El amor

Estoy desconcertado: resulta que yo, como muchos otros que lo confiesan, escribo para que me lean, y tengo siempre la secreta esperanza de que aquellos que me lean disfruten, se diviertan, crean, vean algo nuevo, se reconozcan. Y claro, me entran ansias de saber quién me lee y me gusta ponerme en sus zapatos y volverme a leer yo mismo como si fuera ese lector. Supongo que eso nos pasa a todos, pero no todos tenemos chance de acercarnos tan rápido a tal enigma, como los que tenemos blog: hay un servicio de cuenta-visitas que se baja también de internet y se instala en la propia página; sirve, además de la cuenta que va haciendo, para ver gráficos por hora, por día, por semana, por mes; para ver cuánto tiempo se queda cada lector con uno; para ver cuántas páginas lee quien se nos acerca, y un montón de cosas más. Pero la que me parece estelar es la distribución de lectores por ubicación geográfica. Resulta que puedo saber al momento en qué ciudades del mundo están leyendo mi página; figúrense; pienso: me está leyendo José Ramón en Mérida; en Berlín ya se conectó Edmundo; en San Diego, los Singer; Oscar en Bolivia; ya se encendió el puntito de Málaga, es Alfredo; el de Zaragoza, ha de ser Javier; y así. Claro que hay un montón en España y en México que no intento saber quiénes son. Pero lo que decía que me tiene desconcertado son tres lectores constantes en ciudades donde no conozco a nadie y que están lejísimos del punto desde el que emito mis botellas al mar: Punta Arenas, Beijing y Australia (no especifica ciudad). Aparecen siempre, como si fueran unos adeptos irredentos, unos fans perdidos que nomás están esperando a que yo escriba una coma para bebérsela con ansia. Ah, qué delicia. Pero entonces aparece el diablillo consejero tras la oreja, que me dice: "¿y no has pensado que a lo mejor son puntos de monitoreo del sistema? ¿No se te ha ocurrido que en esos parajes tan distantes entre sí hay grandes computadoras que registran lo que aparece en todos los blogs del mundo con fines de lo más variopintos, desde los más honestos hasta los más inconfesables? Ah, pues qué chistoso; no, le contesto, no se me había ocurrido, pero puede que tengas razón y mira lo que voy a hacer: Oh remotos y constantes lectores, yo os conjuro a que os manifestéis, así tengáis la pata peluda o criéis antenas tras las orejas, haceos presentes en forma de mensaje y os juro que no volveré a dudar de vosotros.

Pero no nos distraigamos, continuemos con la lectura del libro; éste que sigue es, como su nombre indica, una nueva visita al tópico más socorrido por la poesía lírica, el amor. Como todas las historias de amor tiene sus momentos felices y los que les tocan de dolor; roguemos porque estos amantes puedan al fin romper la fatalidad y venciendo al destino se unan cumpliendo el anhelo del filósofo que quería que ese sentimiento fuera el acto de encontrarse de dos mitades de una misma naranja hasta volver a quedar redonda y madura como en el poema de Gorostiza. Y conjuremos el escepticismo del autor que los lleva a tan cruel destino. ¿Por qué los amores literarios son siempre infelices? Son los poetas los que han hecho desgraciado al amor porque ¿quién, si no, ha tenido en sus manos la solución de todos los amores?


UNA HISTORIA DE AMOR, COMO HAY TANTAS

Hay en un lado del globo un señor que se llama Bush
y del otro lado del mismo globo, o por ahí, hay un señor que se llama Osama;
cada uno tiene guardado un tesorito de amor por el otro
debido sobre todo a que el otro le ha sido siempre fiel;
tienen sus desavenencias, sí, como las tenemos todos pero
no habrá nada que los separe nunca jamás, nunca jamás, ¿me oíste?
como nada separa a la mezcla de cosas nobles de la mugre,
como nada separa a Dios de las tempestades, los terremotos, la peste,
y ellos, que lo saben, ponen los ojos en blanco cuando hablan uno del otro,
porque quieren, tratando de escapar de la maldita fatalidad,
que su tesorito no se vaya a doler de lo que están diciendo,
porque quieren esa experiencia mística de estar a solas con Él.
Cuando uno está a punto de ser destruido el otro lo protege,
lo cubre con el manto mediático de su infinito poder;
y así pasan los siglos de los siglos y los siglos de los segundos
y nadie, nada -ellos que no lo saben creen que algún día serán felices-
puede evitar que la almendrita de su amor se amargue
como se acaban por amargar todos, todos, todos los amores.

4 comentarios:

Elena dijo...

Hola don alejandro aura: soy amiga de Ceci y me paso su blog, es muy interesante y divertido, ahora me encuentro en seattle por unas semanas, y despues estare en florida por otro tanto de semanas, pero me parece muy interesante su forma de escribir asi que seguire leyendole. gracias por su paciencia y su talento.

elena

alejandro aura dijo...

Gracias, Elena, aquí nos seguiremos leyendo.
Un beso,
Alejandro

Angelica dijo...

Hola Milagros,
Soy Angie, la profesora de páginas Web en la casa encendida.

El blog esta fantástico, y la lectura muy amena, te felicito, a tí y a tu esposo. Besos

Angie

Anónimo dijo...

Mira, Alejandro. Hay otra posibilidad: como te leen desde ciudades que no conoces, ¿no te has preguntado si eres tú mismo, como sonámbulo, leyéndote en los pies de otros lectores, desde Australia, Punta Arenas y Beijing? Hay que ver que puedes amanecer con los pies llenos de arena de otras tierras, o los zapatos enlodados que no es precisamente de tierras españolas... Salud. Daniel Murillo