Cosas de palabras

Casi acabamos el libro. (Pero vamos a empezar otro, no os apuréis.) Yo creo que nunca tuve la suerte de tener el mismo día a tantas personas que leyeran mis poemas y dudo que muchos otros poetas la hayan tenido. (A lo largo del tiempo sí, claro que sí, o en una lectura pública, pero leyendo el mismo día... Bueno, sí, por supuesto: los suplementos literarios de los periódicos; pero ahí los lectores no van directo o en exclusiva al poema; no van y buscan sino que el suplemento viene con lo demás del diario.) Claro que no es mérito mío sino del medio; pero qué medio sorprendente es éste que puede convocar a tanta gente al mismo tiempo y no es que diga que este blog en particular tiene muchos lectores sino que los blogs en general pueden lograr este prodigio.

En el caso del poema de hoy, me encanta que empieza como un bolero, sin que evoque a ninguno en particular -desde mi pobre conocimiento del género-, para salir inmediatamente después con el golpe en la nuca de un conejo. Otra cosa que me entusiasma es que pude usar con naturalidad una palabra que jamás había escuchado en la boca de nadie y la oí en el conductor de programas Iñaki Gabilondo en un noticiario de tv.:

lábil.

(Del lat. labĭlis).

1. adj. Que resbala o se desliza fácilmente.

2. adj. Frágil, caduco, débil.

3. adj. Poco estable, poco firme en sus resoluciones.

4. adj. Quím. Dicho de un compuesto: Inestable, que se transforma fácilmente en otro.



y enseguida me voy a lo que era propiamente la experiencia construida como un cuerpo en el poema: el dolor por la temporalidad limitada de la vida y la aceptación resignada de que no hay remedio, no para esta vida, sino para la otra.

Uno aprende palabras durante toda su vida porque con las palabras está hecha la materialización de todas las cosas, o por decirlo de otro modo, nuestra apropiación de la naturaleza y de todas las demás cosas, las que no son de la naturaleza sino nuestras, de los humanos. Cuando no tenemos la palabra para decir algo usamos un comodín: la cosa, el chunche, la chafaldrana, la onda, el dese de la desa, o lo que sea, conscientes de que dejamos pendiente la búsqueda o la invención del término que defina para nosotros y para los demás la cosa o la experiencia. Por eso me dio tanto gusto oír a Gabilondo usar para la explicación de una cosa de la vida real esa palabra que jamás había escuchado en labios de nadie y que sólo tenía para mí una presencia literaria de cartón y oírla, precisamente, en donde tantas quejas se han puesto por empobrecimiento del lenguaje. Fue entonces que la palabra me dijo, ándale, úsame, no me tengas miedo y me dio un beso cálido atrás de la oreja.


SOLO Y MI ALMA

Es tan grato el silencio de la noche, alma mía,
a solas tú y yo sin que interrumpa nadie,
en íntimo coloquio de cómplices armados,
tú tan inexistente como mi pobre cuerpo
del que nada de nada quedará ya en breve,
alma mía tan lábil, sutil, resbaladiza
que me haces renegar de ti a todas horas
y que junto conmigo te habrás de evanescer
en tan pequeña proporción del tiempo.
¿Te imaginas que fueras inmortal,
que tuvieras la facultad de prevalecer sin mí
en una dimensión distinta, sin arraigo?
¡Qué honor! ¡Qué privilegio para nosotros dos!
Y quién no se ha de imaginar tan alta gloria
y pensar que es la primera, la inaugural, la uno,
cuando ve que su vida es peculiar y ha dado
tales productos que no son banales o comunes:
un poema, un gol, una estrategia, una severa ley.
Pero alma mía, tú y yo sabemos, no sé por qué,
que ni tú ni yo tenemos prevalencia en el espacio
y que el tiempo nos guardará como comprobación
de que no hay nada que pueda perdurar
sobre la muerte.

3 comentarios:

Rafael dijo...

Querido maestro: Si después de este gran, espléndido poema, usted y su amada no perduran, no necesitaremos más prueba de que la muerte es una pésima antologadora. Felicidades porque, en serio, es hondo, hermoso y perduabilísimo. Rafael

Emiliano Crespo dijo...

Grandioso poema. De esos que siempre se recuerdan y a los que hay que volver una y otra vez a lo largo de la vida.

alejandro aura dijo...

A Rafael y a Emiliano,

mil gracias. Ya ven qué bonito se siente que lo que uno hace les guste a los demás. Me alegra mucho que así sea.