Mangos y refranes

Me mandó María Aura unos mangos de manila que están esperando el momento preciso para nuestro encuentro, ese momento mágico en que el mango está en su esplendor máximo, cuando la piel se arranca sin que queden trozos adheridos a la carne ni la pulpa se venga, fofa y desfibrada, pegada a la cáscara; ese momento de su clasicismo en que lo ácido está plenamente identificado con lo dulce, en que el olor a fruta se corresponde de tal modo con el perfume poco a poco emanado que uno puede imaginar la sacralización de la naturaleza como algo completamente natural, y si cierra uno un poco la boca al morder, como si sonriera, no puede evitar que el jugo escurra rebasando el contenedor de los labios y chorrée por la barbilla rumbo a la camisa limpia y recién planchada. Están esperando, digo, porque María los compró un poco verdes para que resistieran el viaje transoceánico.

Sonó el timbre, acudí al telefonillo, pregunté quién era: Servicio de Transportación Frutícola Transmarítima a Domicilio, me contestó José Sanchis, que fue el Mercurio encargado del mensaje porque venía de México; y me los entregó con lealtad plena de amigo, sin haberles dado ni una mordida, sin sisar la mercancía, sin quedarse con un diezmo. Toma, esto te manda María. Y aquí estoy, esperando ese momento prometido de meterles el diente. Justo en el día en que comienza la Primavera, aunque acá haya decidido el Invierno jalonear la cobija, incordiar a los demás, irse por la mala.

El año pasado cuando fuimos a México ya había terminado la temporada y acá no se consiguen; esos, los de manila (aquí manila lo uso con minúsculas porque aun siendo el nombre de un país se refiere a un gentilicio frutícola tan conocido y usado en mi tierra que es adjetivo común, aunque sea divino); porque sí se venden los que nosotros llamamos mangos petacones, que se importan de Ecuador, de Colombia y de otros países de América y creo que de África, pero no tienen comparación, aunque sean de la misma especie; son como una iglesita de rancho frente a una catedral, les falta un punto de armonía entre el perfume y el gusto; maduran mal porque la ingeniería genética que los prepara para viajar y esperar su turno mercantil no ha llegado al punto de perfección. Otra cosa se puede decir de las papayas, que sí tienen ya la estatura que se les puede pedir a las frutas importadas. Ah, si algún comerciante decidiera importar jícamas e imponerlas en el verano inclemente con limón y sal y su chilito piquín... Pero me estoy distrayendo, estoy perdiendo concentración y yéndome por peteneras. ¡Al mango, señores! ¡Al mango de manila! A ese milagro de la perfección frutícola.

Y a propósito de milagros: teníamos María Cortina, Kiko Helguera, Eduardo Vázquez y yo un programa de radio todos los lunes por la noche en la estación de un centro cultural importante en Madrid y durante todas las primeras emisiones se me ocurrió echar al aire, tras el silencio de la rúbrica, un refrán, siempre un refrán que tuviera que ver con los milagros. Porque, claro, la radio siempre me ha parecido un milagro, ya no digamos la tele y ahora el teléfono portátil con el que se puede uno conectar a internet, milagro de milagros. Si la primera palabra que sonaba era esa, los radioescuchas acabarían comprendiendo que había un culto a lo imponderable, a lo fortuito, a lo completamente sorpresivo en el programa. Cada uno de los refranes, aquí incompletos, merecía una explicación, su traducción, digamos, a lo que podría ser el uso actual y con eso arrancaba el programa. Como no tengo refranero en casa ni me anduve por esas maravillosas librerías de viejo que abundan en Madrid buscando las añejas ediciones, resolví mi necesidad, como los pobres, inventando. Aunque ahora que lo digo, a lo mejor tenía también otras segundas intenciones...


REFRANES DE MILAGROS

Milagros de sacristán
pellizcos de capellán

Milagros hace la rueca
que el hilo en bayeta trueca

Milagros son los aromas
de los caminos a Roma

Milagros de aldea sencilla
trampantojos en la villa

¿Milagros, milagros dices?
sólo Dios y las perdices

Milagros hace la vieja
con la aguja y con la rueca

Milagros son en la tierra
como paños en la guerra

Milagros hacen los santos
y los lirios otros tantos

Milagros hacía la tía
los hacía y los hacía…

3 comentarios:

elvira dijo...

Ale.
Así como los Artistas como los poetas, pintores teatreros gentes, siempre aparece un Milagro.
Felicidades por tu Milagros, saludos.
Elvira Trujillo

Javier dijo...

Milagros piensan los ingenuos
cuando no son sino trajines
aunque pienso que agradables
andar publicando argumentos
sin necesidad de usar papeles
-cosa de misterios modernos-
para regalarnos tus voces
y dejarnos más gozosos.

Gracias Alejandro y perdón por los ripios, cosas del cierzo...

alejandro aura dijo...

Pos justamente, Javier, de eso trata mi página de hoy jueves 22; mira qué coincidencia.