En la columna del lado izquierdo de la página hay un contador de visitas (al que todo mundo puede acceder); yo lo veo con frecuencia para saber cuántos lectores entran cada día y de dónde son, porque además del número tiene un mapamundi que da la localización geográfica, y eso es la mar de divertido. Hay un lector en Galicia al que este servicio ubica en un sitio enigmático y misterioso, con un nombre que me hizo pensar en países ficticios, en entidades geográficas inexistentes en la vida real pero producidas por imaginaciones pródigas y erráticas como la de Lovecraft: Moaa. Imposible preguntarle al tío Google porque se remite a lo que sabe y me manda a Military Officers Association of America y estoy seguro de que semejante organización no puede estar en Galicia y si estuviera no creo que fueran lectores de mi bitácora. Recurro entonces al rupestre recurso de revisar el mapa de España que tengo adosado a la pared, pero con el gesto escéptico de quien sabe que no va a encontrar nada parecido. Pues me equivoqué, sí hay algo parecido pero se tiene que acudir a esas guardadas dotes de detective que todos atesoramos ocultas en los pliegues de nuestro misterio personal: claro, tanto el contador de visitas como Google usan el idioma inglés y por supuesto carecen del privilegio de conocer la divertida y utilísima eñe, por lo que simplemente la omiten como si se tratara de una humilde hache muda; el lugar es Moaña, en la ría de Vigo. De todos modos me quedé pensando quién puede ser el incógnito lector de un lugar que pasa a los mapas en inglés con ese inquietante nombre; algo se le ha de pegar.
Ya sé que es sábado, ya sé que es de los días más flojos en el blog, y peor porque empieza la Semana Santa y las aguas de la rutina están todas revueltas y todos andan con la cabeza en otra cosa y los trebejos junto con la atención en las maletas, ya sé que habrá pocos lectores pero me comprometí a publicar un poema diario y hoy toca "Despedida", con el que casi se cierra "Se está tan bien aquí"; digo casi porque mañana hay un colofón y ese sí será la última página. Todavía no he pensado con qué empezar el lunes pero como también son vacaciones creo que buscaré algo que no me comprometa a una continuidad extensa como un libro de poemas. Estén pendientes; digo, los que vayan a estar. La ventaja es que uno, entre cuando entre, puede ver todas las páginas anteriores que le falten.
Yo aquí voy a estar como esas madres sufridas: anden, hijitos, diviértanse ustedes que pueden, vayan y gocen de la vida, yo aquí voy a estar por si se les ofrece algo, porque pues yo qué, yo de todos modos tengo que estarme quieto cuatro o cinco días mientras el medicamento actúa. No se les olvide, si se sienten tristes, si las vacaciones no son lo que esperaban, si extrañan la casa, aquí voy a estar, ni a la esquina salgo.
DESPEDIDA
Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,
pedir los abrigos y marcharnos,
aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo
y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;
se quedarán los demás, que cada vez son otros
y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,
también el hueco de nuestra imaginación se queda
para que entre todos se encarguen de llenarlo,
y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,
como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo
y luego, sin rencor, deja de estarlo.
¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,
allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas
esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra,
eternamente? Así es el cielo al que aspiro. Un cielo
con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas
en el que el tiempo se mueve tan despacio
que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.
O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan
las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas
de arrebolados maquillajes. El cielo cruel de los pastos,
esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.
O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando
que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.
Lo que queda no hubo manera de enmendarlo
por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,
ya estaba medio mal desde el principio de las eras
y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse
a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,
de modo que se queda como estaba, con sus millones,
billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,
esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos
y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.
Nos vamos. Hago una caravana a las personas
que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós.
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El arcano de Moaa |
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Serenidad y paciencia |
Hoy es el último viernes de marzo, mañana aparecerá el poema de despedida y el domingo un colofón. El lunes habremos de empezar con otra cosa. Está pendiente el rimero de anotaciones con que he tratado de no olvidar algunos momentos de actividad y diversión en la cocina y que nunca ha acabado por volverse libro de recetas gracias a mi desordenada costumbre de decir un poquito, tantita, un puño, cualquier cosita y otras imprecisiones a veces aun más escandalosas donde se espera que uno diga tres unidades y un octavo de cuarto, ciento ochenta y dos gramos o diez y siete decilitros y medio. No obstante, el fin de semana, mientras el carboplatino hace sus excursiones, galas y funciones de beneficio en el laberinto curioso de mis células, habré de reflexionar sobre el contenido del siguiente diario, porque también hay dos o tres o cuatro libros de poemas que reclaman que si este es un blog de poeta se les dé chance de hacer su aparición. Procuraré tener serenidad en medio de la batalla interna y darle a cada cosa su lugar.
Por lo pronto volvamos al libro que nos ha tenido ocupados y reunidos este mes y medio. Un libro no es un examen profesional, no es una tesis, no es un ejemplo de lo que deben ser los libros sino un cuerpo vivo con sus funciones vitales, sus éxtasis, sus situaciones incómodas, y latiendo en toda su extensión la ansiosa construcción de su alma. Hay libros con alma y libros desalmados. Este pobre se debate hasta el final por construir su alma. Como hacemos todos, aunque haya apabullantes diferencias en los resultados.
TEQUILA Y VIDA
El que acaba de comer
y no se toma un tequila
es que ha perdido el norte
ve hacia todos lados
y no sabe qué hacer
o está enfermo
o ya se quiere morir
porque hay algunos que ya se quieren morir
y entonces comen y no se toman un tequila
porque así hay gente.
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Cosas de palabras |
Casi acabamos el libro. (Pero vamos a empezar otro, no os apuréis.) Yo creo que nunca tuve la suerte de tener el mismo día a tantas personas que leyeran mis poemas y dudo que muchos otros poetas la hayan tenido. (A lo largo del tiempo sí, claro que sí, o en una lectura pública, pero leyendo el mismo día... Bueno, sí, por supuesto: los suplementos literarios de los periódicos; pero ahí los lectores no van directo o en exclusiva al poema; no van y buscan sino que el suplemento viene con lo demás del diario.) Claro que no es mérito mío sino del medio; pero qué medio sorprendente es éste que puede convocar a tanta gente al mismo tiempo y no es que diga que este blog en particular tiene muchos lectores sino que los blogs en general pueden lograr este prodigio. lábil. 1. adj. Que resbala o se desliza fácilmente. 2. adj. Frágil, caduco, débil. 3. adj. Poco estable, poco firme en sus resoluciones. 4. adj. Quím. Dicho de un compuesto: Inestable, que se transforma fácilmente en otro.
En el caso del poema de hoy, me encanta que empieza como un bolero, sin que evoque a ninguno en particular -desde mi pobre conocimiento del género-, para salir inmediatamente después con el golpe en la nuca de un conejo. Otra cosa que me entusiasma es que pude usar con naturalidad una palabra que jamás había escuchado en la boca de nadie y la oí en el conductor de programas Iñaki Gabilondo en un noticiario de tv.:
y enseguida me voy a lo que era propiamente la experiencia construida como un cuerpo en el poema: el dolor por la temporalidad limitada de la vida y la aceptación resignada de que no hay remedio, no para esta vida, sino para la otra.
Uno aprende palabras durante toda su vida porque con las palabras está hecha la materialización de todas las cosas, o por decirlo de otro modo, nuestra apropiación de la naturaleza y de todas las demás cosas, las que no son de la naturaleza sino nuestras, de los humanos. Cuando no tenemos la palabra para decir algo usamos un comodín: la cosa, el chunche, la chafaldrana, la onda, el dese de la desa, o lo que sea, conscientes de que dejamos pendiente la búsqueda o la invención del término que defina para nosotros y para los demás la cosa o la experiencia. Por eso me dio tanto gusto oír a Gabilondo usar para la explicación de una cosa de la vida real esa palabra que jamás había escuchado en labios de nadie y que sólo tenía para mí una presencia literaria de cartón y oírla, precisamente, en donde tantas quejas se han puesto por empobrecimiento del lenguaje. Fue entonces que la palabra me dijo, ándale, úsame, no me tengas miedo y me dio un beso cálido atrás de la oreja.
SOLO Y MI ALMA
Es tan grato el silencio de la noche, alma mía,
a solas tú y yo sin que interrumpa nadie,
en íntimo coloquio de cómplices armados,
tú tan inexistente como mi pobre cuerpo
del que nada de nada quedará ya en breve,
alma mía tan lábil, sutil, resbaladiza
que me haces renegar de ti a todas horas
y que junto conmigo te habrás de evanescer
en tan pequeña proporción del tiempo.
¿Te imaginas que fueras inmortal,
que tuvieras la facultad de prevalecer sin mí
en una dimensión distinta, sin arraigo?
¡Qué honor! ¡Qué privilegio para nosotros dos!
Y quién no se ha de imaginar tan alta gloria
y pensar que es la primera, la inaugural, la uno,
cuando ve que su vida es peculiar y ha dado
tales productos que no son banales o comunes:
un poema, un gol, una estrategia, una severa ley.
Pero alma mía, tú y yo sabemos, no sé por qué,
que ni tú ni yo tenemos prevalencia en el espacio
y que el tiempo nos guardará como comprobación
de que no hay nada que pueda perdurar
sobre la muerte.
| [+/-] |
¡Sigue la mata dando! |
Otro de los tres que faltaban era este, que tuvo una versión anterior con la que parecía haber quedado fijado y contento y de pronto se modificó y se presentó tal como es y será para siempre. En esto de las versiones compactas, hay poemas que se imponen, que vuelven a la cabeza del poeta a pelear por su forma definitiva, a reclamar su ser de hijos adolescentes, y están dale y dale como aquella fórmula que cantábamos de niños: "Yo sé, yo sé, yo sé la manera, de dar, de dar, la lata a cualquiera. Yo sé..." y podíamos estarnos horas con la cantaleta. Pues así son algunos poemas, que vuelven y vuelven, hasta que sienten que les hacemos caso, que no estamos en otra cosa más que en su asunto y que les damos toda la libertad para manifestarse hasta que les concedemos el gusto mayor: los soltamos para que vayan solos por la vida. Había otra palabra en lugar de asombra que ahora no puedo o no quiero recordar, pero cuando se manifestó en su forma definitiva ya no hubo manera de pensarlo de otro modo. Y más que pensarlo, verlo; porque este no es un poema pensado sino visto.
Por cierto: con éste, creo, se me ocurrió que debería escribirlo a mano en hojas de papel grandes, enmarcarlas y hacer una exposición en alguna galería. Junto con otros muchos breves, por supuesto, de éste y de otros libros ya publicados. Estoy seguro de que habría tenido cliente al precio que fuera porque es un poema que puede presentarse en cualquier circunstancia sin que se pierda el decoro. Me atrevo a decir, haciendo mucha concesión, que es un poema críptico, aunque es evidente, para quien quiera verlo, que se trata de un poema erótico de alta densidad. Y que no tiene escapatoria, no hay cómo leerlo de otra manera. A menos que uno lo lea como palabras sin sentido.
Su lugar en el libro era entre "Las campanas de Santiago" y "Con qué nuevos ojos te veré"; es decir, entre el 9 y el 11 de marzo, porque el 10 publiqué, en su ausencia, un breve texto en prosa al que le tengo mucho cariño aunque reconozco que es un poco ingenuo. Así que mañana y el viernes aparecerán los que seguían en el orden en que íbamos, el sábado saldrá la despedida, que era otro de los enajenados, y el domingo cerraremos esta primera edición de "Se está tan bien aquí", con un colofón. Avísenle a todo el mundo porque yo creo que es la primera vez que se hace la edición de un libro de poemas a la vista de todos y que se ve la carne viva del editor, que en este caso es su propio autor.
TRIÁNGULO
Me asombra
tu garabato
que unas veces
es sombra
y otras veces
es gato.
| [+/-] |
¡Albricias: aparecen los que faltaban! |
Acá en España, cuando quieren hacer notar que alguien tiene una personalidad adornada de rarezas y peculiaridades dicen de él que "es muy suyo", y lo digo porque a mí me parece que la vida "es muy suya", tiene infinidad de salidas sorpresivas e inesperadas para todas las cosas. Resulta que, como les dije ayer, me comía las uñas buscando la solución para que no se rompiera la continuidad de "Se está tan bien aquí" y no quedara trunco el libro, disminuido de tres poemas. Le mandé una notita comedida a Claudia Santa-Ana y se apresuró a contestarme, la mar de amable: que dispusiera de los poemas y los publicara y que de su parte les dijera a los lectores de esta página que no era su intención afectarlos, que no lo fue en ningún momento.
De modo que toda la novela que había yo ideado pensando cómo crear estímulos para que los lectores buscaran posteriormente el lugar que corresponde a los que faltaban entre las fechas de la bitácora, se me derrumbó como casita de palillos de dientes. Menos mal porque ahora sí puedo guiar a los interesados en la minucia hasta el lugar de los dos poemas que me he saltado y poner el de la despedida en su mero sitio. El primero, que es el que ayer nomás decía que se trataba de una revelación de identidad motivada por un elemento vegetal, un nopal -tan grande y hermoso que pide a gritos un estudio fotográfico de Adalberto Ríos Szalay- o como acá le dicen, una chumbera; una opuntia, pues, según su nombre científico, debe ir en la página correspondiente al 3 de marzo, cuando andábanosen Sanlúcar de Barrameda celebrando nuestro común cumpleaños y tuve tanta dificultad para poner aunque fuera algunas breves líneas en el blog desde un café internet.
¡Repámpanos!, ahora que he ido atrás en las páginas me doy cuenta de que el 3 de marzo hay dos entradas; una por la mañana desde Sanlúcar y otra por la noche, al llegar a casa. O sea que me sentía yo en falta tan aguda por no haber puesto el famoso poema que puse la sesuda reflexión de los "Jardines colgantes". No es que estuviera mal, pero debo confesar que ese, que apareció en el rubro Asombros y sorpresas, era un texto un poco largo para las dimensiones que juzgo debe tener este espacio diario.
Así que corran a avisar a todos sus allegados que hoy aparece, por fin, "Un nopal en tierra extraña, o sorpresas en España", uno de los que se habían quedado para aparecer huérfanos sepa dios cuándo; hagan listas de correo electrónico y avisen a todas sus conocencias el suceso, verán que todo el mundo queda complacido con su actitud y les agradece la información. Como se hace ahora cuando se quiere convocar para una manifestación o un boicot, un concierto o un acontecimiento social a todos los que son afines, pongan un pásalo en los recados telefónicos con que den la nueva.
UN NOPAL EN TIERRA EXTRAÑA O SORPRESAS EN ESPAÑA
Permíteme que empiece invocándote: nopal, patria mía,
obra de orfebrería.
En un aplauso al éxito luminoso del desierto estalla
como fragmentación espiritual de la metralla
¿qué es?
que en la calle Reina Mercedes, en Madrid, a la altura de don Quijote,
hay un nopal superior de enorme estirpe y estatura que en agosto,
acumulada toda la esmeraldina profusión de historia (de historias) que contiene
irrumpe en el presente bajo un cielo de cuarenta grados
más cuajado de tunas que de flores estuvo en primavera,
me mira con su cartabón de rimas a la carta: colosal, fenomenal, total,
nopal
nopal
nopal
mientras le voy diciendo,
ay amigo, qué estás haciendo
aquí tan lejos,
tus higos chumbos se caerán de viejos,
nadie te viene a ver ahora cuando tienes tunas,
capullos de misterios y fortunas,
opuntia no sé cuántos procedente de América,
porque no saben la riqueza con que cuentas:
la belleza esotérica,
la suave y cariñosa feminidad de rosa
con su coquetería de ahuates
institucionalmente ligada en sus penates
a una virilidad incuestionable de profeta.
Nopal patria mía,
tenme en ti,
seme tú,
sé conmigo
en la evocación, en la invocación, en la advocación patria,
mi patria, aquí también estás, patria mía, nopal.
| [+/-] |
Recta final |
Cuando empecé a publicar los poemas de "Se está tan bien aquí", pensé que tenía material para mucho tiempo, que tardaría mucho en llegar el momento de pensar qué sigue, y resulta que ya se están acabando, que esta semana, creo que el viernes, saldrá el último y tendré que inventar otra cosa, explotar otra veta, recapacitar sobre este blog. Es cierto que cuando termine de publicarlo habrán faltado tres poemas que son los que me pidió Claudia Santa-Ana que no diera a conocer porque está preparando la edición de los autores que participamos, en octubre del año pasado, en la extensión Aguascalientes del Encuentro de Poetas del Mundo Latino, y los inéditos que escogió quiere tener el privilegio de que lo sean hasta que aparezca el libro; cuando acepté el trato no tenía idea de que se me fuera a acabar tan rápido el material. Ahora debo pensar qué hago. Una, es dejar las cosas como están y que el libro se quede chimuelo en esta versión virtual; la otra, sería ponerles fecha de aparición en este espacio de acuerdo con los intereses del CIELA Fraguas, de Aguascalientes. Me preocupa esta última opción porque se podría romper la continuidad y los tres poemas, me parece, son importantes para el libro: uno, es una revelación de identidad a través de un elemento vegetal, un nopal, encontrado en Madrid; otro, un poema erótico de apretada síntesis y altísima tensión, y el último, la despedida del libro y, en cierto modo, un testamento y una apreciación de bulto del jugoso fenómeno de la vida y su proyección en el tiempo. Y los tres son muy buenos, creo. No me queda más que apelar a la buena fe de quienes se asoman a esta bitácora para pedirles que cuando aparezcan los coloquen en el lugar que les corresponde, que yo procuraré decírselos, aunque la verdad no veo a nadie haciendo el ejercicio de rompecabezas de acomodar unos poemas que qué más da si van aquí o van allá. Ay, Alejandro, no te azotes.
Tampoco es cosa de asustarse; material tengo de sobra, y el prurito de lo édito o inédito se solventa de un plumazo: ¿cuántas personas, por ejemplo, han tenido oportunidad de leer mi anterior libro publicado en papel, "Poemas y otros poemas"? En mi opinión, poquísimas, porque la edición fue de trescientos ejemplares y la última vez que llamé a la editorial me dijeron que les quedaban como cien; es, además, un libro que no circuló en México y que en España estoy seguro de que habrá encontrado pocos cómplices. Mis libros previos están agotados, de modo que soy un autor prácticamente inédito. Yupi yapa, tengo material de sobra para seguir la fiesta.
Va un poema de íntimo recato.
COMO TODAS LAS VIDAS QUE SABEMOS
A ti me atengo,
con y sin religiosidad de por medio,
a tu casual hallazgo,
al privilegio de vivir junto a ti;
a ti me atengo para elucidar,
sin que sienta que me despellejan la piel,
algunos trozos de mi carne viva,
ciertas minucias magníficas
entresacadas de los secretos
con que está construido
el enigma mineral de mi vida,
como todas las vidas que sabemos.
A ti me atengo seguro
de que me guardarás el secreto
que te pida, la delicada intimidad
que requiera el miedo que me da
decir con sencillez ordinaria
las cosas que constituyen el episodio
más o menos singular de mis días,
como todas las vidas que sabemos.
Me atengo a ti sin que te ponga
responsabilidades ajenas al cariño
con que sueles tratarme cada día.
Me atengo a ti con sangre y con deseo
porque no soy otra cosa ni tengo
nada más para valerme que lo ciertas
que puedan resultar ser mis palabras.
Pongo en tus manos mis pasiones
no para que tú las legitimes sino
para que con tu naturalidad de muchacha
me ayudes a presentarlas al mundo
con el mejor vestido que se pueda
porque en ello me va la vida,
como todas las vidas que sabemos.
| [+/-] |
La bestia que come horas |
La sueltan el sábado en la madrugada cuando ya nadie está alerta, cuando prácticamente todos los trabajos están hechos y aquellos que requieren continuidad están, la mayoría, automatizados, cuando el músculo colectivo está más relajado y quienes no duermen están en la fiesta, en el paraíso de volutas magníficas de la conversación, en la reiteración del trago que propicia el acercamiento de los cuerpos, en el abismo personal de las desolaciones; cuando la distracción ha comprado a precios distintos la atención de unos y de otros y no hay ya disciplina en las miradas ni forma de ordenar un frente que encabece la defensa y ofrezca la batalla, le abren la jaula de ese lugar mítico en que la tienen encerrada y hambrienta y la dejan ramonear en todo el territorio, arramblar con las horas de todos, devastar el campo de la continuidad. Sacan a la bestia que come horas cuando nadie puede encabezar la resistencia y ésta se va jamando los sesenta minutos de la cuenta de cada quien sin ningún recato y resulta que uno amanece el domingo sin haber completado la dieta de sueños que le correspondía y con la sensación de que ya es tarde. Sí, una hora más tarde, así, sin más ni más. Y todavía, para más humillación, los medios nos avisan que hay que adelantar los relojes de las dos a las tres de la mañana.
Así que la mañana del domingo tiene una mordida. Y duele. Estaba yo soñando que luego de pasar una pequeña barranca en la que había un río de muy poco caudal pero antiquísimo llegábamos a unas ruinas que estaban restaurando unos chicos y chicas muy simpáticos; se llamaba La casa de las tinajas, pero las tinajas eran como esas inmensas jarras blancas esmaltadas que se usaban para llenar las jofainas antes de que hubiera salas de baño en las habitaciones, y las jarras, aunque estaban muy completas y blancas, quizás con sus bordes azules, tenían algunas escarapeladuras como las que siempre se les hacían a los recipientes de peltre; todas las bóvedas estaban profusamente pintadas con motivos alegres y colores frescos y me contestaban los restauradores que no había en ello más que afán decorativo, voluntad de belleza; de pronto, uno de ellos dijo que cómo no tenía cámara para retratar a esas prostitutas y yo le ofrecí mi teléfono móvil; toma la foto, le dije, yo luego te la mando por internet. Y enseguida me desperté, así temprano, como digo, pensando en el poema que corresponde al día de hoy.
La primera vez que leí este poema en voz alta -se lo leí a Milagros-, me vino a la mitad un llanto incontenible y fuerte, y debo decir que, en general, no soy llorón, que me quedó grabada a fuego la tontería cultural esa con que lo enjaulan a uno desde niño de que los hombres no lloran, que no sé de dónde sacamos, porque en lo que yo he leído, los héroes lloran cuando vale la pena y es necesario, y allí está el llanto tristísimo de Aquiles por Patroclo cantado sin recato; Rodrigo Díaz de Vivar sale de Burgos desterrado: "los ojos de mio cid mucho llanto van llorando"; me parece que en lo que ha reconstruido del pasado prehispánico don Miguel León Portilla, no hay empacho en llorar cuando la cosa lo amerita. Lloré sin poderme contener, con una desolación inmensa: qué corto es, ay, demonios, qué corto es el lapso de la vida y cómo nos reproducimos con tanta abundancia para suplir la brevedad del plazo. Y con esa percepción, la de que no pueda haber coincidencia con quien pasado un tiempo sabrá leer mis poemas. Sólo hay coincidencia en el tiempo a través del arte pero la vida no tiene duración ni podemos empatarnos unos con otros. No me pasó cuando lo escribía, me pasó al leerlo por primera vez en voz alta. No tiene que ser significativo, tampoco, el que me haya pasado tal cosa. Quiero decir que el poema es el poema y a mí me produjo tal reacción anecdótica.
HAY UN MUCHACHO
Hay un muchacho, ahora naciendo, formándose
en el limo impredecible de la vida,
que leerá lo que yo escribo
y comenzará a construir su vida con estas palabras.
De paso irá construyendo la mía.
La que me hubiera gustado.
Así es el orden de las cosas.
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Procesión en calle nueva |
De un año a otro cuánto cambian las cosas; si uno se fija en la descripción que ha hecho de una calle y al año siguiente coteja sus recuerdos (o sus anotaciones o sus poemas) con la realidad, verá que el movimiento de la vida es continuo. El año pasado, por ejemplo, la calle en la que vivimos tenía unas aceras estrechísimas acotadas por bolardos, unos pequeños postes metálicos encajados en el suelo con objeto de evitar que los coches se estacionaran, aunque lo hacían en un lado, de manera regulada y con parquímetro, y el pavimento del arroyo estaba todo roto y parchado y enseñaba por aquí y por allá las huellas de cuando fue calle empedrada; no se podía ir de a dos, cosa tristísima desde cualquier lado que se vea y era común golpearse las piernas con los malditos bolardos. Hoy, en cambio, es una magnífica calle peatonal sin aceras y sin coches, lo que le da una sensación de anchura que se agradece; ahora tiene árboles que apenas van a vivir su inicial Primavera al aire libre, farolillos anticuados que sustituyeron las modernas luminarias y le dan un toque nostálgico y elegante y algunas bancas para sentarse a descansar o a ver pasar a los demás. En el suelo hay inscripciones de bronce que indican el lugar donde estuvieron las casas de los escritores. Donde había una librería hoy hay un estudio de yoga, y donde daban clases de chino ahora hay un letrero de se vende. Abrieron, junto a la farmacia, una clínica veterinaria que no he visitado por razones obvias. Los dos antiguos puticlubs que había ya cerraron, y un señor alto, viejo, elegante, que solía pasear por aquí con chaleco y bastón y con quien intercambiaba siempre un saludo respetuoso, ha dejado de pasar, o más bien dicho, ha pasado a otra dimensión donde seguimos inclinándonos la cabeza cuando nos encontramos.
Ya están anunciando las procesiones de Semana Santa. De la iglesia de Medinaceli que está a cuadra y media, sacan la imagen venerada y la pasean por el barrio en un espectáculo que todos los años he visto desde la ventana. Ah, si lo vinieran a ver con nosotros mis amigos. Los aromas del incienso, rumbo al cielo, en donde son tan apreciados, ascienden por este tercer piso y untan su místico mensaje en los balcones. La procesión avanza con tal lentitud que pareciera que cuando acabe va a quedarse todo quieto hasta que vuelva a ser Semana Santa. Estaba calculado que cupiera exactamente en el espacio que quedaba libre entre los coches estacionados y la acera contraria; pero ahora, este año, ¡qué holguras va a tener! Van a poder mover para un lado y para otro al Cristo, cuyos costaleros hacen la faena con precisión y alegría al son de las solemnes músicas que acompañan su frente coronada de espinas y su sangrado rostro y no faltará quien le cante una saeta sin tener que sacar medio cuerpo entre los coches. Qué distinta va a ser este año la procesión. Volverán a salir todos los vecinos y esta vez habrá espacio hasta para invitados y curiosos que aplaudirán los pasitos retozones que hacen que la imagen dé la impresión de que se atreve a bailar de gusto. Un poco de paganismo, digo. Estamos en Madrid.
CREPÚSCULO
La tarde pone un huevo en el horizonte, rojo,
encendido, loco, lo sé,
y con él se precipita la acción que desemboca en la noche,
apocalíptica, se podría decir,
o así se vería al menos el panorama desde la perspectiva de esta calle,
antigua Cantarranas, seguramente por lo que evoca,
en la que vivimos Miguel de Cervantes Saavedra, Lope de Vega,
Marcos Ricardo Barnatán, Milagros , yo…
no en los mismos años pero sí en las mismas proporciones urbanas,
o sea, mismas distancias físicas entre casa y casa, vida y vida;
comparecen también don Francisco de Quevedo, en la otra esquina,
David Cabello, nuestro abastecedor báquico y amigo,
unas pizzas, una librería de viejo, una farmacia,
un puticlub cuyas ancianas meretrices cerraron hace poco y se fueron,
como se va desvaneciendo el eco con la pena,
una verdulería, una escuela donde enseñan chino,
el restorán Pereira, la fábrica de churros de Miguel y Gregorio
a donde podía comprar el Fénix en pijama
y ve tú a saber cuántas centenas y miles de personas
desde que se trazó la calle y se construyó la primera casa
cuyas apasionantes historias no sabemos,
los que vivieron en siglos anteriores amasando el tiempo
que cada vez compendia el total en la suma del instante;
así se vería el cielo si no fuera porque los edificios no lo permiten
aunque la orientación es más o menos apropiada;
y ¿qué, qué tiene que ver esto con el crepúsculo, con la caída de la noche?
tiene que ver con el alma, y ya es bastante.
Y como el alma, no se ve.
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Frío y sangre aguada |
La Primavera que celebré la semana pasada se fue al desván, al altillo, al trastero, a la porra, y en su lugar volvió a imponerse el viejo Invierno de las barbas blancas que va siempre con la boca abierta de la que sale un hálito que corta la carne e interrumpe el flujo de la sangre, es el aire helado que tiene el pobre en las entrañas, y como está fatigado, su resuello se acelera y sopla más de lo que sería bueno para el mundo. Así es todo el tiempo la lucha que se traen entre sí las Estaciones, que pertenecen al reino de lo divino. Ante lo que nosotros no somos nada. Abrigos y bufandas, gorros y guantes, y rota la ilusión de andarse paseando tranquilamente por las calles; vas a donde vas y cuanto antes te metas a resguardo, mejor; porque así como es gratísima la Primavera sabe ser el Invierno un maldito incordio. Hasta cierto punto, porque acá, la verdad, nunca hace frío que dure más de unos cuántos días ni cielo que se nuble más allá de tres o cuatro. Madrid y sol. Hace frío pero ahí está el solezote con su alegría de fiesta, así que apechuguemos y aguantémonos esta semana que la próxima habrá de nuevo aires cálidos que nos renueven.
Mientras tanto yo seguiré tomando mis licuados de berros, espinacas, perejil, piña y jugo de naranja y comiendo mis deliciosos platos de frijoles caldosos y mis jugos de carne con la esperanza de que mi hemoglobina, prima hermana de las flacas aquellas de las que ya me he expresado en anteriores ocasiones, se convenza de que unas poquitas de formas no le harían mal, que subir tantito su apariencia la haría sentirse mejor y encontraría mejores partidos, porque otra vez ayer me sacaron sangre, y no, por abajo del límite requerido para entrar en batalla. Ya ni en las pasarelas de modas las dejan andar. Lo peor es que con la rica dieta de hojas verdes aumenta el poder de coagulación de la sangre y crece el riesgo de trombosis, un amor.
Esto que sigue no tiene ninguna miga ni nada que comérsele, es un puro juego, un ejercicio de diccionario pero si me pongo "moderno" puedo argüir que se trata de mostrar lo difícil que es la ortografía y lo útil que puede ser para decir distintas cosas con palabras iguales pero de escritura diferente. Todos nos acordamos de aquel que nos enseñaron de niños. "Vaya con la yegua baya que saltó la valla". También hay situaciones, sentimientos, emociones, conceptos, que son iguales a otros en apariencia pero tienen un matiz diferente en nuestra ortografía personal; aprender a diferenciarlos sí que tiene miga. Y que se puede usar el complejo andamiaje del idioma también para jugar.
EJERCICIO DE ORTOGRAFÍA
Tápale al caballo los ollares
y lleva la olla de hollejos cabe la hoya vieja;
allí le limpiarás el hollín, cavarás un hoyo,
aquel que escarbaras en cavidad que no huelle el entorno,
y oyes con aquiescencia el aquillado maquinar del aire
donde no la viertes al viento abierto
sino la cubres con la secresía de tu benevolencia;
mas no haya más si no te hallas allá: te vuelves.
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Un mes |
Hoy se cumple un mes de que empecé a escribir para esta página cotidiana. No he dejado de hacerlo un solo día. Un mes apenas y yo ya siento que soy de aquí. Me muevo como en mi casa, aunque todavía no tengo rutinas, todavía no hago un lenguaje recurrente con sus muletillas y sus puntos de apoyo. Ojalá que no lo haga. Aunque hay cosas que son inevitables: el cuerpo se acomoda a sus condiciones, la inteligencia también; la sensibilidad es la que puede salvarlo a uno. Alerta.
Y hace un mes decía que qué bueno poder publicar uno mismo sus poemas sin tener que depender de los editores. Tengo que matizarlo. Han entrado un montonal de lectores; un montonal, considerando que este es el blog de un poeta y no hay crónica deportiva, no hay reseñas sociales ni chismes de artistas ni reportajes de asesinados, violadas, secuestros, inmolaciones, y salvo alguna tímida opinión, ni siquiera el espectáculo de la política. Ayer, no obstante, llegamos a un pequeño Everest de nuestras gráficas: cien lectores. Ni aunque nos lo hubiéramos propuesto y el tirano interior hubiera dicho: cuando se cumpla un mes quiero que el contador anuncie cien. No se imaginan lo bonito que sentimos.
Ya sé que los casi mil que han entrado no son mil distintos sino un montón de repetidos; hay quienes se han encariñado con la página y vuelven a ver qué derroteros tomó hoy, pero el que ayer fueran cien (¡exactitos, en el último minuto cayó el número cien!) quiere decir que eran cien distintos porque no me parece razonable pensar que unos poquitos están abriendo y cerrando la página nomás para marearme, o por maloras. O sea que hay muchas personas que leyeron el poema que publiqué ayer, cien. De entre ellos algunos habrán leído muchos de los anteriores y quizás hayan quedado convidados a volver. Y tal vez algunos que han entrado otras veces ayer no pudieron hacerlo por angas o por mangas y ya lo harán luego.
Pero de lo que no puedo apartarme es de la idea de que esto no es un libro, de que la virtualidad en la que aparecen los poemas en este medio parece anunciar su temprana caducidad. No veo a las generaciones futuras rescatando de las brumas del ciberespacio poemas de un señor que los publicó en la primera década del remoto Siglo XXI. Claro que yo me formé en un mundo carente de virtualidad y la imaginación que tengo es adecuada a lo que soy. Ni se me ocurre cómo serían esos rescates, si es que llegaran a existir. Por tanto, no desecho la idea de que tarde o temprano, además de aquí, aparezcan en papel, aunque sea en una edición limitada, como son todas las de poesía. Y como están todos mis libros anteriores. Aunque digo que hay que matizar porque las verdades y las conclusiones no necesariamente son buenas: qué tal que todos mis libros desaparecen porque fueron hechos en el frágil papel del Siglo XX que en cien años más habrá desaparecido por la autodestrucción a que lo condena su acidez debida a los procesos de su elaboración industrial y lo que pervive (qué necios, qué vanos, qué inútiles de pensamiento somos los poetas) es precisamente lo que está en este soporte.
Claro que lo mejor sería poder estar uno en persona para ver por dónde va la cosa. De eso, más o menos, trata el poema que corresponde a esta celebración. ¿Cómo se dirá? ¿Mesiversario? ¡Pues felicidades, Milagros, por nuestro primer mesiversario de blogueros!
ELIJO LA LONGEVIDAD
Elijo la longevidad de mi abuela, la que vivió 99
( y eso porque no le dimos aliento para seguir,
porque estoy seguro de que con un poco de estímulo hubiera vivido siquiera diez años más,
pero en ese momento quién iba a saber
que el valor más preciado de la vida es vivir?) y lo elijo
tomando en cuenta que ya no se tiene el vigor
ni la sana despreocupación que se tenía cuando
el cuerpo era una alegría personal dispuesta a todo.
No, ni siquiera era eso, sino el paso natural de la vida
que no se mira a sí misma sino cuando se agosta.
Porque, a ver, qué pide el cuerpo, pensando que ya puede terminar su ciclo natural: ¿pide demencia o pide sensatez?
Pide clemencia. A sí mismo, antes que nada. Porque
la poquita fuerza que representa la vida individual no tiene más remedio que plegarse a un colectivo en el que
el mísero mortal es el agente número uno en la cadena,
el que imagina lo que va a decir y eso lo mueve
a componer a su sabor el largo discursillo sin relieves
que lo ponga en medida de lo que los demás entienden.
Hecho eso, compromete el sujeto su talento, su día a día
trabajando, discurriendo, imaginando, creando
el místico sueño de la vida.
Y se atreve a demandar que se alargue el plazo inevitable,
aunque sé que a nadie se le puede pedir, que no hay destinatario,
que la cosa es como es y eso no tiene comandante que lo rija
más que el azar que a falta de otro nombre decide el hasta cuándo
y hasta dónde. Y encima de tal conocimiento, mudo por dentro y azorado,
yo me atrevo a elegir lo que considero mejor para mi alma: ciento
cincuenta, doscientos…
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Mangos y refranes |
Me mandó María Aura unos mangos de manila que están esperando el momento preciso para nuestro encuentro, ese momento mágico en que el mango está en su esplendor máximo, cuando la piel se arranca sin que queden trozos adheridos a la carne ni la pulpa se venga, fofa y desfibrada, pegada a la cáscara; ese momento de su clasicismo en que lo ácido está plenamente identificado con lo dulce, en que el olor a fruta se corresponde de tal modo con el perfume poco a poco emanado que uno puede imaginar la sacralización de la naturaleza como algo completamente natural, y si cierra uno un poco la boca al morder, como si sonriera, no puede evitar que el jugo escurra rebasando el contenedor de los labios y chorrée por la barbilla rumbo a la camisa limpia y recién planchada. Están esperando, digo, porque María los compró un poco verdes para que resistieran el viaje transoceánico.
Sonó el timbre, acudí al telefonillo, pregunté quién era: Servicio de Transportación Frutícola Transmarítima a Domicilio, me contestó José Sanchis, que fue el Mercurio encargado del mensaje porque venía de México; y me los entregó con lealtad plena de amigo, sin haberles dado ni una mordida, sin sisar la mercancía, sin quedarse con un diezmo. Toma, esto te manda María. Y aquí estoy, esperando ese momento prometido de meterles el diente. Justo en el día en que comienza la Primavera, aunque acá haya decidido el Invierno jalonear la cobija, incordiar a los demás, irse por la mala.
El año pasado cuando fuimos a México ya había terminado la temporada y acá no se consiguen; esos, los de manila (aquí manila lo uso con minúsculas porque aun siendo el nombre de un país se refiere a un gentilicio frutícola tan conocido y usado en mi tierra que es adjetivo común, aunque sea divino); porque sí se venden los que nosotros llamamos mangos petacones, que se importan de Ecuador, de Colombia y de otros países de América y creo que de África, pero no tienen comparación, aunque sean de la misma especie; son como una iglesita de rancho frente a una catedral, les falta un punto de armonía entre el perfume y el gusto; maduran mal porque la ingeniería genética que los prepara para viajar y esperar su turno mercantil no ha llegado al punto de perfección. Otra cosa se puede decir de las papayas, que sí tienen ya la estatura que se les puede pedir a las frutas importadas. Ah, si algún comerciante decidiera importar jícamas e imponerlas en el verano inclemente con limón y sal y su chilito piquín... Pero me estoy distrayendo, estoy perdiendo concentración y yéndome por peteneras. ¡Al mango, señores! ¡Al mango de manila! A ese milagro de la perfección frutícola.
Y a propósito de milagros: teníamos María Cortina, Kiko Helguera, Eduardo Vázquez y yo un programa de radio todos los lunes por la noche en la estación de un centro cultural importante en Madrid y durante todas las primeras emisiones se me ocurrió echar al aire, tras el silencio de la rúbrica, un refrán, siempre un refrán que tuviera que ver con los milagros. Porque, claro, la radio siempre me ha parecido un milagro, ya no digamos la tele y ahora el teléfono portátil con el que se puede uno conectar a internet, milagro de milagros. Si la primera palabra que sonaba era esa, los radioescuchas acabarían comprendiendo que había un culto a lo imponderable, a lo fortuito, a lo completamente sorpresivo en el programa. Cada uno de los refranes, aquí incompletos, merecía una explicación, su traducción, digamos, a lo que podría ser el uso actual y con eso arrancaba el programa. Como no tengo refranero en casa ni me anduve por esas maravillosas librerías de viejo que abundan en Madrid buscando las añejas ediciones, resolví mi necesidad, como los pobres, inventando. Aunque ahora que lo digo, a lo mejor tenía también otras segundas intenciones...
REFRANES DE MILAGROS
Milagros de sacristán
pellizcos de capellán
Milagros hace la rueca
que el hilo en bayeta trueca
Milagros son los aromas
de los caminos a Roma
Milagros de aldea sencilla
trampantojos en la villa
¿Milagros, milagros dices?
sólo Dios y las perdices
Milagros hace la vieja
con la aguja y con la rueca
Milagros son en la tierra
como paños en la guerra
Milagros hacen los santos
y los lirios otros tantos
Milagros hacía la tía
los hacía y los hacía…
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De los pelos |
Como a la semana de que me pusieron por vez primera quimioterapia, al estarme bañando me di cuenta de que el pelo se me caía con tal profusión que seguramente no me duraría para el resto del mes, como el gasto. Pues a la pelu, dije, y Antonio, el peluquero, que me acababa de hacer un corte bastante coquetón, cogió la rasuradora y me peló a cero; de la frente al cogote, plis, plas, y listo. Una sensación rara porque nunca en mi vida me había rapado; ni siquiera cuando todos los jóvenes de mi generación lo hacían que era al entrar a prepa, el preuniversitario: o llegabas con la cabecita limpia o te la limpiaban entre los mayores de mala manera, se llamaba "la perrada", y no había más que ir ese mismo día al peluquero con la humillación de las mordidas de burro en todo el jardín de la chompeta; pero digo que ni siquiera entonces porque yo no entré nunca a bachillerato, ni hice con decoro los años escolares previos. Pero me veía bien; ahora, digo; raro pero bien; siempre pensé que tenía más fea la bola superior. Con objeto de no hacerme mala sangre me tomó Milagros una foto y se las mandamos a los amigos, que jamás se imaginaron que me verían así.
Tengo otra imagen, la de las caricaturas, en donde jalarse los mechones de pelo hacia los lados indica desesperación, pero por más esfuerzos que hago no logro recordar una sola ocasión de la vida real en la que alguien se jale el pelo con ese motivo; lo más que recupero de la gestualidad colectiva sería alguien que se lleva ambas manos a la cabeza y mete los dedos entre el cabello tirando hacia atrás e inclinando hacia abajo la cabeza. Supongo que algo así habrá hecho ayer José María Aznar, que tiene cabellera tan abundante, cuando un prominente diputado de su mismo partido declaró que en su opinión fue un error político "la foto de las Azores", aquella que circuló en la prensa de todo el mundo, previa a la invasión de Irak, en la que están Blair, Bush y Aznar con una linda sonrisa de muchacho contento porque lo admitieron los grandes en su juego, avisándole al mundo que a pesar de la oposición de la ONU ellos solitos van a acabar con los malos. Y digo, porque cuatro años después, y con su arrogancia, José María se ha de sentir muy mal, muy mal.
Hay otros motivos con pelos, por supuesto; algunos preciosos como las cabelleras de las chicas que anuncian champús en los programas vespertinos de la televisión, la hora en que las señoras que han perdido la lozanía y longitud del cabello ven la tele; o las cabelleras míticas, como la de Lady Godiva, que confía a su cabello el resguardo de su pudor, o la de Venus saliendo de la espuma según Boticelli, que tuvimos luego el privilegio de ver en persona con Uma Thurman en el Barón de Munchausen, la película de Terry Gilliam filmada en las auténticas ruinas de la Guerra Civil en la ciudad de Belchite, en Aragón; la cabellera de Rapunzel, que era su vínculo con el mundo porque a través de ella subían a su torre la bruja o el príncipe; o la cabellera espeluznante de Medusa, una de las tres hermanas Gorgonas, que tenía tan malos pensamientos que en lugar de cabellos peinaba serpientes y todo el que la miraba quedaba petrificado. En fin, pelos hay muchos, y este breve poema, acude a un gesto que todos entendemos: sirve para definir una sensación que todos, en mayor o menor medida, conocemos.
MIRAR EL MUNDO
Cógete el pelo,
si lo tienes,
jálalo
y grita un poco
porque es
la única manera
de acreditar tu miedo
y que te crean.
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Cosas del Paraíso |
Ya nomás me apuro a escribir la entrada de hoy lunes y me voy corriendo a preparar el desayuno porque va a llegar Milagros de la piscina y viene con un hambre... Un parlamento así qué esperanzas que fuera posible en el lenguaje en el que fui educado. Mandilón, regañado, mariquita sin calzones, se los quita y se los pone, en tu casa quién manda, ya no se sabe quién trae los pantalones. Pero la verdad es que oigo pasar todos esos comentarios y otros peores bajo la capa de mi conciencia (so capa, se decía antes, qué bonito) y no me siento mal, buen trabajo de reeducación el que he hecho conmigo mismo. Sin contar con que tengo apoyo legislativo: se acaba de aprobar en España la Ley de Igualdad, que obliga a trato equitativo para hombres y mujeres en todos los órdenes de la vida, el laboral, el social, el de apreciación, el doméstico, gulp, porque mal que bien las mujeres siguen ganando menos que los hombres por trabajos iguales y tienen menos oportunidades de ascenso, sobre todo a puestos de dirigencia, tanto en las empresas como en la política, y preparar el desayuno es fácil, sin contar con que a mí la cocina siempre me ha parecido un ámbito creativo y me siento rete bien en ella. Acá no crean que hay que preparar peneques de queso con caldillo y frijolitos refritos, ni huevos al gusto, ni nopalitos navegantes, ni chilaquiles con pollo deshebrado y su huevito estrellado, ni quesadillas de zaguán con su salsita verde ni nada que se parezca a los poderosos desayunos mexicanos; no, sólo desayunamos fruta, te y algún panecito dulce, y eso porque a mí me gusta el tema de la fruta y aprovechamos y nos ponemos en el mismo tazón frutos secos: nueces, pasas, piñones, y cereales: que si avena, que si amaranto, lo que nosotros llamamos granola y acá le dicen muesli, y así, porque si nos atuviéramos a la regla desayunaríamos el te y un bollo y cuando mucho un zumo de naranja, que es lo que se estila.
En el Paraíso no había anafres ni sartenes ni ollas, ni fregadero para lavar los trastes; no se había inventado el aceite ni se cultivaba nada, ni milpa ni huerto, ni noción de trabajo, pero tampoco había fast food ni platos desechables por lo que la bronca que nos han dejado a la imaginación es mayúscula. ¿A poco nomás comían fruta recién cortada de los árboles, con la excepción de aquellita? ¿Y qué: los huevos se los comían crudos agarrados de debajo de la gallina? Si no había cultivo no había frijol ni lenteja ni garbanzo, ni maíz, claro, si andábamos por la Mesopotamia y el maíz se inventó en Tehuacán, y si se les antojaba un conejito a las brasas o cualquier otra proteína, qué harían. Nimodo que con las puras frutas comidas con todo y cáscara -¿o escupirían la cáscara?, porque no había cuchillos para pelarlas- hubieran llegado a la edad adulta y tuvieran el coraje de comerse aquello. Y después, ya expulsados, el trabajo que les habrá costado prepararse un chocolate para la merienda. Allí debe haber empezado la cosa: órale, mi reinita, a sonarle al metate que se nos llena de gorgojo el cacao.
En fin, que seguramente me apareció el tema del Paraíso pensando en las manzanas, que las pobres están cada vez más desnaturalizadas; tal es el tema del poema que corresponde al día de hoy.
MENSAJE DEL PARAÍSO
Hay que dejarla en paz:
entre todas las prodigiosas
transformaciones que habéis hecho
ninguna ha sido tan devastadora:
“Descubren levadura que impide
la putrefacción de la manzana
cuando está en refrigeración”,
dice hoy la prensa.
La habéis hecho pagar su culpa
hasta quitarle todo lo que la hizo
originalmente deseable por sabrosa,
por malvada y por perecedera.
Y ahora le queréis quitar la muerte.
Qué saña.
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La bruja |
Está claro que cometí un error; no debí comprar los lentes en la vieja óptica de la calle Madero en donde los compré, sólo estaba de visita en México y aunque fuera cliente de muchos años de ese establecimiento, al no permanecer en la ciudad no podría exigir que se hicieran cargo de mi satisfacción plena. Llegaron bastante después que yo a España y su acabado, a pesar de la tardanza, dejaba mucho que desear: les faltaba ajustarse a mi cara, lógico, y a los pocos días me di cuenta de que necesitaban una general apretada de tuercas, si es que unos términos tan rudos pueden usarse para unas ligeras gafas que apenas van más allá de los cristales graduados con los que miro al mundo y las patitas delgadas con que se cuelgan del trampolín de las orejas. Claro, fui a dar a la óptica de la calle Espoz y Mina, de la que soy cliente en esta ciudad, y les pedí que me hicieran los ajustes necesarios. Con el rabo entre las patas tuve que decirles que me las habían mandado a hacer mis hijos, para justificar el que no las hubiera comprado aquí y les pidiera, no obstante, que se hicieran cargo de su presentación final. Lo primero fue dejarlos para que los mandaran al laboratorio a cortar los tornillos excedidos, que de fábrica vienen sobrados para adaptarlos al grueso de los vidrios pero una vez montados es necesario cortarles el remanente; así de malhechotes venían, y luego, tres o cuatro días después, valido de mis viejas antiparras -y no tan viejas, pensándolo bien, y todavía con mucha vida útil, si nada más fue un prurito de actualización en la graduación lo que me llevó a aprovechar mi estadía en México para mandarme a hacer unas nuevas, o quizás sería la nostalgia del Centro Histórico, de sentirme parte de esas calles, de ser allí un señor conocido, saludado, tratado por muchos como quien ha hecho algo que los demás han notado y tal vez recuerdan- me apersoné a recogerlas y comenzó este calvario, este vuelta y vuelta al establecimiento: que si me lastiman de este lado de la nariz, que si ahora de este otro, que si ya se me hizo una llaga aquí, que si me duele detrás de la oreja, que si ahora el dolor es de ambos lados, como si mi pobre nariz fuera una escoba y una bruja abusiva la hubiera usado para volar toda la noche sin ponerse nada abajo. Ay.
Pero, claro, cómo se nota que es domingo y esta bitácora relaja su ritmo y se pone a contar asuntos que no tienen miga; banalidades. Menos mal que se me ocurrió la imagen de la bruja y la hice cabalgar de tal manera en noche de sábado sin luna, que si no, habría dado el domingo por perdido.
Cuando mis hijos eran chicos les hacía muchos juegos verbales porque desde mi punto de vista el dominio de las palabras calibra la inteligencia, le pone entorno para crecer, la hace desarrollarse como chayotera en reja de gallinero. Así entre adivinanzas, jitanjáforas y trabalenguas, les iba ayudando a dominarlas, a no tenerles miedo, a hacerlas que sirvieran para lo que ellos quisieran. Yo creo que en la educación pública debería establecerse la asignatura de manejo y dominio de las palabras. El que sigue es un ejemplo típico de tales ejercicios.
TRABALENGUAS
Al camarero Carmelo le pedí
camarón, macarrón,
macarela y caramelo,
caramelo, macarela,
macarrón y camarón
le pedí al camarero Carmelo.
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Navegantes |
Cuando éramos muy jóvenes poetas, nos llevó Efraín Huerta a Querétaro y nos presentó con los poetas locales. Había entre ellos un hombre mayor, gordo, simpático, enfermizo, o al menos es así como lo recuerdo, que se llamaba Pablo Cabrera, Pablito Cabrera. Nos recitaba un admirable soneto suyo levantando los brazos y los hombros y con voz un poco atiplada y anhelante: "Yo sé que recatándose en la sombra / a toda alma responde un alma ajena". Y ahora me ha venido la imagen del poeta como una conversación apenas interrumpida. Uf. No saben ustedes el gusto que me da levantarme, iniciar nuestras andanzas por ahí, mías y de la computadora, y constatar que durante la noche, mientras yo dormía ajeno a todo, en muy distintos lugares del mundo, en remotas ciudades, en indecibles destinos de la tierra, en sitios que quizás jamás pisaré, alguien, muchos álguienes, cada uno con una pantalla similar a la que tengo enfrente asociada indefectiblemente a un tablero, leyó, leyeron, lo que escribí apenas ayer y antier, de que si mi sangre, que si anemia y neutropenia, las hermanas díscolas cuyo nombre se escribe con minúscula para resaltar su bajo perfil; que si los berros, que si la otra vez me dio urticaria. Casi creo ver sus caras, aunque no los conozca, sus ojos brillantes, sus sonrisas cómplices, sus entrecejos simpáticos. "Yo sé que recatándose en la sombra / a toda alma responde un alma ajena."
El poema que hoy sigue en el orden del libro fue escrito para Vital Alzar. Lo que recuerdo de él lo digo en el poema tal cual. Lo que me sorprende sobremanera es no haberlo encontrado en internet. Alguien que no está en internet, habiendo hecho algo tan destacado como construir una carabela en los astilleros de Alvarado, Veracruz, y repetir el viaje de Colón en el 5º Centenario ¿puede no estar en internet? Es eso lo que me sacó completamente de onda. La primera vez que tuve un programa de televisión de amplia audiencia se me ocurrió un día decir que quería encontrar a un amigo que lo había sido de niños, en la primaria, Arturo Ramírez, y a la semana siguiente ya estábamos siguiéndonos la pista porque a él ya alguien le había comentado que en un programa de televisión bla bla y a mí me mandaron el recado telefónico de que alguien sabía quién era y ya me lo tenía localizado. Acabamos encontrándonos con mucho cariño y luego, como era de esperar, nos volvimos a perder. Pero con Vital es diferente, es mucho más grave no encontrarlo, es como entrar en un hoyo negro en el que la materia, la realidad, la memoria concreta de los hechos, desaparece y no deja nada en lo que antes era la certeza de un recuerdo. Con él nunca tuve sino encuentros públicos, unos casuales, cuando encontré su barco en Veracruz y otros inducidos, cuando lo entrevisté para promover su aventura. No puedo decir en rigor que fuéramos amigos, lo que pasa es que lo violento del acto de buscarlo en internet y no encontrarlo me hizo sentir por él una ternura solidaria y una cercanía afectiva que me impulsó a sentirme sinceramente su amigo.
MI AMIGO VITAL ALZAR
Dónde estará mi amigo Vital Alzar, el navegante,
que hace tantos años que no sé de él,
el que construyó una carabela para repetir el paseíto
de Colón cuando le dijo a la tía Isabel
que le diera chance de redondear el mundo;
lo vi la última vez hace muchos años atracado en Veracruz,
cuando ya había pasado la efemérides del 92,
convertido su barco en museo y tienda de souvenirs
y luego no he vuelto a saber de él
ni lo encuentro en internet, qué extraño,
a lo mejor lo soñé y no le dio la vuelta al mundo
a propósito del quinto centenario del grito de Triana
con su carabela que construyó en Alvarado;
me acuerdo de la locura de los constructores en el astillero,
y tal vez mi hijos que eran pequeños lo recuerden también,
me acuerdo de la pasión de Vital y de sus hombres,
del olor febril a carpintería, a torsos desnudos,
a clavos y a brea, a mar y a selva,
pero si no está en internet, en donde está todo,
es posible que no haya existido nunca
ni yo lo haya entrevistado más de una vez en la televisión
y en la radio, ni lo haya visto en su barco
con su familia en Veracruz,
ni haya navegado yo mismo con la imaginación
por todos los derroteros que él me describió;
tal vez ande bogando por tan remotos mares
que no quepan sus sueños y experiencias en la Red.
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Berros y ronchas |
Con la novedad de que otra vez las envidiosas hermanitas flacas, anemia y neutropenia -y es que, claro, como quieren ser modelos de pasarela no comen nada y por eso, aunque se ven tan espigadas, están como están- me hicieron la jugarreta: se pusieron en la mera puerta de la vena y dijeron nanay, por aquí no entra ese juguito. Así que tengo una semana más de permiso en el cuartel para reponerme de las heridas. Una lectora me acaba de recomendar que me haga licuados de berros, piña, jugo de naranja y perejil, y yo, ni tardo ni perezoso, como dice el viento, ahorita me voy a ir a buscar los berros, que todo lo demás lo tengo. Porque la alternativa era un medicamento de laboratorio del que acabamos de leer esta semana en el periódico -miren qué casualidad- que sirve digamos que por encimita para reponer los leucocitos, y eso, pero cuyos efectos secundarios suelen ser poco positivos, o sea que se pela uno más pronto. Y bueno, de por sí no soy proclive a las medicinas y hasta donde es posible trato de escaqueármeles. Porque si no, me pasa lo que me pasa, como podrán ver en el encontronazo que tuve el año pasado con unas ronchas, que viene en esta entrega después del breve poema del día. Conste que advierto que es lectura para gente desocupada, o que pueden guardarlo para el fin de semana, porque es larguito.
Lo bueno es que la Primavera avanza; por lo pronto se han ido los nublados y los vientos fríos, y suaves auras -además de mí- acarician el ambiente y hacen la cuna en donde se mece el renacimiento del año: polen, polen, flores, esporas, color, deseo. Las calles llenas otra vez de gente visible; ya se han quedado los abrigos, los gorros, las bufandas, los guantes en los armarios y empieza la danza preparatoria de la exhibición de la potencia que genera el paso de las muchachas por la calle.
Bueno, perdón, creo que me ha dado un ataque de lirismo primaveral. Me ducho, me visto y me voy al mercado Antón Martín a buscar los berros. Nada más les digo una cosa: este poema, aunque parezca corto, y lo sea, lo que tiene es que es cierto.
MULTITUD
Qué necesidad tenía yo
de ser yo,
cuando hubiera podido
ser tantos otros.
LA OCUPACIÓN DE LA URTICARIA
Las colinas, los valles, los oteros y promontorios del pecho fue lo primero que ocupó el enemigo y todavía eso con actitud de disimular; no parecía que iba a enseñorearse del territorio sino como que distraídamente pasaba por ahí y pintaba con el encarnado de sus estandartes todo el paisaje y que una vez ido todo volvería a la normalidad anterior, como cuando Napoleón metió sus ejércitos en España dizque nada más para cruzar hacia Portugal y una vez que los tuvo dentro aprovechó para destronar a Fernando VII y poner a Pepe Botella.
Y yo, zoquete, me lo creí, sin reparar en que era viernes y que el fin de semana todo se vuelve cuesta arriba en este país en donde abandonar el trabajo siempre que se puede es casi una religión. Y eso de volver a la normalidad anterior ahora me doy cuenta de que está francamente mal dicho porque con la aplicación del medicamento el jueves anterior ya había ocurrido el brote alérgico, aunque bien es cierto que como no fue inmediato sino tres días después, se coló como buena la opinión de la joven oncóloga sustituta de mi médico en vacaciones, de que esa irritación se podía deber a cualquier cosa y no necesariamente a la gencitavina y de que no desaconsejaba la aplicación correspondiente a este jueves, y yo, masticando de lado, dejé pasar el criterio aunque acababa de vivir en carne propia los efectos urticantes de la anterior dosis, de modo que la aguja buscó modosa el hueco de mi vena y allí se acomodó para servir de puente entre la ciencia y yo.
Del pecho, durante las horas en que todo ser y toda cosa dormía ajeno a las acechanzas, se fueron desplazando los escuadrones invasores y ocupando más y más emplazamientos: la espalda, los costados, la parte interior alta de los brazos, y apuntó a los sitios en que después más ensañamiento mostró, más deseo destructivo puso en su celo, menos piedad y cero misericordia: las piernas, empezando hipócritamente por un enrojecimiento paulatino de los muslos ligado a un franco prurito ya manifiesto en las nalgas. En la mañana, claro, al despertarme con un cierto candor, las uñas, independientes de la conciencia, comenzaron a reaccionar al estímulo: ¿pica?, pues ráscate. Y eso era lo que la maldita estaba esperando, esa era la diana que había corrido como santo y seña por todos los campamentos, que me rascara (y adivinar si no lo habré hecho con entusiasmo mientras dormía y no me enteraba, porque uno cuando duerme vive, aunque no lo tenga en cuenta, y el cuerpo entonces puede decirse que se manda solo) porque al influjo prodigioso de ese roce exquisito de las uñas con la piel, medida su intensidad por la satisfacción que provoca, las huestes salen casi a la superficie, a esa posición estratégica que consiste en quedarse ligeramente debajo de la capa dérmica y desde allí bombardear con sus obuses radiales irritando más, un poco más, otro poco, otro poquito cada vez.
¡A urgencias!, taxi: al Hospital de la Princesa. Y no rascarse, hacer todo lo posible para no rascarse; contener ese impulso es casi tan imposible como contener la respiración. Porque ya pica tanto en el pecho, en los hombros, en el vientre, como en los costados, en la espalda, en la cintura, ¡y el maldito resorte de los calzones que parece clavarse en la irritada carne!, en los glúteos, en los muslos, atrás y adelante, por dentro y en los laterales, que son los que reciben la constante limosna fresca de los dedos que pasan con la mayor suavidad e hipocresía que pueden sus intentos de alivio por encima del pantalón, por sobre las mangas de la camisa, como si quisiera abrazarme a mí mismo. Y tener que sentarse en una sala de espera y estarse allí quieto hasta que lo llamen, ¡ay ardor!, pero no puedo decir que fueran morosos ni ineficaces, todo lo contrario: éramos muchos y a todos nos atendían en riguroso orden y lo más rápido que podían.
A mí me llevaron dentro al fin, me preguntaron, me vieron, me tomaron la presión, la temperatura, me ofrecieron una intramuscular que rechacé por principio luego de que me explicaron que su ventaja era una actuación relativamente rápida y me advirtieron de que con su omisión el efecto médico sería más lento, horas más horas menos, y me mandaron un antihistamínico por vía oral cada seis, y vaya el lunes con su médico de cabecera para que le de la receta; sólo en caso de que se le cierre la garganta o tenga dificultades para respirar regresa a urgencias.
Caminamos por el rumbo antes de tomar el taxi de regreso porque caminando uno no se rasca y se distrae un poco. ¿Pero no habrá algo que te pongas y el picor desaparezca?, ¿hemos logrado desarmar el rompecabezas del genoma humano y nadie ha inventado una pomada, un ungüento que te untes y, zas, se te borre la sensación, aunque siga por dentro la batalla?, ¿un gel de efectos inmediatos que se aplique como una nieve benéfica de menta sobre la abrasada superficie? No, no hay; al menos en el hospital donde me atienden no saben de la existencia de tal bálsamo y pretender buscar respuestas en la calle en fin de semana es ilusorio. Iba yo clamando con toda mi fe que apareciera ese Fierabrás que me han dicho que puede fabricar pócimas como ésta, y mejores.
Ahora la estrategia es dejar que pase el tiempo para que la pastilla actúe y llegue el plazo de la siguiente toma, cada seis horas. Pero por más que uno quiera distraerse es imposible, claro, el enemigo está allí, ubicado perfectamente en el territorio y no hay movimiento que hagas que te permita alejarte del campo de batalla. Y tampoco está el horno para bollos, quiero decir que tampoco tengo tantas fuerzas como para quedarnos unas horitas caminando y distrayéndonos con las infinitas tentaciones de Serrano, las rebajas en todas las tiendas que ponen la ropa tan al alcance de la mano que lo único que hace falta es entrar y coger; o los muebles, aunque tengas que tirar los que tienes ya en la casa, porque están estos tan bonitos y a precios tan accesibles que es una tontería vivir siempre en el mismo decorado, una cañita en un bar antes de seguir deshidratándose bajo la canícula de julio, y tantas otras provocaciones; pero no, no tengo tanto vigor. A casa.
Crema hidratante. Paños húmedos. Fomentos de agua fría. Baños con el agua lo más fría que aguante. Bolsa de gel congelado. Con ropa. Con ropa holgada. Sin ropa. La única orden repetida con toda la energía por el mando supremo de mi voluntad: ¡no rascarse! Como si dijera no parpadear, no pasar saliva, no estornudar. Leer, ver la televisión, jugar barajas, asomarse a la ventana. Las horas del reloj son tan lentas y están tan llenas de ronchas que llegar al espacio neutro de la noche cuesta un gólgota, y allí, de plano, una pastilla para dormir, un somnífero, que aunque sea un Richelieux hay que dejarlo intervenir para que frene los enfrentamientos de los contrarios; el pobre e ínfimo pelotón de mosqueteros de las uñas comprende que sus esfuerzos son vanos, que entre más enemigos crea haber derribado más y más se reproducen las rojas huestes de la urticaria.
El domingo ya era un Ecce Homo; el sarpullido había ocupado prácticamente todo el país de mi cuerpo y las vibraciones de la batalla habían ensordecido incluso a las salmodias de la autoconmiseración; algo como la sorpresa me hacía mirarme al espejo y figurarme distintas actuaciones: Giordano Bruno evadido de la hoguera poco antes de morir, ya sin ropa y vestido únicamente con su ardida carne; Schwarzeneger saliendo de la explosión de un tanque de gas; un alien volviendo del espacio exterior en donde ha perdido la piel con que simulaba apariencia humana y viene arrastrando los jirones; por fortuna, entre las reminiscencias del somnífero y cierto efecto similar aportado por el antihistamínico, me quedé varias veces dormido. Soñé que estaba dentro de una tina de crema de leche de almendras de Ibáñez que suavemente acariciaba y lubricaba mi piel y halagaba mi olfato trayéndome deliciosas remembranzas de la infancia, y que la crema estaba constituida con una especie de licuefacción o transmigración de ninfas del bosque que se diluían en su apremiante apetito de integrarse a mí, pero en su desesperación por ser ellas y no otras las beneficiadas con el fenómeno, se peleaban entre sí por estar en mejor lugar y con una justificable ira femenina se desgarraban unas a otras, se hacían tiras sanguinolentas y se me pegaban a la epidermis como escoriaciones de brutales heridas y laceraciones, como mataduras en la carne causadas por un contacto atroz con el entorno, y que aparecían en toda mi piel conforme la crema se escurría al salir de la tina. No hubo una sola vez que no me despertara rascándome por todas partes y tratando desesperadamente de controlar el impulso. Ni a dónde ir ni a quién llamar, ni qué hacer más que esperar el paso inexorable del tiempo. Domingo, todo cerrado y yo expulsado ya del paraíso de urgencias. Multitud de bestezuelas irreales, sacadas de las más calenturientas imaginaciones medievales, me rondaban los oídos susurrando: ráscate, ráscate, no seas tonto, se siente rico.
Quería que me exigieran la capitulación, que me pidieran abdicar e ir al exilio; estaba más que dispuesto a rendirme y abandonar la plaza, pero como el enemigo estaba dentro no había manera de parlamentar, no había con quién, lo único fue llegar de nuevo a la piadosa noche y comenzar a hacer recuento de los daños una vez que el medicamento mostró algunos efectos, o la natural defensa del cuerpo fue recuperando los territorios, y el cansancio, el abatimiento total de los aliados los hizo renunciar al San Vito de los rasquidos constantes. Tal como queda sobre un plato una porción de carne cruda picada cuando han pasado las horas y la intemperie ha comenzado sus trabajos asoladores, así quedaron grandes extensiones de piel, sobre todo en las piernas, con ese color granate podrido y ceniciento que trasluce una materia viva y palpitante que abajo se queja y porfía por constatar su vigencia. El paisaje después de la batalla. Nadie muere de comezón, es cierto, pero la tortura podría orillarlo a uno a confesar cualquier cosa.
Tres días, era previsible; el lunes la irritación fue hacia abajo, comenzó a ceder y las posiciones ocupadas con tanto ardor por el enemigo fueron quedando devastadas pero vacías; aquí y allá, breves aunque constantes, brotes de comezón; incluso algunos intentos de nuevo emplazamiento en mínimas porciones de tierra virgen que no habían sufrido los anteriores embates, el paso letal de las retaguardias, algún capitanejo que habiéndose quedado rezagado pensó que aun podría hacerse notar y alcanzar un último laurel.
El riesgo, porque una vez conocido el mal es imposible dejar de pensar en su prevención, es que no haya realmente nada para evitarlo: la semana próxima tendré que volver a exponer mis dulces venas a la labor humanitaria de la ciencia, volverá a fluir la gencitavina por el sistema linfático en su afán por rescatarme, y así durante varios meses, y tal vez el precio que haya que pagar…
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Aprendí a contestar |
Pues no, no se manifestaron ni Punta Arenas, ni Beijing ni Australia, como los conjuré, pero en cambio apareció uno nuevo en China, además de Beijing, y oh sorpresa, se encendieron puntitos en Indonesia, en Filipinas, en Grecia, en Croacia, en Cerdeña, en Milán, en Suecia, en Cochabamba, en Colombia y en Lima, a cambio de los de Punta Arenas y Australia, que desaparecieron. Por lo que mi teoría de los monitores (que ya me dijo Alfredo que no se llaman monitores sino Bots) parece desdibujarse, a menos que se trate de una conjura mundial en mi contra y muevan los detectores (Bots) de un país a otro, pero ¿por qué había de ser? Quizás porque di la receta del jugo de carne, que es algo que guardan tan celosamente algunos chefs, o tal vez porque vi de cerca los flamencos en Doñana con sus plumas rosa encendido y supe y dije que es a causa de esos crustáceos rojos que se comen, o a lo mejor por haber revelado el mecanismo secreto de los sueños y la posibilidad de llegar a través de ellos a la creación, o perjaps por lo de Bush y Osama... No, no me suena. ¿Y si fueran lectores naturales que se enteraron de que existe este blog y están tan gratamente sorprendidos que no les importa vivir tan lejos? ¿Y si los mismos que me leen tienen amigos en tan remotos confines y les han dicho: ándale, léelo, está curioso? Vaya, Hamlet, dejemos también esta duda a que se resuelva con el devenir de los acontecimientos que son la carne con que se alimenta la bestia de la incertidumbre y pasemos a lo siguiente.
Ya me dijo mi maestro Alfredo Rodríguez Brondo que se puede contestar los comentarios de los lectores y cómo hacerlo y está bien fácil, de modo que a partir de ayer ya contesto a lo que me digan; perdón por lo burro que he sido. Era tan fácil. He dejado con la palabra en la boca a Elvira, a Gominoz, a Javier, a Pepe, a María, a Ama de Casa, a Heriberto y a no sé cuántos más, pero de ahora en adelante me hago el firme propósito de responder aunque sea con un acuse de recibo. Sólo estoy tamañito de que quien me lee en China me escriba en chino y quien en croata lo haga en su idioma, pero luego me sereno, pienso que si me leen en español es porque seguramente saben castilla. Pero no importa, escríbanme en el idioma que quieran, a todas respondo, ¡faltaba más!
A veces, entre una nota periodística y un poema sólo hay la distancia mínima de la voluntad: dejarlo noticia o hacerlo dato permanente. Una vez más el horror de la pobreza, de todas las pobrezas, se impone a los acontecimientos, la anécdota pierde valor como anécdota y los hechos puros cambian su signo común para volverse la novedad constante del dolor por los demás y por nosotros mismos.
RELATO DE UN NÁUFRAGO
Se quedaban quietos. Morían. Y los echábamos al mar.
Con este tenue lenguaje reseña El País algo que pasa entre África y España:
los marroquíes y quienes usan a Marruecos como puente
necesitan venir a trabajar acá;
no es que quieran, nadie quiere irse a trabajar a otra parte en donde no están sus gentes
ni sus fiestas, ni sus recuerdos, ni sus soportes espirituales
sino que tienen que venir porque esto que está lejos es lo que está más cerca y hay trabajo,
y los contratan porque quien los contrata se beneficia; así.
Pero en la travesía se acaba el agua, se pierde el rumbo, se equivoca el astrolabio
porque huele a los guardias marinos que están tratando de evitar que lleguen
y se pierden, se quedan a la deriva, se salen del rumbo y empiezan a morirse.
Primero se incomodan, se agitan, se desesperan, pero acaban por quedarse quietos
y una vez quietos se depositan en ellos todos los pies y las manos y los pechos,
las bocas, los recuerdos, las fiestas, los momentos de gloria, las catástrofes,
las listas de gobernantes, los nombres de los ricos y de los pobres, las pieles de los animales libres,
los pájaros, los cielos, las extensiones de África,
y entonces se mueren. Así son.
Y quienes vienen con ellos, que tienen la misma suerte, los echan al mar.
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Invocar a las musas |
Quería con todas mis ganas conservar las sensaciones, los inasibles talcos del sueño, que no se me fueran esos sutiles tejidos más leves que los hilos de la seda en suspensión, pero es imposible, el ejercicio de la conciencia lo arrasa todo, avasalla cualquier estado puro anterior a ella. Se me esfumaron las mejores escenas con sus locas, con sus absurdas conclusiones, con sus irracionales análisis. Sé que había mucho pero ahora ya no puedo saber mucho qué. Quién va a poder conservar las minucias del sueño si se levanta, va al baño, se lava las manos, va a la cocina, saca la fruta del refrigerador, calienta una almohadilla para fomentos, revisa su correo electrónico y finalmente se apresta a describir lo que había en ese otro territorio en el que no prima la conciencia. El caso es que la física cuántica había ya dado el paso y logrado, con la mayor naturalidad del mundo, la teletransportación, y a mi lado podía estar un automóvil más o menos antiguo y elegante, venido porque sí, por traslación molecular, digamos, desde otro continente; o ropa, me parece, que también aparecía de la misma manera; no, no estaban a mi lado, yo estaba en el auto y en la ropa... Nada, ¡maldición!, se esfumaron todas las galas del sueño, no me queda ya nada que contar. Debiera borrar todo el párrafo anterior; no lo hago para que sirva de escarmiento a soñadores descuidados. Porque al sueño se le agarra en caliente, cuando está acabadito de hacer, antes de pensar en ninguna otra cosa, si es que uno quiere que tenga su propia carne misteriosa y fascinante. Como uno que sí alcancé a transcribir hace dos o tres años. Y que aquí pongo como mínimo testimonio de amistad con Fernando del Castillo
Vamos Fernando y yo por una calle y pensamos en una imagen y en la forma de cumplirla: invocar a las musas. Para hacerlo nos metemos a un amplio vecindario y nos dirigimos a buscar el número 8 porque sabemos que allí ha de hacerse, y la invocación será mediante humo, mediante exhalaciones de humo, sacrificios con sahumerio, pero ha de ser frente al 8. Cuando estamos ante la entrada con ese número vemos que se trata del acceso a los baños, de modo que no hay ningún problema, no se incomodará a nadie, puede hacerse. Unos vecinos que están ahí nos preguntan que qué estamos haciendo, o qué buscamos, y les decimos de qué se trata: de invocar a las musas. Yo no fumo hace muchísimos años y mantengo los ojos cerrados para tratar de conservar dentro de mí la pureza de la imagen pero uno de ellos que ya se ha incorporado a la acción enciende unos cigarrillos y nos los reparte. Yo sé que no se trata de sahumar así pero acepto el cigarrillo y comienzo a echar humo, como ensayando el sacrificio. En eso aparece cantidad de gente del vecindario deseosa de participar, y yo, que sé de lo que se trata, como director de escena trato de explicar los movimientos, las acciones, pero la iniciativa popular me rebasa. Hay ya una gradería y un escenario en el gran patio, al menos un templete; la gente hace música, luce vestuarios, jovencitas que bailan, instrumentos improvisados, hay alegría y entusiasmo desbordados. Tratamos de sistematizar un poco el desorden y desde el escenario quiero hacer consciente a la gente de que la escena es suya aunque tenga en las tablas y en los respaldos los logotipos del PRI, quiero explicarles que esa manipulación política de poner su logo en los bienes comunes ya no sirve, está superada. El escenario tiene ya vida propia en sus participantes. La acción continúa, sin que Fernando ni yo podamos contenerla o abarcarla hasta que desde un punto que domina más o menos la escena, aunque está fuera, mando a alguien a decir algo que podría ser la explicación o el discurso final, pero al terminar me pasa la palabra porque soy yo quien tiene que concluir; yo entonces me acomodo mejor y veo hacia arriba: son muchos pisos y en todos hay un gentío, es como un gran corral de comedias; son un titipuchal, murmuro; han salido cientos de vecinos. "Fernando y yo -digo proyectando muy fuerte la voz, aunque ya comienza a haber demasiado barullo-, Fernando y yo tenemos una amistad creativa –sigo diciendo con imperiosa necesidad de síntesis-, nos propusimos invocar a las musas y sabíamos que tenía que ser frente al número ocho." Ya es un caos, una romería, una verbena, de todos lados sale gente, ya no me escuchan, el barullo se impone. Todavía alcanzo a insistir en el remate de mi alocución: "¡La creación se ha logrado. La creación se ha logrado!" Y luego Arturo Beristain me aconseja que lo escriba. Sí, mira, me dice, en el primer acto van dos cuates solos y planean invocar a las musas… Luego se me desdibuja la estructura que aparentemente era tan fácil. Te va a quedar bien, me dice.
Hay veces que uno escribe algo que preferiría no haber escrito y que sin embargo sabe que no puede, que no debe borrarlo, más allá de la calidad literaria que le reconozca, a partir de que uno entiende, o cree entender, cuándo un poema o un texto cualquiera, está terminado. En el libro, al formarlo, se podría decir que cumple la función de los colores contrastantes en un cuadro, que sirven para matizar otros. Tiene anécdota pero no quiero contarla porque no es anecdótico, no se refiere a algo en particular sino a la percepción de un movimiento espiritual que no necesariamente es grato. Por lo demás, creo que es sumamente claro lo que dice.
TRAGEDIA
Nada caduca
por más que el tiempo pase
uno cree que las huellas
se han borrado
cuando el crimen se asoma
de nuevo a la ventana
con cara de payaso
y el payaso espanta.
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El amor |
Estoy desconcertado: resulta que yo, como muchos otros que lo confiesan, escribo para que me lean, y tengo siempre la secreta esperanza de que aquellos que me lean disfruten, se diviertan, crean, vean algo nuevo, se reconozcan. Y claro, me entran ansias de saber quién me lee y me gusta ponerme en sus zapatos y volverme a leer yo mismo como si fuera ese lector. Supongo que eso nos pasa a todos, pero no todos tenemos chance de acercarnos tan rápido a tal enigma, como los que tenemos blog: hay un servicio de cuenta-visitas que se baja también de internet y se instala en la propia página; sirve, además de la cuenta que va haciendo, para ver gráficos por hora, por día, por semana, por mes; para ver cuánto tiempo se queda cada lector con uno; para ver cuántas páginas lee quien se nos acerca, y un montón de cosas más. Pero la que me parece estelar es la distribución de lectores por ubicación geográfica. Resulta que puedo saber al momento en qué ciudades del mundo están leyendo mi página; figúrense; pienso: me está leyendo José Ramón en Mérida; en Berlín ya se conectó Edmundo; en San Diego, los Singer; Oscar en Bolivia; ya se encendió el puntito de Málaga, es Alfredo; el de Zaragoza, ha de ser Javier; y así. Claro que hay un montón en España y en México que no intento saber quiénes son. Pero lo que decía que me tiene desconcertado son tres lectores constantes en ciudades donde no conozco a nadie y que están lejísimos del punto desde el que emito mis botellas al mar: Punta Arenas, Beijing y Australia (no especifica ciudad). Aparecen siempre, como si fueran unos adeptos irredentos, unos fans perdidos que nomás están esperando a que yo escriba una coma para bebérsela con ansia. Ah, qué delicia. Pero entonces aparece el diablillo consejero tras la oreja, que me dice: "¿y no has pensado que a lo mejor son puntos de monitoreo del sistema? ¿No se te ha ocurrido que en esos parajes tan distantes entre sí hay grandes computadoras que registran lo que aparece en todos los blogs del mundo con fines de lo más variopintos, desde los más honestos hasta los más inconfesables? Ah, pues qué chistoso; no, le contesto, no se me había ocurrido, pero puede que tengas razón y mira lo que voy a hacer: Oh remotos y constantes lectores, yo os conjuro a que os manifestéis, así tengáis la pata peluda o criéis antenas tras las orejas, haceos presentes en forma de mensaje y os juro que no volveré a dudar de vosotros.
Pero no nos distraigamos, continuemos con la lectura del libro; éste que sigue es, como su nombre indica, una nueva visita al tópico más socorrido por la poesía lírica, el amor. Como todas las historias de amor tiene sus momentos felices y los que les tocan de dolor; roguemos porque estos amantes puedan al fin romper la fatalidad y venciendo al destino se unan cumpliendo el anhelo del filósofo que quería que ese sentimiento fuera el acto de encontrarse de dos mitades de una misma naranja hasta volver a quedar redonda y madura como en el poema de Gorostiza. Y conjuremos el escepticismo del autor que los lleva a tan cruel destino. ¿Por qué los amores literarios son siempre infelices? Son los poetas los que han hecho desgraciado al amor porque ¿quién, si no, ha tenido en sus manos la solución de todos los amores?
UNA HISTORIA DE AMOR, COMO HAY TANTAS
Hay en un lado del globo un señor que se llama Bush
y del otro lado del mismo globo, o por ahí, hay un señor que se llama Osama;
cada uno tiene guardado un tesorito de amor por el otro
debido sobre todo a que el otro le ha sido siempre fiel;
tienen sus desavenencias, sí, como las tenemos todos pero
no habrá nada que los separe nunca jamás, nunca jamás, ¿me oíste?
como nada separa a la mezcla de cosas nobles de la mugre,
como nada separa a Dios de las tempestades, los terremotos, la peste,
y ellos, que lo saben, ponen los ojos en blanco cuando hablan uno del otro,
porque quieren, tratando de escapar de la maldita fatalidad,
que su tesorito no se vaya a doler de lo que están diciendo,
porque quieren esa experiencia mística de estar a solas con Él.
Cuando uno está a punto de ser destruido el otro lo protege,
lo cubre con el manto mediático de su infinito poder;
y así pasan los siglos de los siglos y los siglos de los segundos
y nadie, nada -ellos que no lo saben creen que algún día serán felices-
puede evitar que la almendrita de su amor se amargue
como se acaban por amargar todos, todos, todos los amores.
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Jugo de carne |
Acá no se acostumbra el jugo de carne (en España, digo) pero Roberto Beltrán me lo tiene prescrito para combatir neutropenia y anemia, que son las hermanitas flacas que se ponen a veces, cuando nos descuidamos, en la puerta de mis venas e impiden el paso de la quimioterapia; porque, claro, dice el doctor Jiménez, si te damos el medicamento, estás tan disminuido que... No se te puede dar. Pero la verdad es que un tazón de jugo de carne diario hace que uno sienta enseguida el rigor del alimento.
Es así: en un frasco pongo digamos que un cuarto de kilo de pescuezo de ternera picado, una poca de cebolla, un diente de ajo, un tomate chico, una rama de perejil, todo desmenuzado y revuelto, una hojita de laurel, una pizca de tomillo, sal y pimienta (y por aquello de la nostalgia, un pedazo de chile verde). Aprieto la tapadera y meto el frasco bien cerrado en una olla con agua para que se cueza en baño de maría. Hora y media después, abro el frasco, escurro el contenido, que es una bomba alimentaria deliciosa, y me lo tomo caliente en un tazón como si acabara de llegar de un viaje brutal por el desierto, o como si viniera de pelear con unos molinos de viento y este fuera el bálsamo de Fierabrás.
Y parece que por equilibrar la dieta, o quizás el paisaje, me tiene indicado comer ensaladas verdes. Pues órale, me digo, ¡al hierro!, y saco la ensaladera para mezclar espinacas, rúcola, endivia, lechuga, apio y unos arbolitos de brócoli pasados por agua hirviendo durante un minuto (ahora porque no tenía, pero también berros, canónigos, escarolas); sal, una pizca de azúcar, aceite y vinagre, cebolla, aunque no sea verde, y no faltan unas pasitas, unos piñones, unas nueces desmenuzadas, porque así comer es más una fiesta que una receta a que me obliga el doctor.
Hay textos que no requieren ninguna explicación, son tan claros y transparentes como conjugar el verbo más cálido del idioma. Sobre la conjugación de lo mejor que puede haber se impone el destino último de todas las cosas, sólo que el verbo, la acción, lo vuelve voluntario y evitable: humano.
Claro que el ejemplo vibrante, anaranjado fluorescente, lo tenemos hoy en Irak, pero durante el Siglo XX se repitió hasta el hartazgo, hasta mucho más allá de la nausea. Los fascismos, la imposición del comunismo, la Guerra Civil, que ahora parece añorar la derecha española que ha recomenzado a negar la democracia, Vietnam, la Guerra Sucia del Cono Sur, las guerras post coloniales de África... Irak, Irak, Irak..., en lugar del dulce nombre de un país hoy suena como un revoloteo de aves carroñeras.
CONJUGACIÓN
Yo amo,
tú amas,
él ama,
nosotros amamos,
vosotros amáis,
ellos matan.
A veces, un libro de poemas puede ser también manual para panfletarios y pancarteros. Avívense.
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Dirección de la mirada |
Ya había dado por terminado "Se está tan bien aquí"; o al menos, ya había escrito el poema de despedida con el que inicialmente pensé que habría de cerrarlo cuando de pronto se me apareció éste. No sé ahora cómo leerlo. Cuando lo escribí pensaba en una especie de renacimiento, en el punto de partida quizás de una nueva oportunidad de estar vivo, imaginaba que podía ser el principio de otro libro pero lo acomodé en el medio de éste siguiendo un impulso difícil de explicar porque no es producto del razonamiento sino de un movimiento interior como el que se pone en práctica en una puesta en escena: esto va aquí, esto acá, esto otro, aunque la lógica lo pida en tal sitio, irá allá. En esto también un libro de poemas es tan distinto a un relato. Y digo que ahora no sé cómo leerlo porque ya no dice lo que yo creía que decía, porque puesto en este lugar del libro, y con el libro ya, digamos, frío, tiene unas posibilidades de lectura de las que no fui consciente cuando lo escribí. No sé si volver a tocar el tema de la inspiración, es tan resbaloso. Para unas notas de bitácora quizás sea suficiente con lo que he dicho y ojalá que no sea contraproducente, que no ayude, al menos, a crear confusión.
Hoy es domingo; no por eso, pero nos levantamos tarde; ayer Milagros se desveló poniendo mi foto en la parte superior de la página; y más se desveló volteándola. Me explico: quizás algunos hayan visto que la dirección de mi mirada en la primera aparición de la foto era a la izquierda, postura con la cual me siento cómodo en general, pero resulta que quedaba mirando hacia afuera de la página y chocaba con los más elementales principios de la composición. Cariño, ¿no podrás darle vuelta al retratito y que en vez de mirar pallá vea pacá? Y en eso, porque apenas estamos aprendiendo a movernos en este medio, se fueron las horas. Por fortuna hoy amanecí mirando hacia adentro de la página. Y eso tranquiliza al corazón.
CON QUÉ NUEVOS OJOS TE VERÉ
¿Con qué nuevos ojos te veré, vida,
ahora que salga otra vez a buscarte,
qué membrana sutil vendrá por arte de oficios
a cubrir mi mirada para filtrar la gama
inagotable de matices que manan de ti
como de la luz brota lo verde en tanta profusión
que no hay glosa que agote su manto de sorpresas;
con qué ojos te veré
que puedan describir al mismo tiempo
la mezcla de tu inverosímil variedad
de materiales y sombras y trasuntos
y todo lo demás que ocurre tierra adentro
construyendo especies que nunca habían vivido
y piden a su creador un nombre que las nombre,
una entidad que las proyecte al tiempo;
con qué ojos nuevos te veré que sirvan
lo mismo para el sí que para el no
y no tengan ya que escabullir el bulto
por no haber entendido a tiempo lo evidente,
lo clara, vida, que es tu transparencia,
que no me coja ciego la nueva vida que vea;
con qué ojos de alegría me asomaré
por última vez a la ventana antes de salir
a mirar la perspectiva y su sonrisa ignota,
ojos de asombro, ojos de lumbre, ojos de tinta,
ojos de miel y terciopelo; y cómo habré de conservar
tal entusiasmo cuando ponga mi pie en el umbral común
y tenga que aportar lo que yo traje;
tendré que ser prudente y decidido
y acoger todas las cosas como vengan,
más abierto que el cáliz de un tulipán maduro
y listo para decir con precisión lo que me toque
así sea el silencio más negro entre lo negro,
el negro y contundente silencio del silencio,
o me toque tal vez, jugando adivinanzas,
morder una manzana para sacar el nombre de la fruta
y que comience de nuevo a hacerse la palabra:
háganse todas las cosas otra vez,
empiécense las obras bonitas y las obras feas,
frescas ambas y con toda la vida por delante;
no quiero censurar ninguna de tus partes,
ni ser el aguafiestas de tus fastos,
yo no gano nada con ser tu detractor, basura,
simplemente te veo que existes y que dependes de mí
en tan alto grado que me espanta, y pienso:
tiene que haber un lugar para la basura
también adentro de mi corazón, no puedo estar
siempre negándola como si yo fuera el sacerdote
sin humor, encargado de la limpieza del templo,
y me echo a correr y a saltar por esos campos
con la ilusión de inaugurar otra mirada,
una que acepte las cosas como son y sepa verlas,
igual ver lo sublime sin que la piel se quiebre
que ver lo abominable sin volverse la tonta,
la anónima, la pobrecita aguja del pajar;
con qué ojos renovados te veré, vida,
cuando comience a germinar mi voluntad
y emprenda con ojos nuevos de nuevo mi camino?
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El albaricoquero |
Ten mucho cuidado con los carteristas, le dije, son muchos y son profesionales; van a la caza de los turistas y luego luego te notan que no eres de aquí, parece como si conocieran a todos los que viven en la ciudad porque reconocen inmediatamente a los de fuera. No suele haber atracos con violencia ni situaciones más desagradables pero en un santiamén te dejan limpia con artes de birlibirloque, y eso ya es bastante incómodo. No tiene caso que traigas contigo el pasaporte ni más dinero del que puedas necesitar para el día ni ningún documento extra...
Pero los carteristas son más listos que las prevenciones y los turistas están siempre en situación de fragilidad mayor que de ordinario porque no conocen infinidad de códigos que uno maneja sin darse cuenta en el lugar donde vive: colores, volúmenes, ritmos, aproximaciones. En la escuela de cacos deben estudiar el esfuerzo que cuesta dominar el entorno para hacerse una naturaleza protectora. Y claro, en la noche llegó angustiadísima porque le robaron la bolsa con el pasaporte, el dinero, la licencia de manejar y no sé qué otras identificaciones. Adentro de un restorán bueno, me desabroché la kangurera (acá se llaman riñoneras) para estar más cómoda y cuando me di cuenta ya no estaba. Si te digo que son profesionales: te van siguiendo hasta que te descuidas y saben que tarde o temprano caerás. En la delegación de policía no le tomaron la denuncia porque no podía identificarse, vaya a su consulado y que le den una carta de reconocimiento, y el consulado no puede elaborar un pasaporte sustitutivo sin que haya denuncia previa de robo: un coñazo, como se dice acá. Finalmente, aunque es sábado, hay guardia en el consulado y dentro de un rato estará resuelto el intríngulis y mi amiga podrá tomar su avión a las dos de la tarde. Uf. Por cierto, la responsable de la guardia ya estaba advertida desde las tres de la mañana por la Secretaría de Relaciones Exteriores de que mi amiga llamaría hoy a primera hora porque otra amiga común, desde México, llamó para avisar del percance, o sea que, en este caso, no está uno tan solo como parece.
Hoy correspondía el turno a otro de los poemas que me pidieron para la Memoria del CIELA Fraguas, de Aguascalientes, así que queda en blanco ese espacio pero como tengo horror al vacío me permito sustituir la página con una prosa curiosa que encontré en mi archivo; yo creo que es del año antepasado pero he vuelto a pasar por ahí montones de veces y las cosas no han cambiado un ápice.
Por cierto, el nombre de la página de hoy no se corresponde con nada de lo escrito pero ¿a poco no es una palabra bonita?
LA CAMISA DE PANA Y OTROS PELIGROS
Hay en la calle de Espoz y Mina, esa calle estupenda de Madrid que desde que cerraron la Casa del Azafrán, la tienda de productos manchegos, se ha quedado chimuela, una tienda de ropa y artículos de caza y pesca muy bonita ante la que siempre me detengo a ver los aparadores pues me hacen recordar unos que había en Cinco de Mayo, en México, cuando yo era chico, y que solían tener cosas semejantes porque se dedicaban al mismo giro, aunque despues, con la prohibición de venta y posesión de armas supongo que habrán quebrado, o quién sabe, tal vez el hecho de tener en las vitrinas cabezas reducidas por los jíbaros del Amazonas colgadas de sus propios pelos les trajo la mala suerte, a lo mejor los dueños tuvieron una muerte horrible, o sepa Dios; el caso es que en este establecimiento madrileño hoy vi una camisa de pana verde oscuro, como de cazador, a muy buen precio y muy bonita, con dos bolsas y broches como de ropa vaquera, y me dije, ándale, muchacho, siempre lo dejas para después, siempre se te antoja entrar a esta tienda y no te decides, no seas tímido, seguro que te van a tratar bien, ya una vez vi uno de esos sacos ingleses encerados que son también como de cazadores o pescadores, como el que tiene Arturo Beristain, que calientan mucho y son impermeables, y esa vez no me atreví a entrar; otro día, debo haberme dicho; así que agarro y que me meto sin pensarlo más. En efecto, me trataron bien, fueron amables, pero de camisa nanay, sólo había talla S y sin esperanzas, porque me dijo el afable sujeto que hasta la próxima temporada ya no tendrán. Ah, dije yo, y ¿cuándo es la próxima temporada? Pues en septiembre, me contestó, mirándome con extrañeza como si le estuviera yo preguntando algo que debía saber. Supongo que se referiría a la temporada de caza (o de pesca) para la que están prescritas esas camisas. O sea, deduje, que no son para ponerse así nomás, como camisas de andar por casa, sino que deben ser reglamentarias, y no sé si hay infracción y sanciones por usarlas fuera de su lugar debido, o algo peor; de la que me salvé.
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Campanas |
En un excelente libro sobre los orígenes del mito de Santiago de Compostela me encontré con la muy novelera idea de que la iglesia española tuvo, en sus días, cuando todavía no cuajaba en concilios sucesivos el basamento y columnaje definitivos del edificio institucional, la tentación de colocar al apóstol y su iglesia por encima de San Pedro y el Vaticano como sede de la cristiandad, cosa no tan descabellada cuando se pondera esa parte cristiana, dura, imperial, guerrera, de los españoles que cristalizó en el imperio en que no se ponía el sol. Me encantó la historia del saqueo de las campanas y su ir y venir (condición sine qua non de toda campana) entre el mundo cristiano y el árabe, que no acaban de hacer unidad aunque pasen y pasen los siglos y tengan tanto en común, y de la metáfora que surge naturalmente con ese vaivén.
Mi amigo Isaac Masri montaba en esos días en que lo escribí una exposición de esculturas con el tema de campanas en Paseo de la Reforma, en la ciudad de México, y me pidió, como a todos sus demás amigos poetas, un poema del asunto. Caben dos posibilidades: una, que lo haya leído como una apología de la españolidad y parecido que ni gustaría a los mexicanos ni convendría a mi prestigio, y otra, que le haya llegado tarde, como me dijo.
El poema termina en una exaltación eufórica y eufónica, no exenta de sarcasmo, que saca de la jugada todas las argumentaciones previas y deja el puro sonido de una reiteración monótona que no sabe de razones. Algo semejante a la campaña que estos días ha desatado la derecha española más recalcitrante enquistada en lo que debería ser un partido demócrata de centro derecha, contra el gobierno de Rodríguez Zapatero. ¡Qué talán talanes los que están sonando!
LAS CAMPANAS DE SANTIAGO
Llegan los moros de Almanzor como una ola incontenible
a Santiago de Compostela
desde donde la iglesia resistente piensa
que puede competir con Roma
ya no digamos con Jerusalén lejana y tenebrosa
luego de que el propio apóstol matamoros en persona
saliera a caballo en la matanza de Clavijo a destrozar infieles
Y luego de hacer todos los desmanes y saqueos que se acostumbran en las invasiones de antes y de ahora
que el mundo siempre ha sido así depredador y tosco
se llevan las campanas de la iglesia a hombros de prisioneros cristianos
para hacerlas candelabros de la Mezquita de Córdoba
luz de la Mezquita luz de la vida ¡chíngalo!
Dejan mudo al apóstol a quien vienen a ver de todo el mundo
todo el mundo se entiende que es Francia y poco más
hasta que la reconquista doscientos años después toma Granada
y todo lo que le corresponde
y se vienen a Santiago despacito y celebrando
con la carga sobre los hombros de presos granadíes
para poner de nuevo las campanas en su sitio. Uf.
¡lo que habrá sido esa fiesta!
¡lo que habrá sido esa gesta!
cierto, no se pudo hacer que Sant Yago fuera más fino gallo
que San Pedro o que el propio Jesús
pero qué talán talanes más alegres, imperativos, durables
densos con la tensión del aire contenido por la rabia
qué talán talanes que volvieron a serpentear por las rutas
de los peregrinos ¡Viva España! ¡Viva Santiago!
¡Viva Santiago! ¡Viva España!
¡Talán talán! ¡Talán talán!
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El valor de las palabras |
Tampoco es cosa del otro mundo. Hay que llegar a las ocho de la mañana, en ayunas, a una sacadita de sangre. Recibo el aguijonazo pero jamás veo la aguja, me da cosa; en cuanto me ponen el elástico para aminorar el flujo sanguíneo y me piden que apriete la mano, me volteo para el otro lado hasta que me advierten va un pinchazo y sé que de ahí no pasa, son profesionales y lo saben hacer sin daño innecesario; vuelvo a mirar cuando me sacan la aguja y me piden que apriete el apósito para que no se me haga hematoma. Listo, a desayunar y volver a consulta a las doce y media o una, cuando ya el doctor tiene los resultados del análisis de sangre y sabe si tengo los leucocitos requeridos para poder aplicarme el medicamento. Y vuelta al sillón a repetir el ciclo de la mañana, nada más que ahora no es sólo el mosquito sediento sino que la vía intravenosa se queda instalada durante el tiempo necesario para vaciarme dentro, por goteo, el contenido de cuatro o cinco frascos de distintos tamaños que durante al menos dos horas hará su aplicado ingreso a mi organismo y empezará su enigmático trabajo de seleccionar células perversas para aislarlas y darles matarili, aunque de paso se lleve un titipuchal de otras que estaban nomás mirando, o de paso, o haciendo cualquier otra labor que no necesariamente era contraria a mis intereses más personales. Durante cuatro o cinco días después de la invasión quedo poco capacitado para divertirme. Y así sigue el ciclo, a lo largo de tres o cuatro meses, del mejor método que se ha encontrado hasta la fecha para combatir el cáncer. Luego me dejan en paz otro periodo mientras el organismo se recupera. En fin, deveras que no es cosa del otro mundo. Es formularlo lo que cuesta sangre.
Y a propósito, hay asuntos pendientes que tratar, aun dentro de un libro de poemas. La propiedad de las palabras, por ejemplo. ¿De quién son? ¿Cómo se deben usar? ¿Hasta dónde llega el derecho individual y el derecho colectivo de utilización del lenguaje? ¿Cada cuántas generaciones se puede decretar que el idioma es originario de tal o cual grupo humano? Cuestiones como el respeto a los demás, la generosidad, la tolerancia, la humildad, el agradecimiento, ¿tienen que ver con la sistematización del idioma? ¿Para qué estudian su idioma los hablantes de una lengua? La manera como una colectividad ve su lenguaje ¿deja traslucir su temperamento, su talante, su idea del mundo, su ubicación en lo que se llama, con un dejo nostálgico de inexistente armonía, el concierto de las naciones? Porque de lo que tratan las siguientes líneas, que algunos preguntarán qué tienen que ver con la poesía, es justamente de esta serie de preguntas y del azoro que su formulación puede causar.
COMO BUENOS HERMANOS
Dice la RAE:
Cacahuate: m. Hond. y Méx. Cacahuete.
Cacahuete: (del nahua cacáhuatl) m. Planta papilionácea anual procedente de América…, etc.
El orden de los factores sí altera la simpatía;
debería decir:
Cacahuate: (del nahua cacáhuatl) m. Planta papilionácea… etc.
Cacahuete: Esp. Cacahuate.
¿Qué perderían?
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La mula de la noria |
Hace ya 17 años que publiqué "La hora íntima de Agustín Lara", una aproximación autobiográfica sustentada en los mimbres del canasto del Flaco de Oro; ya allí mezclaba las niñerías de mis recuerdos con las canciones y las anécdotas del sedicente tlacotalpeño y me iba con él al improbable más allá en donde sólo se disfrutan los placeres del tlalocan y persiste el deseo. No he tenido la determinación para hacer un ensayo en que demuestre mi convicción de lo fuerte y verdadera que me parece su obra y del lugar tan importante que ocupa en el arte mexicano del Siglo XX; lo más seguro es que no pueda hacerlo porque hay cosas que uno no puede hacer y cosas que no quiere, aunque pueda.
Pues esta vez vuelve a aparecer Lara tocando un piano de fondo y componiendo a contrapelo de la voluntad. ¿Por qué no sale y se mezcla con los demás en lugar de estar mandando ese mensaje obstinado de que quiere estar con ellos, pero antes que salir se detiene en el umbral de la creación? No sé por qué; yo lo veo, me conduelo, cuánto lo comprendo, y me doy la vuelta para ir por mi propio camino a buscar mi poema, ese que se hace como se hacían las casas antes de la era del ladrillo y las piezas de hormigón preconstruido, con toda clase de materiales: piedras, cascotes, vigas, huesos, lodo, conchitas del mar.
Para nosotros, al otro lado del Atlántico, una noria es un mecanismo que gira, impulsado por una fuerza, generalmente animal, en torno a un eje vertical fijo en la tierra y cuya función es mantener en movimiento un sistema de engranes que sirve para sacar agua de un depósito subterráneo; acá una noria es un sistema de canastos que giran sobre un eje horizontal sostenido con caballetes al piso con objeto de llevar paseantes al punto más alto de su trayectoria y devolverlos a la dura realidad de la tierra; vaya, lo que nosotros llamamos una rueda de la fortuna. ¡Lo que va de una herramienta de supervivencia a un artilugio de feria!
Viene a cuento el tema de la noria por aquello de que como la mula de la noria uno vuelve una y otra vez sobre sus mismas pisadas con el único objeto de seguirle sacando agua a la tierra, aunque no siempre sepa para qué.
AMANECE NEVANDO
Agustín Lara, desvelado, metido en su ámbito de composición y sus manías, escribiendo canciones como “La clave azul”, “Noche de ronda”, “Última carcajada de La Cumbancha” o “Arráncame la vida”, puras obras en las que no es más que un testigo taimado de los ruidos externos, tímido, apocado, está en su habitación ansiando participar de la vida, que para él está afuera, en la noche de los demás. Aunque haya detractores ciegos que sostengan que todas sus obras son plagiadas.
Amanece nevando y no parece ser nada especial, nieva
y todos tan tranquilos porque adentro de las casas está seguro el calor;
si tienes que salir a la calle te pones abrigo, bufanda, gorro y guantes y todo queda bajo control,
aunque te escurra el moquillo en la nariz,
y en tal temperatura pasa el día sin que acontezca nada destacado.
Excepto lo que ya todos sabemos: que en Irak no hay modo de resolver la agresiva presencia de los ejércitos gringos,
que en Afganistán no se solventará en décadas la destrucción que hicieron esos sátrapas,
que los fundamentalistas del Islam siguen atizando el fuego que atizan los fundamentalistas cristianos, y algunos otros temas semejantes
que abonan la construcción de otro siglo conflictivo.
Que no será el primero ni ha de ser el último con abominables ejemplos de lo que somos capaces de hacer.
Sí, todo eso ya se sabe, pero por afuera de mi balcón
van allá abajo impermeables y paraguas que yo estoy viendo
y aunque sean las doce de la noche de este sábado en Madrid
están empezando capítulos impredecibles de sus historias personales,
en las que no me puedo inmiscuir por más que quiera,
no me queda más remedio que meterme con las cosas generales,
que me importan menos, mucho menos, que la intimidad.
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Trazos rápidos |
Casi siempre estas centellas surgen como revelación, acontecen de plano, se dibujan con todas sus letras en el lugar sin nombre en que aparece la creación. Ésta no, ésta tuvo trabajo laborioso de parto. Empezó como una euforia y anunciando que sería un punto de partida, un sólo verso largo hasta mujeres que en un primer borrador juntó más palabras y más versos largos y cortos, y perdió el aliento. Bla bla bla. Yo lo hubiera dejado allí olvidado si no hubiera vuelto por su propia voluntad una y otra vez a hacérseme presente. Otra vez feliz la calle... Lo volví a intentar y siguió pasándole lo mismo: después de algunas retóricas se desinflaba. Así es a veces esto de hacer poemas, como uno no sabe casi nada del poema que todavía no existe no se puede prever qué ocurrirá. Hasta que de pronto, tras varios intentos, cambió su presentación, se hizo versos cortitos y apareció, como una solución natural la pausa primero y el sujeto después, con su carita de ángel. Aunque en este caso el sujeto es el objeto del poema.
Y a propósito: ayer me pidió Milagros que me hiciera cargo de la comida de hoy porque ella tenía varias cosas que hacer por la mañana (Presente/Pasado: hoy es ayer). Teníamos unas codornices que puse en la sartén con sal y pimienta en un poquito de aceite, tapadas y a fuego bajo; le pedí a Mariola que picara dos dientes de ajo muy finitos y un buen ramo de perejil y las vigilara mientras yo baboseaba por ahí; cuando ya estuvieron cocidas las pobrecitas, las destapamos para que se doraran un poco y ya doradas, les puse el ajo y el perejil, les eché encima un chorrito de jerez y las volvimos a tapar unos minutos con el fuego un poco más fuerte; antes de que esta humedad se resecara pero cuando se habían evaporado los alcoholes del jerez y los picantes del ajo, las servimos. Y las acompañamos con unas hojas de endivia aderezadas con un queso crema fuerte sazonado con hierbas finas, aceite para hacerlo suave, unas gotas de vinagre de jerez, para que se sintiera a gusto, y una cucharada grande de caviar que se distribuyó como chía en agua de limón por toda la vinagreta; el amargo de las endivias se matizaba bien con el aderezo y la ensalada se entendía con las codornices. Confieso que fue comida rápida, pero quedó bien. Me gusta más decir endivia que endibia, aunque la última es más correcta, según la RAE, porque trae cola del latin: intûbus, aunque debo aclarar que el acento circunflejo de la u no es el que yo le puse, de casita, sino uno al revés, con las patitas para arriba, pero aunque nos destrozamos las carnes buscando en el código ascii, no lo encontramos, no existe; o sea que la RAE se los manda a hacer para su uso personal y para que no podamos copiarle. En fin: cocina.
FELIZ LA CALLE
Feliz la calle
que tiene en sí
tantas mujeres,
y a mí.
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Hacia dónde ver |
Hay veces que hay que tratar, aunque uno no quiera, con los talibanes de la memoria que a como dé lugar imponen su criterio; aunque te maten... Esto había yo anotado ayer en un borrador para comenzar mi página de hoy, pero confieso que no puedo continuarlo, no sé cuál era el desarrollo de tan terrible premisa. Tuve unos sueños que lo remojaron todo, unos sueños largos e historiados, de esos que no se pueden reducir a escritura y todo me amaneció deslavado; hoy no sé casi nada de mí. Me temo que tengo que comenzar de nuevo.
En esta "Denuncia pública", pues, me apego lo más posible a un lenguaje que ya se ha usado mucho y trato de utilizarlo con el mismo sentido con el que está ya cargado, sin intentar sorprender ni pasarme de listo. El uso de lenguajes determinados por materias les agrega sentidos y valoraciones con que van ya adornados y uno no tiene más que aprovecharse de ellos. Pretendo, eso sí, rasgar la tela de la simulación y la hipocresía con el filo que puede tener el cuchillo de la verdad: ya nadie mira al cielo y a los niños se les enseña nada más a ver de frente, hacia el televisor. Para que el discurso transcurra por los carriles de la poesía no necesita parecerse a los discursos de la poesía, se puede parecer a cualquier cosa siempre que tenga la intención de ser un poema. Éste en particular lleva escondida la ponzoña con que nos quiere envenenar: la mayor parte de los niños del mundo ven el cielo, ¿por qué los nuestros no?
Me hubiera gustado, ahora que lo pienso, tocar en el poema la otra dirección de la mirada, la mirada hacia abajo. A mí siempre me decían cuando era niño que no fuera mirando el piso, que mirara alto, pero había tantas cosas importantes en el suelo, tantas formas, tantos materiales, tantos colores y tantísimos mensajes, que no podía ni quería levantar los ojos; eso empecé a entenderlo cuando leí libros de aventuras y supe que sólo viendo lo que está escrito en el suelo se pueden seguir las pistas que dejan los demás. Los navegantes, en cambio, saben que sólo viendo a las estrellas se puede llegar a puerto.
DENUNCIA PÚBLICA
Comparezco en pleno uso de mis facultades,
por mi propia voluntad libre y sin coacción conocida
para denunciar el expolio que han sufrido las nuevas generaciones de personas
a quienes se les ha sustraído de manera alevosa el cielo,
representado por el manto de las estrellas que eran patrimonio universal
y que uno podía ver, valorar, poseer, medir, contar,
usar como quisiera cada noche,
incluida la rogativa mágica por nuestro amor particular,
los deseos, las inasibles sorpresas fugaces,
el cómputo de todas las imaginaciones posibles
y la percepción de la medida propia,
siempre y cuando no lo impidieran los nublados
y que hoy en día,
con excepción de los especialistas
en las capillas cerradas de los observatorios
y de los millones de pobres en estado de miseria
en los infinitos poblados que carecen de luz eléctrica
en la parte no considerada del mundo,
ya nadie puede ver,
además de la prevaricación que en la educación pública
constituye la omisión de enseñar a los niños
a mirar hacia arriba,
por lo que firmo con nombre verdadero,
sin alias ni encubrimientos con los que pueda decirse
que escamoteo responsabilidades de conducta
y exijo una reparación general, abundante, oportuna y suficiente,
encabezada por los organismos internacionales.
Escúchalo:
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La terraza |
Ni siquiera es que se trate de poner retos a la inteligencia, no se podría con algo tan sencillo. Cuando imaginé la adivinanza vi clarísimamente su respuesta; hasta un niño de pocos años debe saber luego luego de qué se trata. Primero le puse por título precisamente la respuesta pero me pareció demasiado obvio y se lo cambié por el género; creo que estuvo mejor, aunque debo confesar que luego se me olvidó cuál había sido el título y por lo tanto la solución. Qué más da. Aunque ahora sí lo sé porque recuperé el archivo con la primera versión. Claro está que no pretendo que tengan estos versillos ninguna importancia; no todos los trabajos que uno hace tienen que ser trascendentes; en este oficio también hay trabajos humildes, también hay barrer y trapear; alguien, por fuerza, tiene que hacer las adivinanzas. Y en algún lado tiene que ponerlas para que los niños las aprendan.
ADIVINANZA
Afuera todo
y adentro nada
y en cada mesa
una limonada.
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Volver a casa |
Ay, casa, le digo, qué bueno que sigues aquí, que has tenido piedad y no te has ido; aquí estás con tu calor que nos recibe, con tu olor natural a casa nuestra, con tus dimensiones intactas y tus cosas todas en su lugar. Qué alivio, casa. No es que tenga reproches de la salida; todo lo contrario: si ustedes supieran lo bien que se está en los bares de Sanlúcar y de Jerez, y del Puerto, las cosas tan ricas que se comen sin mayores pretensiones, como si uno fuera una persona nomás que quiere comer algo sabroso y entonces te dan esto y aquello que no quiero ni debo describir porque no sé cómo se hizo; lo cocido, lo frito, lo asado, todo tiene sus siglos de sabiduría y cómo un profano se va a meter a explicar a qué saben las cosas. Nada más les cuento que casi siempre comimos delicias. Y lo que vimos en cada lugar, los paisajes y las construcciones, y la gente con sus acentos peculiares y su manera de tratar a los hijos. Hubo uno, pobrecito, al que le dio un ataque de pánico adentro del elevador; sería un chiquito de tres años más o menos; el elevadorcito era para cuatro personas y nosotros dos ya estábamos dentro cuando él entró con su joven madre; se cerró la puerta, nos miró, yo a lo mejor dije algo por hacerme el gracioso, y el pobre niño se trató de fugar enroscándose en las piernas de la madre, aterrado, francamente aterrado. Pánico. Cómo hubiera querido poder hacer algo. Para él debió ser eterno el viaje hasta que se abrió la maldita puerta del infernal ascensor. Otros tratos con los hijos vimos que me disgustaron, qué difícil parece ser la relación de los adultos actuales con sus hijos, al menos en España; como que no supieran ser tiernos y cariñosos con ellos, como si les diera vergüenza hacerles caso delante de los demás. O en privado, porque la impresión que dan es de que los tratan con el mayor desapego posible, sin carne de por medio.
Y ahora que reviso lo que escribí los días anteriores, veo la cantidad de barrabasadas que puse antier, por ejemplo; yo que soy tan cuidadoso de la limpieza de lo escrito. Se ha de perdonar porque ya de sobra expuse las dificultades de enfrentarse al desconocimiento de un ciber-changarro. Antes digan que tuve la entereza para no dejar que pasara un día sin responder al reto de tener un diario al aire.
Mañana será otro día; me levantaré descansado y buscaré tranquilamente el poema que corresponda. Hoy, ya de noche, viajado, derrengado, agotado de esperar taxi en la estación de Atocha, en lugar de salir y tomar el metro para venir a casa, meto mano al archivo y les endilgo una reflexión que hice el otro día. Me encantaría que tuvieran una opinión al respecto y la comentaran. Pero no es requisito.
El otro día me dijo Arantza que son demasiado largas mis intervenciones en este espacio que está hecho para mensajes rápidos. Yo creo que tiene razón pero sé que yo no tengo remedio.
JARDINES COLGANTES
Hace tiempo que vengo buscando la manera de explicarlo sin que se preste a malas interpretaciones, sin que parezca que abomino de mi propia condición o que estoy en desacuerdo con el orden genético que determina cómo ha de ser uno en su particular morfología. Sé que tenemos por delante mucho enigma todavía; unos cuantos miles de años de reflexión no han sido suficientes para desentrañar esa madeja que nos tiene atónitos. Desconozco, como todos, el origen de la vida, misterio que nos estimula, y me atengo a las explicaciones parciales que nos da la ciencia evolutiva en cuanto se empeña en explicar que la función crea el órgano que la realiza. Y puedo decir que en términos generales me inclino mucho más a las explicaciones técnico científicas que se pueden extraer de la observación razonada de la naturaleza que a las respuestas múltiples que atribuyen la creación a alguna voluntad externa y juguetona que fabricara la vida para entretenerse, o con fines aún más inconfesables.
Quizás deba anteponer que tengo cuatro hijos; que, salvo algunos escarceos de curiosidad adolescente, he sido siempre proclive a emparejarme con mujeres, y he celebrado de mil maneras la diferencia anatómica y el lujo de complementarse tanto para la reproducción como para el placer y sus alegrías. Sin que intente acomodar en este alegato rasgos autobiográficos, ni mucho menos culpas o presunciones; aunque si se tratara de definir un perfil, más estaría del lado de la promiscuidad que del muy valorado por algunos de la castidad. Tampoco reconozco en mí traumas ni desavenencias afectivas u orgánicas que dieran lugar a que la maledicencia soltara el esperado ya salió el peine.
No sé en realidad si estas previas declaraciones sean necesarias ni si servirán para lo que aparentan en su primera intencionalidad o hagan más bien el papel de explicación no pedida… Tampoco me preocupa ya especialmente lo que pueda parecer, y ni siquiera lo que pueda ser. Simplemente quiero desde hace no sé cuánto tiempo decirlo porque opino que hay que decir lo que uno siente, hay que hacer caso del impulso de compartir el pan de la palabra y de la duda con los demás cuando uno cree que la observación sincera de los matices inagotables de la experiencia de la vida aporta una micra útil al tonelaje que hay que acabalar entre todos para algún día tener la respuesta que justifique el uso de lo que damos en llamar la inteligencia.
No me sabe bien el decirlo y noto que sólo la formulación de las palabras posibles de su enunciado me saca colores a la cara, pero creo que padecemos, como especie, un defecto notorio, o quizás pueda decir un defecto entre muchos otros, que habla por sí mismo de una etapa de transición, de un estadio evolutivo: tener los varones fuera del cuerpo los genitales me parece que revela una notoria imperfección.
¡Vaya!, me atreví a decirlo, ahora puedo transmitir los antecedentes y tratar de exponer lo que me ha llevado al incómodo descubrimiento, porque no se trata de una primera impresión sino de una salsa ya muy molida en el molcajete de mis meditaciones.
Primero que nada, está su fragilidad. Lo ojos no se salen del plano estructural óseo que los proteje a pesar de la aparente levedad del párpado; el martillo y el tímpano se cubren con el cartílago de su cueva de caracol; los dedos, que están expuestos absolutamente a todo, tienen los escudos córneos de las uñas que les hacen veinte guardianes dispuestos a lo que sea; hasta la lengua, cuya sumisión al interior del cuerpo es total aunque sus funciones sean tan orgánicas como mundanas, tiene el acorazado de las mandíbulas como resguardo y la engañosa debilidad de los labios como fortaleza. Los genitales, en cambio, como no sea la ropa, no tienen protección alguna.
Y con frecuencia la ropa no es más que otra enemistad con que contar porque aprieta, estruja, testerea, roza, magulla tan finas y delicadas extremidades y no pocas veces la obligada costura del pantalón que pasa precisamente por ese territorio para dividir ambas piernas, se entierra en medio de la bolsa que contiene los valores causando al cruzar distraídamente una pierna sobre otra unos dolores que pocas veces pueden manifestarse y se viven con heroico disimulo macho. O el riesgo, no por caricaturezco menos real, de un ziper distraído o de una psicológica cremallera vengativa, o el irritante roce del faldón de la camisa almidonada. Ya no digamos la tentación de aprovechar esa fragilidad en los casos contumaces de violencia de unos contra otros, que tal es sin paliativos la historia de la especie; allí cae el golpe o la patada con la certeza de su infalibilidad fatal.
Y luego está la indiscreta autonomía de reacciones ante estímulos externos que si bien es a veces gracia y galanteo, las más es ocasión de rubores y desfiguros, y eso que hay que reconocer que el diseño de prendas de ropa interior para caballero ha logrado verdaderos prodigios de más o menos cómoda contención de alardes, sin que deje de reconocer que vivimos en una época en la que ya están superadas las gazmoñerías que hicieron de lo genital territorio del diablo durante un montonal de siglos.
Y no me refiero al sitio en donde están puestos, que me parece el adecuado, tanto en lo práctico como en lo estético e incluso en lo mecánico -sin contar con que atreverse a modificar aunque sea con la imaginación la apariencia humana tan dependiente de su condición animal, sería una de dos: arrogancia enferma o locura artística-, sino a su disposición exterior colgante que, más allá de la armónica belleza que tan bien supieron exaltar los griegos y otras civilizaciones al ponderar el justo valor artístico de su representación plástica, como no sea en la intimidad pocas ocasiones tienen de justificar su existencia.
Sin querer ensañarme ni abusar del tema veo pocas ventajas en el modo de ser de partes tan importantes de nuestra anatomía. Y pienso que cuando uno reflexiona sobre algún defecto o carencia es bueno tratar de aportar si no las soluciones al menos alguna pista que oriente a otros que puedan compartir nuestras inquietudes.
Me abisma, por el atisbo de sus posibilidades, el conocimiento y la divulgación de datos que se ha hecho público en el mundo científico, sobre el mapa del genoma humano y su viable manipulación pero siento que allí tal vez se encuentre la clave para resolver el problema; el gen o los genes –perdón por mi ignorancia científica en cuanto al número apropiado- que tienen que ver con la apariencia de los –justamente- genitales, quizás podrían manejarse con cierta habilidad para que se creara, dentro del propio cuerpo masculino y por supuesto en el mismo sitio y con el mismo resguardo capilar, una cavidad suficientemente fuerte y a la vez flexible y dúctil que los contuviera y los dejara salir y explayarse cada vez que fuera necesario; algo así como la lengua adentro de la boca o el molusco adentro de la valva. Que se abriera un compartimiento ante determinados estímulos y aparecieran los órganos en toda su magnitud dispuestos a desarrollar sus funciones.
Ni se me ocurren las consecuencias anímicas o sociales que tal modificación pudiera causar; sé que hay muchos varones que viven sus riesgos con enorme orgullo y que la visión cultural que tenemos de nosotros mismos dificilmente se avendría a que fuera realidad una imagen como la que nos producen, por decir algo, los maniquíes desnudos o los santos de iglesia desvestidos; no obstante, me atrevo a especular con el tema y creo que no es del todo desafortunado dejarlo como pulga en la oreja de los que algo puedan hacer en los albores de la ordenación genética que ya se anuncia inminente, para mejorar imperfecciones de la especie.
| [+/-] |
Adios, Guadal |
Aquí en Andalucía dicen jugo y no zumo, de modo que me vi muy fuereño al pedir un zumo, ¡maldita sea! y tanto trabajo que me cuesta decir zumo. Pero la cosa es que ya se nos acabó la fiesta. Al ratito nos vamos a Jerez a tomar el tren de regreso a Madrid y ya podré, desde esta noche o desde mañana en la mañana, escribir con tranquilidad desde mi estudio lo que corresponda al día. Hoy por lo pronto, no va a haber poema, aunque estaba programado el siguiente del libro: "Un nopal en tierra extraña, o sorpresas en España", porque resulta que mi amiga Claudia Santa-Ana, la directora del Ciela Fraguas, de Aguascalientes, me pidió que no publicara ese ni otros dos que le di inéditos para la Memoria del Encuentro de Poetas del Mundo Latino, en su extensión a Aguascalientes el año pasado. Había pensado poner en su lugar un texto en prosa pero como no tengo las condiciones técnicas necesarias para sacarlo de mi computadora y pasarlo por ésta, me abstengo olímpicamente y vosotros os aguantáis hasta mañana.
Me despedí muy educado del Guadalquivir y le dije que estaré muy al pendiente de que no le falte agua ni nada, lo mismo que al Atlántico, que aquí son uña y carne y uno no es quién para intentar separarlos. Hasta mañana.
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Coto de Doñana |
Hoy es día de nuestro cumpleaños; cumplimos 106 entre los dos; saquen ustedes sus cuentas. Para celebrarlo nos vinimos a Sanlúcar de Barrameda, en la provincia de Cádiz, de donde salían los barcos para América. Y aquí andamos comiendo tortillitas de camarón y tapas de langostinos y pescaditos fritos y bebiendo manzanilla, ese vino blanco oloroso que se toma frío y que sólo aquí sabe como sabe aquí.
Fuimos en un barquito al Coto de Doñana, que es una reserva ecológica preciosa, llena de especies animales, algunas en extinción, como el lince y águila real, (de los cuales no vimos ninguno, ha de ser por lo poquitos que quedan). Todo nos explicaron, excepto por que se llama de Doñana. Ya lo averiguaré.
De modo que soy obligatoriamente breve, estoy en un ciber y todo conspira contra la inspiración (yo soy de los que creen en la inspiración, como los poetas de antes), de modo que pongo el poema que corresponde y todavía mañana trataré de salvar el tipo en estas duras condiciones. El domingo ya estaremos en el paraíso de casa.
La clasificación del género la inventó Alfonso Reyes, y tiene que ver con esos versos carentes de sentido pero cuya sonoridad busca hacerse un huequito en la memoria. Y que para eso son.
JITANJÁFORA
Entonces entonces,
con dieces y onces,
sonaron los bronces,
de los mastodonces,
dorón dondondón, don.
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Dependencia |
Estoy aterrado. Fuera de mi espacio en el que está resuelta la magia de internet todo me es adverso. En este hotel no hay wi-fi y la única alternativa es el cibercafé pero ahí no puedo sentarme tranquilamente a escribir; no me conocen las sillas ni las máquinas ni el aire, no me conoce la luz ni la gente alrededor, cómo me abstraigo, cómo pesco el hilo de mi monólogo interior. Y luego está la dificultad de que yo escribo en Mac y allí todos los sistemas son PC; claro que es una traducción elemental, pero es elemental para los chamacos, yo me abismo.
El Guadalquivir me mira muerto de la risa. Si supieras, me dice, en las que otros se han visto para salir de aquí, entrar a ese mar Atlántico que allí estás viendo, donde tantas barquitas se menean con las olas, y coger la ruta de las Indias Occidentales, o terminar la del Mediterráneo para fenicios, griegos y cartagineses; dar la vuelta al estrecho de Gibraltar y atreverse a llegar hasta esta arteria caliente que bien te llevaría a Sevilla en una barquita de plata si te embarcaras; y tú sufriendo por una conexión a internet.
Así que pongo el poema de hoy que es nada más un ejercicio de escorzo, una mirada oblicua, una aproximación tangencial al objeto, y me dispongo a emprender la procelosa aventura del café internet.
TOCO TU PIERNA
Me agacho sin pensar en devoción ni en nada,
con el impulso repentino de acariciar tu pierna.
Acaricio tu pierna
y el mundo cambia sus intereses y sus puntos de vista;
es decir, yo, que soy el mundo,
cambio lo que me imaginaba que iba a hacer
y comienzo una adoración que no tenía contemplada.
Yo sólo iba a acariciar tu pierna;
una pierna de muchacha que está aquí parada, junto a mí.
Una pierna que bien puede ser tocada,
y más emotivamente, acariciada por mí, me queda cerca,
aunque esté literalmente adentro de un pantalón de mezclilla,
gracias a que has aceptado ser por mí cortejada y propicias
la cercanía con ambas piernas que ahora, ya que estoy inclinado,
son imperativas y deseables tanto como el escorzo
que desde aquí te hace novedad en un golpe de deseo.
Ya que estoy recorriendo el contorno de tu pierna
que adentro del pantalón vibra como un baile en suspenso
me sorprendo alabando tus piernas que te marcan
como una persona con su propia estructura
sin que ni pensamiento ni deseo hayan intervenido todavía.
Tu pierna réplica de la otra debiera estar expuesta
y no sujeta al secreto de una ropa estrujante,
debiera de estar suelta para que todo el que como yo quiera acariciarla
pueda, en principio, disfrutar tamaña adoración
que de manera repentina surge
cuando alguien como yo se agacha
con el impulso repentino de acariciar tu bella, tu hermosa pierna.










