luego y comenzar el único trabajo posible del amor que es deshacerse,
volver a ser de nada

ah, si hubiera tenido un rato más para probar a qué sabía mi madre,
para oír su voz enseñándome con paciencia de carne una a una las palabras con que se hace el cuerpo de la vida,
–cuerpo, carne, sangre, sabor, qué apetecibles palabras–
si hubiera visto sus ojos enfrentito de los míos proyectando en mi retina lisa toda su historia y la de sus antepasados, fuera lo que fuera y como fuera,
habría dado mi vida –es un decir– por tener un recuerdo palpable de besos, de caricias, de cuerpo contra cuerpo,
como esas vírgenes desnudas que sueñan los herejes o algunos cristianos muy puros
abrazando a sus niños con emoción de madre nueva,
si hubiera dado tiempo de algo,
pero apenas había corrido el trámite de pasar de líquido a corpóreo,
apenas había podido desfruncir mis párpados y labios para aspirar los listones del aire
cuando el color amarillo verdoso me llevó a la muerte sin que hubiera voz que apelara la sentencia
porque mi madre permanecía sedada y mi padre era un cretino

al revés de como es la vida yo he ido decreciendo en donde no estoy,
un conjunto de negaciones fue mi infancia, mis juegos infantiles, mis aprendizajes,
las rayas regulares del piso son los escalones de ascenso, las rayas irregulares son asechanzas chistosas,
los claros en que piso son lo único que puedo hacer,
si piso raya mi destino cambia, el universo revienta
y los muertos desaparecemos,

mal que bien tuve que ir educando a mis padres para que me quisieran,
ellos no lo saben pero entre maldiciones y blasfemias he intercalado besos, caricias dolorosas, abrazos apretados llenos de fiebre y miedo, de una pesadez horrible que he sentido en mi cuerpo negado
para que ellos, al contacto conmigo, vuelvan a creer en la fertilidad que se frustró con mi deceso
bien que ya es imposible remediarlo
porque el seno en el que estuve tramitando el corto viaje también ya está del otro lado
pero la enmienda de las torceduras espirituales
igual sucede en tiempos que no son los tiempos reales de la vida
por eso me aplico
y lleno de fervor amoroso hacia mis padres trato de enderezar el naufragio de mi precaria vida.

¡Cuál vida!
¡Si yo hubiera vivido!

Si el miedo hubiera estado allí con su humedad para causar esa alegría sorda de los sudores infantiles
envuelta la cabeza para no ver los fantasmas que me asediaban,
si la avena, el plátano, la leche, el pan dulce, hubieran nutrido mi niñez saludable, rubicunda, ay qué bonito, qué llenito,
poco a poco habría ido conociendo las palabras
mientras viera mi piel extendiéndose para cubrir la carne con que se formaban.
Porque sí digo, pero con lo que digo no digo nada pues todo se quedó en veremos.

Salí en una cajita ridículamente adornada de encajes azules
bajo el brazo de mi padre, como un libro,
una novela cuyos primeros capítulos estaban plenos de carnalidad, saliva, risas y acumulación de vacíos;
y el muchacho, que me iba leyendo
con esa voracidad con que a veces se devoran las historias,
arrancaba las páginas para no caer en tentación de releerlas,
desde que salimos del Centro Médico hasta que llegamos al cementerio –yo no sé su nombre, no sé cómo se llama el depósito en donde fui dejado; ahora me da risa pero en ese momento
tuve la tentación de reflexionar sobre el destino de mi alma
pues el de mi cuerpo estaba más que claro– hasta que sin una sola lágrima que lo ayudara a soportar la desolación infinita, la más arenosa y seca de las aflicciones, me dejó enterrado,
mas como uno de los capítulos se llamaba El deseo
ando aquí medrando en los páramos más tristes de la memoria.

De tal modo, pues, se reproduce la vida,
vuelve a ser en donde menos se espera;
a diferencia de la vida vegetal,
la vida humana retoña en donde no hay tronco ni rama ni agua ni sol ni aire ni un demonio.
Así que además de ser ya nada, soy recuerdo.
¿Qué diferencia hay entonces entre vivir y no vivir?

Puedo tener, ya tengo, la vida pormenorizada en la que cada segundo
está lleno de olor, asombro, sentimiento, reflexión, acopio,
de simultaneidad tal que en ella pueden abrirse
cada uno de los capítulos desde cuando fui universo indiscriminado
hasta estas pocas horas en las que luché por conservar la vida.
¿O qué fui? ¿En donde terminé apenas empezaba?¿Esa entidad no temporal, ese fugaz evento?

Qué gracia: aquí, donde me toca estar, en este Limbo,
no hay autoridad que decida qué hacer con el caudal de almas
todas sin usar
que se amontonan sin ningún sentido práctico ni mucho menos común
y a un lado de este digamos territorio
está la fábrica de almas nuevas que se van poniendo a toda velocidad
en ejercicio. Un almario febril y enloquecido, una sanfrancia almal
que llena de estrépito las esferas celestes, como ya se sabe.

Ninguna diferencia hay entre vivir y no vivir porque ruido de todos modos se hace
y esos ruidos hay momentos en que hasta son armónicos
y combinados con sus buenos silencios alcanzan a empalmarse en un coro cósmico descomunal con la música de las esferas
que aquí entre nos no es otra cosa que la danza bellísima, efusiva, entusiasmada
de lo que no existe

como yo.