Hoy me toca el ritual de la sangre. A las ocho de la mañana -por lo que no hay riesgo de que sea un acto vampírico: el taxi en Alcalá va contra un sol que deslumbra- tengo que estar en el hospital. Ellos no lo piden pero yo voy bañado, rasurado y perfumado, porque de esa manera siento que me saldrá la sangre, si no más vigorosa, sí más despierta y contenta. Y esas sangres son las buenas, las que hacen cosas, las que dan sorpresas, las que mueven el mundo. Después de casi dos años ya las agujas me resultan casi tan familiares como las tijeras del peluquero, que, por cierto, me aterran. O no; fui algo exagerado: me disgustan nomás. Como es un trámite muy sencillo al rato estaré de regreso para desayunar y terminar esta crónica, antes de volver a la consulta...
En efecto: mucho más molesto es quitarse el esparadrapo, que se va con todo y vello y deja un territorio ardido y desolado, que el pinchazo ínfimo de la delgada aguja comisionada para entrar a preguntar por la sangre y traérsela consigo. Chupa como si fuera un animalito sediento y llena dos o tres mínimos tubos de vidrio (supongo porque prefiero no ver, con todo y todo. Claro: si no es la cosa en sí sino la idea de la cosa -como diría el filósofo- lo que causa los sacudimientos). Y listo, a desayunar, ¡a los placeres!, completamente libre hasta las once cuarenta y cinco, hora de regresar a la antesala a esperar el turno con el oncólogo que ya para esa hora sabe todos los secretos que se encierran en mi sangre. Supongo que en el reporte del laboratorio le dirán que estuve tomando stannum metallicum toda la semana y que antier me sacaron un buchezote de sangre por la vena del dorso de una mano, la pasaron por una máquina que la ozonizó u ozonificó, o como se diga, y me la devolvieron al interior por el mismo conducto con la intención de que me vaya bonito.
Tal vez también el chisme del laboratorio incluya los mezcales, tequilas, rones y vinos tintos que me he tomado últimamente, y de allí provenga esa miradita cómplice con que el médico me sonríe luego de ver los resultados. Antes de ayer tomé champaña también, por si no sale en el reporte. Y allí ha de venir lo bien portado que soy: que todos los días me tomo mi jugo de carne y mi licuado verde con berros, perejil, espinacas, piña y jugo de naranja. Y espero que también se chiven de que cumplo formalmente con hacer aparecer esta página en el espacio virtual de lo que no existe pero bien que se ve en cuanto la voluntad lo conjura: ven, blog, ven, aparécete ante mí, enciéndete y materialízate, sal de las profundidades ignotas en donde te encuentras y revélame los enigmas de la vida y milagros de este cuate. Y ya que toma cuerpo, me aplico y pongo aquí lo que corresponde, más o menos a la hora prevista, antes de irme a tomar mi tazón de frutas con cereales y frutos secos, que tanto bien ha de hacer y tanto me gusta.
AMBULANCIA
Nadie respeta ya a las ambulancias,
ni en París ni en nada,
su elocuencia desgarrada de sirenas que sienten que Ulises se les va
sólo mueve a sordera;
pues cómo es eso: frente al monstruo ululante
los peatones se siguen
obligándola casi a detenerse.
Sí, es eso:
su condición homérica es ya un poco irritante para todos.
¡Que se muera el que sea!
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Reporte minucioso |
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Sueños con perros |
Creo que ha habido muchos perros en mis sueños. Ahora había uno chiquillo y repugnante que me seguía en una callejuela horrenda por la que iba con mi hijo Pablo, que era el director de la película, hasta donde había dejado el coche: una esquina nada segura pero donde al menos había algo de luz. Pasaron otros perros, algunos grandes y amenazantes, pero los prefería grandes siempre y cuando al acercarse para olerme no me mojaran el dorso de las manos con sus narices húmedas, pero este pequeñajo que me seguía no llegaba tan arriba así que yo me agaché para acariciarlo justo en el momento en que estaba vomitando; guácala, creo que vomitaba un feto humano que se había comido. Luego me dejaron solo en la esquina y pasó un tipo que intentó lazarme como a una res pero me le escurrí del lazo y fui yo quien lo atrapé y aun estando débil pude reducirlo y obligarlo a decirme quién era y qué quería. Había otros perros, mucha penumbra, todo era lúgubre y sórdido; el coche ya no estaba allí y yo estaba solo, pero alguien había abierto la portezuela -supongo que antes- pensando que estaba vacío y se había encontrado conmigo dentro, yo era policía y él, un raterillo.
Antier soñé este otro: Hay un perro grande color miel en mi casa, un perro tranquilo y amistoso; ha estado echado bajo mis piernas mientras estoy sentado y ahora que me he puesto de pie queda detrás de mí unido aún al chándal de que estoy vestido (chándal es lo que en México llamamos pants, ni allá ni acá hay palabra castiza para esta vestimenta metefácil de inspiración deportiva); me doy cuenta de que estamos embarrados de algo que se pega a su piel y a mi ropa; me separo de él con trabajos y me dice que está todo pegosteoso, que de qué lo ensucié. Yo estoy seguro de mi inocencia en el caso. Cálmate, le digo, no vayas por ahí manchando todo, espérate a que te bañe, mientras le despego capas como de una película transparente muy delgada llena de un líquido denso como un gel, también por completo transparente. En algún lado se echó y se llenó de esta porquería, pienso; se resolverá con un baño. Lo bueno es que habla, me entiende y parece que acepta el baño que le ofrezco.
Por fortuna existe vida más allá de los sueños, que salvo raras ocasiones en que son lúdicos y armoniosos, suelen ser parte tan enredada, lenguajes tan retorcidos y duros de desentrañar. Claro que un domingo, como hoy, uno podría dedicar un rato al menos a tratar de descifrar algunos mensajes que le llegan con insistencia desde el lado oscuro. Pero soy reacio a los asuntos esotéricos, me dan desconfianza cuando no me dan flojera. No sé por qué dije con tanta convicción al principio del párrafo "por fortuna". Ah, ya: que por fortuna hay vida más allá, es decir, acá, en la vigilia, en donde uno cree tener las claves para interpretar y manejar los datos de la realidad que lo rodea. A Milagros, en cambio, sí se le da esto de interpretar los sueños; le preguntaré al rato por mis perros.
Cuando mi amiga Silvia Molina era agregada cultural en Bruselas me invitó a participar en un congreso en la Universidad de Lieja, pretexto por el que fui a Bélgica en esa ocasión y, claro, como hacemos todos, me fui al museo. Aquí cuento esa inmersión, porque ese es el oficio de la poesía, hacer la crónica de nuestras inmersiones en el agua de la vida.
UNA VENUS DE CRANACH
Me estaba yo beneficiando a una Venus con sombrero, de Lucas Cranach
y el amorcito que la acompaña ni se inmutaba,
nomás miraba y sus abejitas se alborotaban,
cuando vino la celadora del Museo Real de Bellas Artes, de Bruselas
y anunció en cinco o seis idiomas, menos el mío, que a las doce del día
se cerraba la sala, y nos apagó la luz.
Me tuve que salir con todo a medias.
¡Qué horas de cerrar la sala de un museo!
Por fortuna en la casa tenía otra Venus, la de la Galería Borghese, de Roma, con lo que se ve que Cranach y yo tenemos tendencias semejantes
en materia de vénuses y amores.
Y aunque la romana no está nada mal, la belga es mucho más pícara y contundente y su cupido más tolerante. Y además la tenía en persona.
Siempre entre hermanas hay diferencias.
Aunque ambas tienen las uñas sucias.
Definitivamente, volveré cualquier día de estos a terminar el portento.
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¡Que no me hablen así! |
Ya una vez me quejé en la compañía de teléfonos de que dieran mi número personal para promociones de cualquier tipo: ya me llamaban para venderme una nueva tarjeta de crédito con más cobertura de la que pudiera pagar en todos los días de mi vida, ya me ofrecían cambiarme el sistema de conexión con internet acabado de adquirir, ya me daban no sé cuántas ventajas si me cambiaba de compañía telefónica, ya se ponían a mis más extremadas y exorbitantes órdenes si aceptaba yo cambiar mi cuenta de un banco a otro. Y cosas peores. Yo fui adquiriendo un tonito primero irónico y luego francamente agrio para rechazar ofertas y servicios hasta que llegué un día a decirle a la pobre promotora telefónica que me diera ella su nombre y su número de documento de identidad porque la iba a demandar ante la justicia por invasión de la privacidad; me contestó, muy incómoda, que no me lo daría, que era su trabajo y que… colgó. Cuando repetí la fórmula me encontré con un empleado más placeado que me contestó tranquilo que no hacía falta llegar a tales extremos, que llamara yo a la compañía telefónica y pidiera que no dieran mi número para listas de promociones y con eso me libraría del problema. Lo hice. Dio resultado. Hasta cierto punto.
De vez en cuando alguien llama preguntando por el titular del teléfono y Milagros les contesta que no me puedo poner pero que ella se hace cargo de todos mis asuntos, que qué onda, y ella tiene más paciencia y más modo para mandarlos a la porra. Lo malo es que a veces contesto yo mismo y ya no hay cómo escabullirse por lo que tengo que sacar lo canalla y ejercitar la mayor concreción posible de expresiones y el tono más adecuado para lograr el efecto deseado: que se desconcierten y cuelguen. Reconozco que me han salido algunos interlocutores más cabrones que bonitos; unos, o unas, que no se arredran y con la mejor esgrima contestan impidiendo que me tire a fondo.
Y qué me pasa, me pregunto, por qué me pongo tan pantera cuando del otro lado del aparato oigo preguntar por mí con mis dos apellidos –en cuanto sale a relucir el apellido materno sé que no me llaman a mí sino a alguien de una lista de posibles compradores de los bienes o servicios que están mercadeando-, pues me pasa que me siento invadido, que me doy cuenta de que ya han establecido el primer contacto necesario sin mi consentimiento previo, que ya me tienen con un pie en el cuello y con el oído en el auricular y no me queda más remedio que reconocer que ese al que le hablan, con ese nombre que nunca he usado, soy yo, y aunque sea para decirles que no me interesa su oferta ya han entrado en mi casa aunque esté yo leyendo, durmiendo, comiendo, acariciando a mi mujer, reflexionando sobre los graves problemas del mundo, cocinando, aliviando el vientre (como dicen los clásicos), escribiendo el mejor poema de mi vida o esperando a que pasen los malos momentos y vuelva el esplendor de la juventud. Y allí: riiiing (onomatopeya, claro, que sólo es evocación literaria porque ahora los teléfonos suenan como les da la gana) y alguien pregunta por el señor de mis dos apellidos. Y como ya pasó la antigüedad en la que se usaban los aparatos conectados a la pared por un cable y ahora los llevas contigo por toda la casa, la posibilidad de escapatoria es mínima. Más coraje me da cuando no aparece en la pantalla número de procedencia de la llamada porque ese hecho coincide con las llamadas de larga distancia y contesto ilusionado pensando que pueden ser mis hijos o mis amigos. Puaj.
Y a pesar de lo viejo cascarrabias, a veces me salen poemas como este. Para que se vea que las personalidades son inabarcables.
NIDO Y CAVERNA
Tan suave y elegante es mecerse en tu barca,
aunque, claro, una barca para agua, sea del tamaño que sea,
no tiene ni de broma la concavidad en que me acoges,
la profundidad de sentinas cálidas a las que puedo descender perdiéndome
sin más miedo que el que se tiene ordinariamente a la oscuridad,
no porque seas sombría sino porque adentro hay enigmas que
ojalá que el amor, que es tan curioso, no develara nunca,
por lo que estoy a punto de cambiar el símil y volverte nido,
con que al solo rumor de mi deseo se entibia, se calienta, se arrebata
y en llamarada acaba con mis pobres edades de pajillas, estructuras vanas,
sarmientillos secos que alguna vez fueron promesa y dádiva
y grandeza y admiración propia y ajena
y hoy arden ya sin defensa ni remedio,
historias de amor, pues, que se consumen en tu elegante suavidad de horno
que queriendo yo entender comienza a incinerarme.
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La foto de la chica |
Hay muchas cosas que me gustaría contar acerca de mi casa, no porque sea ejemplar ni notable, ni mucho menos lujosa, sino porque sus minucias suelen ser reveladoras, cuentan de por sí muchas intimidades y abren innumerables puertecillas a estancias en las que mi alma, o lo que se entienda por eso, sale a relucir con más claridad y más matices que lo que pueda decir de mí mismo. Buena parte del salón principal se ve, gracias al diseño de esta página que hizo Milagros. Y cada objeto, cada cuadro en las paredes, las alfombras en el piso o las lámparas con que nos iluminamos de noche, tiene una pequeña historia que enlaza curiosamente con mi ubicación como habitante de Madrid. Parte de esta crónica está en el libro que ahora estoy glosando página a página.
En este caso el poema es una constancia sencilla de la posesión de una fotografía y de su descripción, lo más apegada posible a la experiencia ordinaria. Mi amigo Manuel García, valenciano historiador de arte, me regaló el cartel que anunciaba la exposición que él, como conocedor profesional del arte mexicano, se encargó de presentar en su momento y yo lo mandé enmarcar. No pudo ser más oportuno Manuel con su regalo: estaba en el proceso de amueblar y decorar la casa. La fotografía se adueñó enseguida de una ventana y de la luz abundante que entra por ella y ocupó con absoluta naturalidad un espacio que es suyo desde entonces. Está acompañada de una báscula Toledo que recogí con asombro de un contenedor de basura antes de que tuviera casa siquiera, cuando no tenía lugar ni para ponerme a mí mismo, y de un espejo redondo con un gordo marco dorado comprado en mis paseos dominicales por el Rastro y que después de varias ubicaciones tentativas escogió ese lugar, quizás para devolverle al hogar que lo acoge una poca de la luz vespertina que descompone en tenues rayos de colores tímidos.
Pero volvamos a la chica de la foto, que me distraigo con facilidad contando pormenores y rinconcitos. La vuelta de tuerca está en la relación que he establecido con el objeto, y más que eso, con la vida que el arte de la fotografía le otorga como un don a la modelo, lo que la saca del tiempo y la hace susceptible de participar de una relación directa conmigo. Una relación como la que puede establecerse con un cuadro abstracto, con un poema, con una música que nos modifica y nos redime. Importa, además, la acción física que la realidad externa puede aportar a los objetos; en este caso, el sol, o una sombra, o una mancha cualquiera proyectada de manera persistente sobre la foto. Me gusta tanto que es parte de la decoración permanente del salón. Desde el año pasado puse frente a ella una jarra azul de vidrio soplado de la malograda fábrica de Carretones, en la Merced, que alberga unos bambús torcidos que han echado con el tiempo unas altas ramas de hojas lánguidas que no ocultan sino selvatizan un poco la desolación con que la autora de la foto quiso preservar su intimidad, la de ambas.
En ese mismo extremo del salón está ubicado un futón cuya historia particular conté hace tiempo y está publicada en la revista Letras libres, en octubre del 2004. Lo que entonces no conté fue que Octavio Vázquez estaba conmigo de visita y me ayudó con la historia del futón, y no por eso sino porque allí quedaba bien, puse un grabado suyo que me es muy entrañable en el que unos brazos estrechan con calor al mundo que los rodea.
LA CHICA DE LA FOTO
La chica de la fotografía ha comenzado su vida independiente,
quiero decir que la que yo veo, la de la fotografía,
no la chica humana que haya servido de modelo
sino la chica aparentemente inanimada, impresa, ha comenzado
el generoso proceso que anima a las obras de arte, ha comenzado a vivir.
Se trata de una fotografía de Ivonne Deschamps,
y una modelo india, probablemente totonaca, joven y deslumbrante,
retratada de frente, desnuda,
estira hacia arriba el largo cabello lacio y oscuro
y con ambas manos, como si se estuviera llevando a sí misma de castigo, jalada de las greñas, entrega una juventud vibrante y natural, sin artificio,
o como si se llevara de regalo, cargando su prodigioso peso de mujer,
su cuerpo compacto, pequeño, poco acinturado y de caderas y muslos
como piedra y barro;
o como si hubiera descubierto dentro de sí la mecánica del vuelo
y estuviera a punto de extenderse;
decía; ha comenzado a vivir. Será tal vez que en estas magníficas tardes madrileñas
el sol oblicuo entra de lleno por la ventana y ella, acalorada, empieza a reaccionar:
no sólo he notado que mueve delicadamente el cuello alargado por el gesto,
sino que parpadea cuando no estoy mirando su carita perfecta de máscara oriental
y afloja la rodilla derecha cargando su peso sobre la pierna izquierda,
tan bella como la otra;
por fortuna sus pies son anchos para no tener que dar pasos correctivos
por lo que parece que permanece fija siempre y en el mismo sitio,
pero lo que yo quería señalar como prodigio no es eso,
sino que, por lo inusual de la postura y el sol y lo demás, de su axila derecha,
el nido que abrió,
ha comenzado a escurrir visiblemente una gota de sudor
que en el momento en que termine de crearla acercaré mi lengua golosa
y entraré en persona en el reino del arte.
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Pollito con arroz |
Anoche nos fuimos de picos pardos y hoy, claro, me quedé dormido hasta casi las diez, como si no tuviera una responsabilidad que cumplir. No es estación de radio, así que no hay que entrar al aire a una hora determinada, tampoco es un periódico al que esperen los voceadores en la puerta para correr a repartirlo gritando sus novedades (cosa que ya no existe, por lo demás, ni siquiera en las ediciones vespertinas; sólo quedó como prototipo el vendedor de periódicos en la memoria de quienes lo vivimos), no es un programa de tele que esté metido con calzador de segundos entre una avalancha de comerciales. Nada de eso; este blog tiene toda la libertad de moverse en el horario que quiera y con la periodicidad que quiera; éste y todos, faltaba más; pero entonces ¿por qué me siento incómodo de haberme quedado dormido y estar tecleando demasiado tarde? De picos pardos, sí, pero a una casa decente y con amigos adecuados; no nos revolcamos en ningún fango moral ni nada que se le parezca. Unos tequilitas, sí, pero con comedimiento, y un Ribera del Duero con la cena, y luego otros comedidos tequilas bajativos. Así que ¿por qué tanta inquietud por una hora más o menos?
Porque si se piensa bien, el tema del horario en este medio es altamente relativo; en España es una hora equis pero en México son siete horas más temprano, en Estados Unidos hay tres horarios diferentes, otra hora o dos horas está recorrida América del Sur, y en Europa lo mismo, sin contar con el horario en Asia en donde los que leen estas palabras están ya en la hora de la comida o en la de la siesta. Así que relájate, me digo; calma, amigo; no pasa nada; escribe lo que tengas que escribir, y olvídate del horario. Y con estas sabias palabras me tranquilizo. Y ya con la respiración normalizada recuerdo que ayer pensé en compartir un pollito con arroz que no me quedó nada feo; veréis:
Puse en una cazuela de barro unas piezas de pollo, piernas y muslos (muslos y contramuslos, les llaman acá) con un poco de aceite de oliva de Calanda, que es el que consumimos en casa gracias a los papás de Javier Espada, y le agregué un chorrito de vinagre de vino, un poco de sake (le iba a poner vino de bandeira pero lo olí y me dijo que no, que lo dulzón no iba a ayudar en este caso), una hoja de laurel, sal y pimienta, y lo dejé, tapado y a fuego muy lento a que se hiciera a su gusto. Y le puse de acompañamiento un arroz con trampa: ya hace mucho que compramos siempre arroz chino con olor a jazmín, esta vez le piqué unos brotes de cebolla que crecieron en la penumbra en que viven en casa las cebollas, sal y un poquito de azafrán, por eso digo que es trampa: amarillo y con el gusto envolvente del azafrán pero en arroz con dejos de jazmín; quedó de pelos.
Y ahora quiero acordarme de la mañana aquella en que, por alguna cuestión de trabajo, fui a dar al parque del Retiro -hay allí varios recintos culturales y seguramente había alguna inauguración de artistas mexicanos, o algo así- y acabé desprendiéndome de toda razón que hubiera podido llevarme y disfrutando el paseo como un hombre libre, contento, en paz consigo mismo. En el fondo me doy cuenta de que no soy diferente al que debo ser.
PASEO MATINAL POR EL RETIRO
Oh qué bien se siente andar así,
las personas se saludan, los pájaros
se animan a pisar cerca de uno,
un ejército de jardineros que responden a mis preguntas con comedimiento
quita las mercadelas porque ya acabó el verano;
Parlem del vent, una escultura que anda por allí de Andreu Alfaro
me susurra quedito y sesgado todas las cosas que anoche pasaron en el
parque
y otra de Chillida con cinco puntas como cinco dedos le da consejos al
espacio
y acaricia el cielo muy muy azul de la mañana.
De buenas a primeras
un ahuehuete de los tiempos de cuando Felipe IV y yo éramos niños y este
jardín era monte
me da su propia versión del Retiro;
Taxodium me lo nombran los señores de verde como si no lo conociera yo,
sabino,
¡me siento tan bien bajo su sombra tenue!
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Algunos antecedentes |
En 1877, en Alcoy, provincia de Alicante, nació mi abuelo, Antonio Aura Peydro, hijo de Antonio Aura Sempere, quien lo era de Antonio Aura Gosalbes, papelero, de quienes no sé absolutamente nada, sólo que el acta de nacimiento de mi abuelo, que sí obtuve, dice que así se llamaban su padre y su abuelo, a quien, si andaba entre los cincuenta y los sesenta (puedo suponer, aunque mi bisabuelo tenía veintidos cuando nació mi abuelo), seguramente ya no le tocó la guerra de Independencia, cuando Napoleón invadió España, en 1808, y luego de hacer abdicar a Fernando VII, coronó a José Bonaparte, su hermano; movimiento de gran envergadura histórica que repercutió en la Independencia de las colonias de América, aunque sí le debieron tocar las Guerras Carlistas (la Primera entre 1833 y 1840), verdaderas guerras civiles, que dejaron España hecha un desastre todo el Siglo XIX, por lo que mi abuelo emigró junto con su padre y dos hermanas, como miles y miles de españoles que se fueron al Nuevo Mundo, o a donde se pudiera, y recalaron en México, en donde le tocó la Revolución, según me contaba mi abuela, y eso que vivían en la Sierra de Guerrero, en Teloloapan, lugar bastante apartado de los conflictos gordos de "la bola". Cien años después, en 1977, ni uno más ni uno menos, nacería mi hijo Pablo.
También me dijo que mi abuelo era médico y que anduvo ayudando a restañar heridos y mutilados sin que le pagaran nada porque pos no tenían con qué, pobrecitos, y que su suegro, mi bisabuelo, también parece que era médico, nomás que el acta de mi abuelo dice que su padre era tejedor, lo mismo que sus cuates a los que llevó de testigos, con lo que yo me atrevo a suponer que el documento quería decir que se dedicaban al oficio textil que tenía arraigo en Alcoy, además del de la elaboración de papel. No sé si serían fabricantes o comerciantes de paños, u obreros en alguna fábrica; pero es evidente que las cosas no andaban bien, lo que obligó a mi bisabuelo a agarrar a su hijo y sus dos hijas y embarcarse en busca de mejor fortuna.
¿Y ustedes creen que no me habría gustado ser novelista para apasionarme por esta historia y ponerme a investigar, tomar notas, revisar archivos, reconstruir lo que el tiempo se ha encargado de borrar, y poner a vivir a estos abuelos míos en el palpitante mundo de los libros? Ya lo creo que me habría gustado. No saldría aquí la novela, claro, porque el medio no se presta, lo más probable es que no tuviera un blog, pero ya me la habría publicado alguna editorial grande y tal vez me habrían dado premios y sería famoso, o al menos viviría de lo que escribo. Pero, bueno, tampoco soy médico, ni comerciante, ni maestro de idiomas, ni capitán de barco, ni asesino a sueldo, ni todo lo demás que se puede ser.
Aunque bien que fui a Alcoy recién llegado a España, siquiera para ver cómo es e imaginarme cómo pudo haber sido cuando todos mis antepasados se llamaban Antonio: intento imposible porque el país ha sufrido una transformación en los últimos treinta años que lo ha dejado irreconocible, nada que ver con la España que fue pobre. Lo que vi, aunque parezca que no tiene que ver con lo que he contado, fue una paloma de color violeta (en mi pantalla se ve azul pero les juro que es de un definitivo color morado claro; nada me habría costado poner que era una paloma azul). Como pensé que sería difícil que me lo creyeran, o que yo mismo siguiera creyéndolo al paso del tiempo, la retraté, y me vuelvo a asombrar cada vez que sale de algún altero de papeles la fotografía.
LA PALOMA VIOLETA
Hay una paloma de color violeta, en Alcoy
y no es que esté manchada de color violeta
esa paloma de Alcoy
sino que por alguna mutación genética, entre todas
las palomas blancas que hay en el Parque de la Glorieta,
en Alcoy,
una salió morada, violeta, matizada de luz incandescente
de color violeta
como si fuera un ramo de violetas volando como una paloma
en el parque, en Alcoy.
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Epifanía de los dedos |
¡Vamos, imaginación, avívate!, les digo con impaciencia a los dedos sobre el teclado, porque son ellos los agentes, ellos el pelotón de vanguardia, ellos la vibración expansiva, y yo, que estoy detrás, los increpo, los azuzo, les digo, anden, bonitos, pongan letras, jueguen con todos los signos que se encuentren, libérense. Allí adentro, en donde se van acomodando las palabras en construcciones verbales con la danza que ustedes llevan en las yemas, hay un espacio de dimensión tan descomunal que es, más que adentro, un afuera de proporciones colosales, un universo más grande y suculento que el cosmos. Suelten los nervios y piénsense semejantes a la memoria de Homero; ustedes son los acentos y las rimas, la sabiduría y el truco, en ustedes está el tejido constante de esa tela siempre nueva cuya urdimbre y cuya trama rebasan la capacidad de fabricar mundos de los dioses. UH, uh, sin freno, ¡adelante!
Y entonces los dedos solos, sin mi voluntad, van escribiendo cosas con el teclado. Piensan en la maravilla que es este medio inmediato y vivo que al tiempo que se va haciendo puede ser recibido por sus destinatarios; esta fantasía que no tiene sustento real y es sin embargo contundente; esta taumaturgia florida que inaugura jardines de colores y formas de prodigio y los pone al alcance del uso de cualquiera, del disfrute de quien se asome a esta ventana, y se entregan gozosos al baile sobre las teclas de las letras. Allá lejos, en un espacio virtual, quedan existiendo las palabras armadas y cuando los usuarios dan el santo y seña, las claves del portento, se muestran con su simpatía y sus errores, listas para servir a la imaginación de quien sea. Ese es el pasmo del blog. No existe en ninguna parte, no tiene un pelo tangible, y sin embargo decenas, centenas, millares de personas de carne y hueso pueden leerlo al mismo tiempo como si fuera cierto y embarcarse en navegaciones nuevas por mares que no figuraron antes en ningún mapa cierto o ignoto.
Uno de los cuadros más bonitos de Octavio Vázquez es una pequeña acuarela apaisada, de unos veinte por doce centímetros, según el cálculo de mi memoria, en la que se ven las olas del mar, todas regulares y encrespadas como ondas o rizos del peinado de una ondina, mientras, desde el aire, sobrevolando, una tacita con alas vierte su contenido líquido en ellas con la constancia serena de estar haciendo lo que debe hacer. Alguien tiene que estar llenando el mar para que no se vacíe y se acabe.
FILTRAR EL MAR
Hay veces que me levanto con la necesidad imperiosa
de filtrar el mar,
ese trabajo titánico pospuesto desde siempre
pero que alguien algún día tendrá que eslabonar;
a veces me asalta la conciencia
instantes después de despertar
cuando se ha hecho con la labor fantástica del sueño
el acopio de toda la potencia
y una humedad salada y jubilosa apremia
que ha llegado el momento de filtrar el mar.
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Tocado |
¡Oh dioses! Vivir no es fácil. Qué cantidad de sufrimiento tiene que procesar cada persona para alcanzar la tranquilidad de una vida satisfactoria, aunque sea por breve tiempo. Lo digo porque me llegan noticias de familia cargadas de dolor y aunque no son ajenas al común de los dolores de las personas vivas, cuando tocan de cerca lastiman. Y es cierto que cada uno tenemos nuestro drama particular y el caudal de pena que hay que asimilar depende de la vitamina con que hayamos nutrido nuestra capacidad de resistencia, pero los dramas de aquellos con quienes hemos convivido en intensidad familiar tocan las fibras más delicadas que tenemos. Estoy tocado. Nuestro amado Dante pobló este lugar de poetas como Virgilio, Homero, Horacio, Ovidio y de héroes como Héctor, Eneas y el musulmán Saladino... Ludovico Ariosto, el genial poeta italiano del Renacimiento, nos cuenta que el Caballero Astolfo visita el Limbo de la Luna... El gran Shakespeare usa, como sinónimo de cárcel, la expresión “el Limbo de los Padres”, en tanto que John Milton dice que “el Paraíso de los Tontos” es como el Limbo... Un poeta menos conocido, Alexander Pope (s. XVIII), dice que el limbo contiene “la sonrisa de las prostitutas y las lágrimas de los herederos”. Y pudiera seguir escarbando en ese archivo sin puertas que es utopía y llenaríamos de oprobio cultural la decisión de los pontífices que creen que lo imaginario se destruye con negarlo, y quizás llegara de nuevo al principio de esta página y encontrara la razón del sufrimiento y su eterna cura. Pero se está haciendo tarde, la hora del desayuno pide que le respete su lugar; Milagros no debe tardar en estar de vuelta; hay que comenzar a preparar la fruta...
No obstante, como la característica principal de la vida es su azaroso movimiento, su palmaria incapacidad de quedarse quieta, su chisporroteo por los millones de poros de la piel del día que trasudan realidad y fantasía, os remito, con la sorpresa pintada en los ojos, al comentario que hace Eduardo Olvera en la entrada del sábado 17 de marzo pasado en este mismo blog. Es a propósito de Vital Alzar y su carabela. Yo entonces me asombré al buscar el nombre del navegante en internet y no encontrarlo e hice la reflexión de si existirá algo que todavía no haya percibido el ojo omnipotente de Google, y que si este hombre no estaba era porque quizás no era un ente de la realidad, ni de la fantasía siquiera; no había sido creado ni por Natura ni por Imaginia. Ahora hay cinco o seis entradas con su nombre, entre ellas la mía, y mi inquietud se desvanece: existe. Qué más da si hay o no un Vital Alzar de carne y hueso; ya hay un poema, diatribas y noticias en su nombre, y alguien, más de uno, al evocarlo lo construye. "Yo sé que recatándose en la sombra / a toda alma responde un alma ajena", decía Pablito Cabrera; hoy respondió Eduardo, mañana quizás alguien en la tiendita de abarrotes de Boca del Río le diga a Vital que hay quien pregunta por él en el universo y entonces cobre cuerpo y me escriba diciéndome que ahí está, que tiene un proyecto nuevo de cruzar los mares, que alentamos mientras alguien nos recuerde y nos evoque.
Qué más da que el papado de Benedicto XVI haya reinaugurado el Infierno, que había liquidado Wojtyla, y clausurado el Limbo, la imaginación los ha construido con mucha mayor solidez de la que el Vaticano se imagina; ¡que le quiten a Dante lo bailado! Me asomo a Google, según lo antes dicho, y entresaco al azar estas frases:
En el siglo V San Agustín decía que los niños muertos sin bautizar iban al infierno y, a partir del siglo XIII, comenzó a hablarse del "limbo" como "ese lugar donde los niños no bautizados estarían privados de la visión de Dios, pero no sufrirían, ya que no lo conocían". (Esta es de Wikipedia, las siguientes son de< www.letralia.com/
PERA
Estaba yo pelando una pera muy quitada de la pena,
contenta de ir a servir de desayuno,
cuando de pronto noté el poco pudor
con que se dejaba eliminar la vestimenta
y cómo soltó en humedad que me escurría por los dedos
un jugo lúbrico que me pedía cierto pudor que en esta materia ya he
perdido
y no por eso la sentía menos densa y dulzona
acomodarse a la temperatura de mi mano;
la nombré suavemente la reina de las frutas,
la chupé, la mordí, la hice mía
y escribo su nombre para que no se borre en la memoria de los
siglos: pera.
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Cosillas que faltaron |

Dos o tres cosas me faltó decir ayer del botellón. Una de ellas es que no le tienen miedo a la policía, a pesar de que los encuentre con las manos en la masa. La policía es la policía y su principal función es intimidar como primer paso para imponer la autoridad del estado. Y sí, intimidan. El grupo de hoy, más numeroso que el de ayer se dispersó cuando llegó una furgoneta con dos policías que se bajaron del vehículo y se pasearon fachendosos por el centro del grupo. En ese momento más o menos trataron los chicos de disimular sus vasos y botellas pero su reacción no estaba muy lejos de la que pueden tener unos alumnos ante la aparición de un maestro de esos con los que vale más no enfrentarse. 
Optaron por la dispersión tapando los vasos y las chelas con sus prendas o con las bolsas de las chicas. En diez o quince minutos, con gran calma, todos habían emigrado a alguna otra calle cercana mientras los policías ponían infracciones a los coches estacionados en esta que es peatonal. Otra, es que sólo se juntan, al menos en esta calle, las noches de viernes y sábado, y cuando son un poco mayores ya no se ponen ropas de disimulo. No se descarta que la policía haya venido llamada por algún vecino tiquismiquis, de esos a los que les da horror la juventud, que está tan viva.
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Caramelo |
Si no fuera porque el epígrafe iba a resultar de más extensión que el propio poema y eso no me parece que esté bien visto, le pondría aquellos versos del cancionero anónimo del Siglo XIV, aunque estén tal como se los copié al tío Google, con todo y su ortografía porque no tengo aquí la antología de don Marcelino, en donde los leí por vez primera y Tomás Segovia no me contesta el teléfono, a lo mejor está ocupado con la Musa.
Qui triste tiene su coraçón
venga oír esta razón.
Odrá razón acabada,
feita d'amor e bien rimada.
De modo que se va sin más introducción, pero no importa: este poema es más que claro, como un campo al medio día, como la vista del mar abierto desde lo alto de un acantilado, como la visión plena de la bóveda del cielo nocturno con todos sus atributos. Es una pura celebración litúrgica hecha desde el lado de acá.
CARAMELO
¿Ésa?
¡Ésta es vida!
Te recibe
con los brazos
abiertos
la poesía.
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Botellón |
Al poco tiempo de haber llegado aquí le sugerí a un directivo de una de las escuelas de cine de Madrid, que me habló del conflicto que se vivía al respecto, que convocaran a un concurso de guiones o de cortos o de películas sobre el tema controvertido del "botellón", ese recurso de los jóvenes de juntarse en las plazas públicas con sus botellas y sus vasos desechables y pasar la noche emborrachándose y escandalizando a la buena sociedad. Se podría ahondar, propuse, en la gravedad del problema y buscar las soluciones a partir del conocimiento y la comprensión de los motivos. Sobre todo si es entre el propio rebaño de los botelloneros donde se analiza y se hacen proposiciones. O no quiso o no pudo hacerlo, no sé. O pensó en el fondo que estaba yo exagerando. Yo lo veía desde mi experiencia de habitante de la ciudad de México. Al poco tiempo legislaron en el Congreso, creo, en contra del juvenil hábito, y los alcaldes, cada uno según su fiereza política, comenzaron a imponer penas o a buscar soluciones negociadas; aquí en Madrid lo prohibieron con amenaza de acciones policíacas pero a poco entró un nuevo alcalde y no dijo esta boca es mía al respecto, laissez faire, laissez passer.
Desde que empezaron a arreglar la calle en que vivo y dejaron de rodar vehículos, se volvió sitio de botellón. Yo, como venido de ciudad brava, pensé que comenzaría a haber problemas. Pero conforme han pasado los meses y se ha acabado el Invierno para dar paso a las cálidas noches de Primavera, se ha venido serenando mi ánimo. Los veo desde la ventana o cuando salgo a tirar la basura en los contenedores que se colocan todas las noches junto a la puerta de entrada del edificio, el portal. No, qué esperanzas; no tienen un pelo de conflictivos; no sé en otros barrios. Estos chiquillos vienen arreglados de traje y corbata y las niñas de vestido escotado y tacones altos, seguramente para no levantar sospechas en sus casas y que no se las armen de pedo. No se meten con nadie, no malorean a nadie, ni a mujeres solas, ni a ancianos, ni a parejas, ni a perros. Están en lo suyo, que es tomarse copas en las que mezclan whisky o ron o brandy con refrescos o con vino o con cerveza, o con ve tú a saber qué porquerías; hablan de sus cosas; se concentran en lo suyo; procuran sus amistades y sus amores; sus enemistades y sus rompimientos también, de seguro; cantan, se ríen; algunos, en un rincón, lloran, y se van temprano, a media noche, a la una, a las dos; no más.
En un grupo de diez o quince se beben una o dos botellas de entre diez y quince euros, más los refrescos y las cervezas de a litro, que harán otros diez o quince. Máximo treinta: dos o tres euritos por cabeza; supón que cinco. Y no hay una música a volumen infernal que les impida oírse unos a otros, de modo que pueden hablar y cantar, secretearse, llorar y declararse su amor, contarse las cosas indecibles que construyen las amistades juveniles; tampoco tienen que pagar entre cinco y ocho euros por cada copa, lo que los haría gastar un mínimo de veinte o veinticinco por persona. Y es más fácil sentarse en los quicios de las puertas, o en el suelo, de plano, que adentro de los bares atestados en los que todo el mundo igual está de pie toda la noche. Se van y sólo queda su aroma. Lo que hace falta son mingitorios, porque, claro, se orinan en la calle: beber y beber genera orinar y orinar. Y a veces, dejan los vasos desechables y las botellas vacías en el suelo o en los poyos de las ventanas que dan a la calle. Y le toman el pelo al sistema que a chaleco los quiere meter a consumir a los sitios mercantiles.
Hay poemas que suenan bonito y poemas que no; algunos son música y otros son el espacio en que la música se escribe; este es opaco, seroso, sordo, pero entra al libro cogido de la mano de todos mis poemas que hablan del mar, que son muchos, y junto con ellos conforma el arrecife en donde han ido fondeando infinidad de recuerdos y aspiraciones que no se dicen.
COMPRENSIÓN
Ya estamos frente al mar
de nuevo
y una nostalgia me tira:
un futuro circular
de ostra
que en sí se regodea,
me desnuda de forma
y de sentido
y me arroja al mar.
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Cocina mestiza |
Antes de que otra cosa suceda conviene que vaya pensando en el desayuno porque a poco que escriba media página me empezará a dar un hambre feroz, no porque el ejercicio de teclear sea muy rudo sino porque es la hora. (Cambio de tercio:) Y nuestro desayuno es relativamente fácil: se trata de pelar algunas frutas: un poco de melón, papaya (que es fruta exótica), plátano, manzana, pera, tal vez una mandarina, y hacer una macedonia, quizás con unas fresas que tanto adornan el sabor, el color y el olor del platillo. Luego servirlo en dos tazones, uno para ella y otro para mí, y exprimirles el jugo de algunas naranjas. Llevar a la mesa esta provocación junto con unos pequeños recipientes con nueces, piñones rosas (los encargo a México porque aquí sólo hay blancos y saben mucho a resina), pasitas, amaranto y un poco de muesli, que viene a ser la misma combinación de cereales que en México llamamos granola, todo mezclado en el tazón con la fruta, y ñam ñam ñam, padentro.
Viene luego una taza de infusión hecha con te verde, te blanco y te rojo (sin que haya en esto alusiones banderiles), con distintas propiedades y mezclados con sabiduría, sobre todo para que no prevalezca el blanco, el que más sabe a hierba; le agregamos anis estrella, canela, un clavo, cardamomo y pimienta entera, y queda una exquisitez que aroma el velo del paladar durante un rato largo de la mañana. Con lo que sufro es con el pan dulce, que acá se llama "dulce", sin que intervenga la palabra "pan" y cuyo genérico es "bollería", porque está a años luz de la repostería popular mexicana; suele ser empalagoso y sin gracia; pero no hay más remedio, es lo que hay. Cómo extraño las campechanas a veces. Y amarro mi memoria para que no me haga la mala jugada de repasar el catálogo inagotable de los panecitos dulces de mis panaderías.
Y hasta allí, porque aquí lo salado está proscrito del concepto desayuno; los huevos, las quesadillas, los chilaquiles, los peneques, los bistecitos encebollados, los molletes y otros platillos de nuestra gastronomía desayuneril son inimaginables. Ya lo que he descrito de las frutas es un exceso, un franco mestizaje. Sea por dios. Ofrezcamos el sacrificio por las almas del purgatorio.
Y a propósito: el tamaño de los dioses es inconmensurable. Como Neptuno domina el mar ya se ve que no puede ser del tamaño más o menos humano en que está representado sobre su carreta en la glorieta que está a dos cuadras de la casa, ni Cibeles puede tener las proporciones de una robusta señora tal como está figurada en la siguiente glorieta porque es nada menos que la que domina la tierra, la fertilidad de la tierra, su capacidad de producir sustento para todas las especies; más bien hay que atender a que es una forma de representarlos para que los comprendamos, digamos que es su advocación pedagógica, así como el dios Hijo del cristianismo está representado con un humano cuya proporción con el dios Padre debe guardar cierta armonía con el dios Espíritu Santo, que ya se entiende que no puede ser del tamaño de una paloma convencional de estas que vuelan aquí afuera. Bueno, pues creo que de eso se trata el breve poema que sigue, de las proporciones de lo divino.
EL DIOS DEL CIELO
Zeus tiene el cabello azul,
¡azul tiene el cabello Zeus!
por fin algo
he comprendido.
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Un taxista en Madrid |
Es raro que ocurra pero el taxista que me llevó ayer era republicano. Suelen ser un gremio muy conservador; la mayoría son señores de edad madura, de sesenta para arriba, y pocos son amables; algunos, incluso diría que son groseros; no sienten que tengan que responder con cortesía a desconocidos: prestación de servicio a cambio de una paga determinada. Y punto. Una vez a uno le tuve que hablar alto y fuerte porque empezó a mascullar de mala manera que él sabía la ruta, que éstos creen (ese ofensivo éstos me englobaba, claro) que uno (uno, era él y su gremio) anda haciendo turismo, y no sé cuántas más burradas. Le dije con la voz puesta en su lugar que estaba prestando un servicio pagado y si el cliente sugería una ruta podía discutirla pero no regañarlo ni expresarse con desprecio. Acabó diciéndome que él hablaba así, que disculpara si me había ofendido. Hasta eso que no son malos, es que es su modo de ser. Nomás que uno tiene que hablar fuerte y claro, porque si no...
Conste que he contado esto haciendo una generalización basada en la experiencia y con carácter estadístico, porque ya se ve que hay de todo; con frecuencia la realidad da sorpresas gratas. Los hay con buen humor, con gusto por la plática, con curiosidad por los distintos acentos de hispanohablantes. Algunos muy conocedores, otros tímidos pero arrojados, temerarios, charletas, filósofos..., de todo.
Pero el de ayer era distinto. Lo tomé nada más saliendo de la casa porque se estaba bajando, con dificultades, una señora, a la que ayudé cuando el taxista me dijo ayúdela. Pues qué bien se siente, le dije, ya instalado, tomar el coche a las puertas de casa, como si fuera uno rico (porque esta calle donde vivo es peatonal y sólo entran vehículos de servicio). Y comenzamos a charlar, aunque con muchos circunloquios porque acá hablar de política, que es el tema obligado, es muy riesgoso: la mayoría de la gente tiene muy pocas pulgas. Y la crispación anda en niveles altos. Pero a propósito de esto y aquello salió México a relucir y entonces dijo que tenía una deuda pendiente con la vida: conocer México, en donde está enterrado su tío abuelo, que era exiliado de la guerra. Y por ahí se fue la hebra: que si la Guerra Civil, que si el levantamiento de los militares en contra de la República legítima y democrática, la ayuda a Franco de alemanes e italianos, el exilio, el triste comportamiento de los franceses, la mano tendida de Lázaro Cárdenas, la diplomacia mexicana. Le recomendé el libro de Manuel Ortuño del que hablé aquí hace unos días. Acabamos amiguísimos. Me dio su teléfono y me dijo que no dude en llamarle para cualquier servicio de taxi que se me ofrezca. Hombre, qué diferencia. Lo llamaré cualquier día de estos para ver si ya leyó el libro.
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Hoja de otoño |
Hace unos años, ya casi seis, estaba de visita Octavio Vázquez acá en Madrid y nos fuimos a caminar por ahí; la plática nos fue llevando hasta el Real Jardín Botánico que es un parque tan hermoso, y allí nos metimos a ponerle clorofila al gusto del palique, nomás que ya la cosa andaba en sus otoños, porque Octavio llegó los últimos días de octubre o primeros de noviembre, lo recuerdo bien pues traía una caja con pan de muerto para la ofrenda de María Cortina. Yo estaba feliz con la visita. Nos sentamos en una banca y recogí una hoja de plátano (de la familia de los arces), que son tan parecidas a las del liquidámbar (que en el diccionario se llama ocozol) o el maple (que no existe en el diccionario, así que el que no lo conozca está perdido), ya dorada por la estación y arrancada por el aire pero perfecta en su forma y bella como suelen ser las hojas secas cuando apenas han tomado el color declinante pero todavía tienen la flexibilidad de cuando fueron verdes. Y allí puse con humildad vegetal los versos que siguen:
HOJA DE OTOÑO
En ésta
que no es página
escribe sus versos
el otoño.
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Corre la voz |
¡Qué entusiasmo! Milagros ha ido un paso más allá en la construcción de este medio sorprendente: ha conseguido que se oiga mi voz. De ahora en adelante, además del texto de los poemas para que cada quien los lea como le dé la gana, se podrá oír al autor. Claro que luego iremos hacia atrás para dejar grabados todos los de "Poemas y otros poemas", pero después viajaremos más atrás, para grabar los de "Se está tan bien aquí", y luego seguiremos la ruta hacia la semilla, hasta dejar grabado el momento en el que Dios nos echó del Paraíso de tan mala manera, y lo que le dijimos; o lo que es lo mismo: el Big Bang. ¿A poco no es magnífico? ¡Corran a decírselo a los demás! ¡Que se sepa por calles y plazas y la Fama parlera cobre el óbolo de su desmesura en el tintineo de plata de las voces de todos! ¡Ya se oye, ya se oye, como los claros clarines de Rubén!
Y quiero dejar constancia de un conflicto entre la duración real del día y lo que yo percibo de él en la cuenta de los visitantes de este famosísimo blog. El número con que nombramos al día pierde su encanto a las doce de la noche. Ok. El mito de la carreta-calabaza. Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero el apuro comienza cuando se va constatando que ya la tierra no es plana ni el sol le da vueltas con galanura desde que a alguien se le ocurrió redondeárnosla, que ya las doce de la noche no son lo que antes eran, sino que ahora son tan móviles e imprecisas que cuando dan aquí, a los que están una hora más temprano en el mapa les importa un comino, para ellos son apenas las once, las diez, las nueve, y así. Y los satélites que van transmitiendo a todo el globo se despepitan de risa ante el visible engorro en que me veo. O sea que la cuenta de visitantes sigue actuando de por sí pero yo la he dado por cerrada a mis doce de la noche y todos los que llegan después se quedan fuera. Ahora bien, si me recorro en la franja del conteo e incluyo a los que entran al blog pasada la media noche me veo en la necesidad de ir descontando a los que entraron en lo que para mí fue la una de la mañana. Un broncón, mi querida doctora Corazón. A punto estoy de pensar que se me está desarrollando una frondosa esquizofrenia.
Por lo que desplazo mejor mis preocupaciones mirando hacia otro lado. Abro mi libro y me vuelvo a entusiasmar con la relectura de un poema que no hace más que celebrar el gusto, y que, además, ya puede ser por todos escuchado. Helo aquí:
RECREO
Suena el despertador
y como si fuera
la campana del recreo
corro a revolcarme
en tu pecho
y a paladear la golosina
primaveral
de tus pezones.
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Comer y divagar |
Ya sé que sería mejor hacerla pero amasar pasta para dos que la van a comer de vez en cuando es poco estimulante, además de que tengo poca energía para dedicarla a la cocina -o a cualquier otra cosa que no sea escribir, que no me cansa-, y no tengo la maquinita de troquelar pastas, por lo mismo, de modo que ayer o antier que fui al súper compré pasta fresca, un espagueti muy delgado, casi como el fideo cabellos de ángel. Lo de menos es cocerla los dos o tres minutos que requiere porque mientras hierve el agua para echarla, pelo y pico un diente gordo de ajo y un buen de perejil; pongo en una cazuela aparte el aceite de oliva a calentar, echo el ajo y apago la lumbre; conforme se va enfriando el aceite se cuece el ajo sin alcanzar a dorarse y entonces aplico el perejil y la sal y un chorro grande de aceite; lo vierto en una fuente sobre la pasta escurrida; enseguida le revuelvo unas cucharadas de caviar (venden unos frasquitos muy económicos de huevas de otros peces que si no son tan famosos como el esturión, la verdad es que no desmerecen y se prestan para muchos aderezos) y encima de cada plato, al servir, queso seco rallado; el resultado es un buen plato de pasta que hace la base de una comida sabrosa y abundante.
A mí lo de abundante confieso que no me hace tanta gracia porque lo cierto es que como relativamente poco; nunca he tenido apetito voraz sino selecto y curioso; como un poco de esto, un poco de aquello y quedo satisfecho; lo que sí es que disfruto mucho la comida. Por cierto hoy desperté pensando en una cazuela de chicharrón guisado y me di cuenta de que tenía charquitos en la boca. Me acordé de uno en salsa verde que me gustaba pedir en los desayunos del hotel Virrey de Mendoza, cuando iba a Guadalajara; me acordé del chicharrón que me hacía Irma en los desayunos de mi casa en México y además de los charcos empecé a chapalear en la nostalgia,
chapalear.
(Voz onomat.).
1. intr. chapotear (sonar el agua batida por las manos o los pies).
2. intr. chacolotear.
esta entrada del Diccionario de la RAE se debe a que acudo a él siempre que tengo dudas sobre el significado o el origen de alguna palabra; lo normal, pues; y pensé que a lo mejor chapalear venía de Chapala, del hecho de caminar por sus orillas fangosas y extensiones de poca profundidad, pero la Academia dice que es onomatopéyica y no hace ninguna alusión a nuestro mar interior (o lo que queda de él). No, hay que preguntarle a nuestra Academia, a Pepe Moreno de Alba, porque luego aquí hacen cada barbaridad con el idioma que qué te tomas. Pero me distraje, perdón; decía que desperté con una profunda nostalgia de chicharrón guisado. Aquí hay chicharrón, por supuesto, todo lo que tenga que ver con el cerdo proviene de España; se llama cortezas y es exactamente lo mismo, aunque es igual pero distinto, aquí lo hacen completamente seco y desgrasado; porque esos chicharrones esponjosos grasositos, o los que tienen un trasunto de carne cortada en la cuadrícula que evita que se frunza al crecer en la manteca... No; hoy de plano tengo la baba suelta.
El poema de hoy no necesita aclaración cual ninguna, ni cartabón de instrucciones, ni manual de procedimientos, se explica todo por sí mismo. Sólo un dato casuístico: es la misma chiquita con la que comparto la pasta y otras delicias.
MI NOVIA
Mi novia es una
chiquita altiva
con algo de ave
y mucho de presumida,
¡ay qué bonita!
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Guardado en casa |
Salgo poco a la calle últimamente -yo que siempre he sido pata de perro- pero la cosa se explica porque los medicamentos que me dan me provocan anemia y ésta me desarticula el vigor; me canso a la menor provocación; unas cuantas cuadras y quedo para el arrastre. De modo que mi natural pasear por las calles con aquel dejo de arrogancia juvenil, con pasos seguros y sonrientes, con ágil cintura y aspiración universal al viento se ha vuelto cansino y sin atractivos, lo que de por sí no me importaría si pudiera alargarlo. Digamos que camino una hora y quedo exhausto, tengo que descansar largo rato para reponerme. Y debo confesar, la verdad, que estoy harto. Estupendo de todo menos de eso. Me parece horrible el ataque justo al centro de mi inveterada holgazanería pedestre en cuyo seno acogedor he ensoñado toda mi vida y de donde han salido todas las piezas, partes, minucias, herramientas, refacciones y perplejidades con que se construyen los poemas. Muchos sentidos abiertos y a caminar por ahí, dejando que la vida revolotée sobre nosotros, como expuso ya con claridad Rubén Darío: "Poetas, pararrayos celestes..., rompeolas de las eternidades".
Pero bueno, hoy es lunes, es día de hacerse propósitos. Como el de aumentar cada vez un poquito los paseos, para volver a hacer músculo. O cambiar la técnica y hacerlos breves y más constantes, nomás que está el inconveniente de que hay que regresar a la casa, descansar y volver a emprenderla por el mismo camino, lo que le quita bastante el atractivo de la novedad, de lo inesperado del paseo espontáneo. En fin: mañana iré a una clínica nueva a valorar la posibilidad de un tratamiento alternativo que justamente me ayudará a resolver esta carencia. Ojalá que funcione. Ya os diré.
Aunque no me sabe nada bien haber contado lo anterior; parezco quejica. Ganas me dan de borrarlo y empezar de nuevo; retomar el tema, sí, pero cambiarle el signo, volverlo heroico, quitarle la debilidad y el decaimiento y ponerle galas de aventurero, capa y espada, ferreruelo listo al embozo conveniente para raptar doncellas. Eso que decía del ensueño y los paseos no crean que es poca cosa, ahí se gesta todo el material de la imaginación. Pero no tengo suficiente energía para borrarlo: estoy un poco anémico.
Conozco el tintineo del agua cuando cae y eleva el sonido a la revelación de un símil con la voz íntima, acalorada si es preciso, de las mujeres. Y eso que conozco es lo que este poema -de la serie de muy breves con que comienza el libro- cuenta. Forzar el símil del agua con lo femenino, dándolo por sabido y aceptado, abre la espita para verter lo demás.
LA DUCHA
Del agua,
como de otras mujeres,
se sabe por su canto
su temperatura.
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Memoria y berrinche |
No se han cumplido todavía dos meses de que empezamos con esta página diaria a ocupar un espacio en la atención de algunos navegantes con la sencilla propuesta de publicar cada día un poema; eso ha permitido que, ya que están, les cuente cosas: que si tuve tales sueños, que si comí con más o menos apetito, que si leí tal cosa en la prensa, si descubrí libros magníficos, si me pusieron una vía en una vena para entrar en secreto al misterio de mi muy particular vida real. No he parado de contar intimidades, de hacer a todos partícipes de cuanto me ocurre y se me ocurre. Y así pienso seguir. Falta tanto...
Los navegantes han ido aumentando; cada vez hay más tráfico por estas aguas, aunque hay días que parece que todos se pusieron de acuerdo en irse al cine o a la playa o al cielo, ve tú a saber a dónde, y baja drásticamente la asistencia; pero también hay otros en los que parece que se pasaron mensajes unos a otros, que se avisaron que había que estar y entonces cunde el menudeo, sube la aguja del marcador como si se tratara del tablero de resultados de un partido en el que voy ganando. Esas veces me gusta más, lo confieso; pero también sé que la vida tiene de todo, que como decía el Arcipreste "la peña tien blancos, tien prietos, pero todos son conejos / son los dedos en las manos pero non todos parejos". Pero dudé, me entró la cosquillita de que algo no estaba bien y corrí a preguntarle al tío Google si había hecho bien la cita de memoria y me puso una regañina: está perfectamente mal citado, no es así, me dijo. Pues bueno, le dije, así es como yo me acuerdo que lo leí. Pues te acuerdas mal, corrígelo, inútil, bueno para nada, chiquilicuatro, mequetrefe. Entonces yo, como mal portado, y quién no cuando le dicen majaderías de ese calibre, hago berrinche y lo dejo como está, que lo corrija su abuela.
Aunque estoy convencido de que la página de ayer era redonda, veo que el poema de hoy le correspondía más a su espíritu que al de este domingo. Ya nimodo, lo cáido cáido. Qué esperanzas que repita lo que dije ayer nomás para que el pobre poema se sienta protegido. Por fortuna tenemos la ventaja de que ahora sí la Primavera ha establecido un clima de lo más grato y para toda esta semana nos promete un bienestar que ronda por los veinte grados. Y eso cualquier poema lo agradece.
LA CEBOLLA
Son hojas de cebolla
las capas últimas del sueño
y la lechosa claridad del alba
me hace un poco llorar.
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Durísima batalla |
Qué debate tremendo dentro de mí: una fuerza tira hacia el día y otra quiere permanecer en la oscuridad, regresarse a donde no se es nada, aguantar en el calor interno y regular del sueño. Cada una quiere argumentar y no hay discurso que se complete, todo son hilachas de pensamiento, palabras sin sentido, raciocinios a medias en los que parecen surgir explicaciones contundentes que a la mera hora no son más corpóreas que el vapor vano del vaho. Ni siquiera las estructuras oníricas se sostienen por su propia fuerza pues se ha perdido ya la fe en el sueño. Entre querer y no querer despertar hay una lucha colosal a veces, y hoy me ha tocado vivirla. Un cataclismo, o poco menos.
Me desvelé sin mérito y como no he dormido suficiente el cuerpo pide más pero por otra parte el hábito de la hora remueve sábanas y edredones, sacude almohadas y desordena ese mundo blanco de plumas y algodón en que dormimos. Vamos, holgazán, levántate, abre los ojos y constata cómo otra vez la luz está ahí afuera esperando a que corras las cortinas y la veas, con sus vestidos de sábado toda engalanada, enamorada de ti, esperándote para hacer lo que tú quieras; épale, arriba, upa, hop; te están esperando cientos, miles, millones de palabras posibles para ver qué haces con ellas; míralas retozar todas frescas y desnudas en el agua de la luz del día, ándale, deja de hacerte el remolón y alienta, respira fuerte, saca un brazo, órale, mueve la patita...
Y heme aquí levantado, contento, sabatino, mirando la página que me tengo impuesta por propia voluntad y poniendo en ella las varitas, los mimbres, las sutiles hebras con que se tejen cabos y jarcias para amarrar el viento de estas navegaciones.
CALIDAD DE VIDA
Todo me gusta,
en todo tengo fiesta,
mi nombre es esplendor,
nada me cuesta.
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Manuel Ortuño |
Ya había yo tenido oportunidad de mostrarle mi admiración al historiador Manuel Ortuño cuando trabajé en el Instituto de México en España y organizamos la presentación de uno de los libros que ha publicado sobre Francisco Javier Mina, héroe de nuestra Independencia, porque me parece muy valioso que un investigador hispano hoy día vuelva los ojos al pasado común que tienen con nosotros, pero ahora mi admiración se ha multiplicado: acaba de publicar con Trama Editorial un libro revelador y a mi juicio importantísimo para ambos países: "Diplomáticos de Cárdenas, Una trinchera mexicana en la Guerra Civil".
La visión del presidente Cárdenas y sobre todo, la interpretación y defensa de la dignidad internacional y de los principios legales y humanitarios planteados en esa visión por parte de Isidro Fabela, tienen una fuerza, una actualidad y una contundencia que si hoy volviéramos a tener diplomáticos de esa talla otro gallo nos cantara. Qué manera la suya de entender y transmitirle al gobierno de México el conflicto interno de la República Española, su evolución y sus consecuencias, y por otra parte el juego de fuerzas en Europa que desencadenó, tan previsiblemente como él lo ve, la Segunda Guerra. La posición de México ante la crueldad de los intereses europeos con los cientos de miles de refugiados en Francia, defendida también por el ministro Luis I. Rodríguez, me ha hecho sentir legítimo orgullo de ser mexicano, aunque estemos pasando por un bachecito histórico que por desgracia ya va durando buena parte de mi vida adulta. Qué buenos servicios hace a México y a España Manuel Ortuño, que, entre paréntesis, el primero ya reconoció al otorgarle el Águila Azteca, en 2003.
Poco a poco se ha ido estabilizando la participación de los lectores en el diálogo que hace posible este medio; cada vez está más atendida y pachoncita la sección de comentarios, cosa que me alegra y me entusiasma. Pero sigue reconcomiéndome la curiosidad por saber quienes son esos enigmáticos lectores que aparecen constantemente en Hanoi, en Jakarta, en Australia, en Marruecos, en Buenos Aires, en Santiago, en Beijing, en Ohio, en Santo Domingo. Y el servicio de registro de visitantes no me aporta más datos que estos que me sorprenden, o yo no los sé ver.
Los signos de todas las cosas están en nuestra vida diaria; las mitologías, las religiones, la historia, todo se revela a todas horas ante el que lo quiere ver. Más o menos esa es la cucharada de azúcar en el café de este poemita.
CATACLISMO
Saqué la cuchara
pero en la azucarera
quedó un cataclismo:
la montaña cósmica,
la inmensidad rocosa
comenzó a desgajarse
con el ínfimo estrépito
de la conciencia;
arriba de mi hombro
algún dios desayuna
endulzando con astros
su café.
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Palenque de poetas |
Hemos pensado Julio Trujillo y yo hacer un mano a mano poético, un palenque de poetas; ponernos en un estrado con nuestras obras completas a la mano e ir leyendo en forma alternada como respuesta a la lectura del interlocutor: Ah, ¿tú dices eso? pues a propósito yo tengo este poema que... E irnos asestando picotazos con la esperanza de que los espectadores puedan celebrar el rito y disfrutar de la poesía. No hemos discutido tanto los términos del acto ni hemos puesto reglas o restricciones, hasta ahora todo ha sido la celebración de la idea y el juego. Nos han impedido varias cosas llevarlo a cabo: agenda personal o pública, tareas impostergables, temas de salud o puentes y feriados inoportunos, pero cualquier día de estos lo pondremos en ejecución.
Claro que en este caso sólo será sacar prendas del costal o de la caja de sorpresas, como prestidigitadores que llevan escondidas las palomas un poco ateridas de inmovilidad incómoda, como suele pasarles a los poemas que se quedan guardados mucho tiempo sin que nadie los lea, y no habrá ese cálido riesgo que hay en los enfrentamientos de improvisadores y repentistas, como los encuentros que se hacen en la Sierra Gorda de Querétaro o en Cuba o en Tlacotalpan, en los que los poetas decimeros se van dando respuesta unos a otros a propósito de lo que improvisan, pero ese, la verdad, es otro oficio cuyo ejercicio se aprende y se practica a su manera. Lo nuestro es elaborar la pieza fuera del tiempo, a solas, atenida a sus propias reglas y tenerla lista para salir a lucir cuando haga falta o cuando sea posible.
Ya lo haremos pronto, el día menos pensado. Quizás convenga hablar entonces de cosas como la iniciativa de la Escuela de Escritores de que los políticos adopten una palabra en peligro de extinción. Desde mi punto de vista eso puede ser relativamente útil en España pero en América Latina sería una práctica ociosa: qué necesidad tiene el idioma, tan sano, tan robusto, tan prolífico, de que le andemos cuidando los pelillos que se le caen. Tal vez sería mejor mandar a los niños y a los jóvenes peninsulares a convivir con los latinoamericanos por temporadas, o armar programas de convivencia en serio con los cientos de miles de latinoamericanos que viven en España, o poner en los programas de educación pública un acervo mayor de literatura proveniente del montón de países que en América hablan un español tan rico, tan vivo, tan variado... Bueno, hay días así, que está uno errático y no acierta con lo que dice, no encuentra la almendra del carozo y nada más enseña el inútil roer al rededor. Nimodo.
Contrario al de ayer, que tenía infinitas lecturas y juegos de espejos, este poemita de hoy es más bien un aforismo que juega con los distintos valores de la palabra pasa poniéndolos a frotar unos con otros hasta hacerlos ligeros y volátiles. Es un poema que camina. Acaba lo que tiene que decir, voltea la cara y se aleja aparentemente distraído, como si no hubiera que atender a nada más.
RUDOS
En fin
no pasa nada
hasta que pasa
y cuando pasa
pasa.
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Ponerse zapatitos... |
Gramo tras gramo crecemos los humanos un tiempo; oscilamos luego durante la vida y finalmente comenzamos a perder peso hasta volver a la levedad ingrávida del polvo. Cuando llegué a vivir a este piso estaba acostumbrado a oír sólo el paso lejano por la calle del barrendero madrugador, las motocicletas de los repartidores de la prensa, el estacionarse de los coches que llegaban a los primeros turnos. Sobre mí sólo el casi imperceptible caminar de los pájaros en el aire. Vive una pareja joven en el piso de arriba; tenían una niñita pequeña y un bebé; eran, puedo decirlo así, inaudibles como grupo; luego tuvieron otra niña y el que era bebé pasó a ser niño y la nueva criatura ha ido creciendo gramo a gramo; ahora los tres van a la escuela y a cierta hora de la mañana ya todos tienen puestos sus pequeños zapatos y el dispositivo de la prisa matutina; cuando suben mucho el volumen se oyen sus voces, sus llantos cuando es necesario; los padres se dan prisa para ayudarlos; está mecanizado el jugo de naranja. Los oigo en las mañanas porque coinciden con mi hora de despertar; a veces me sirven de reloj. Caramba, pienso, ya se levantaron los niños, ya es tarde. Más pronto de lo que ellos se imaginan adquirirán tal peso, gramo a gramo, que no quepan ya en la misma casa y tendrán que emigrar hacia otros pisos que estén probablemente arriba del que acoja a un señor que los oiga nacer, crecer, llorar a veces, ponerse zapatitos...
"Varios lingüistas aseguran hoy en las páginas de The International Herald Tribune que la lengua inglesa domina el globo terrestre (en calidad de idioma de comunicación universal) como ninguna otra lengua lo ha hecho en la historia. "Nunca será destronada como reina de las lenguas", afirma el diario." Esta cita la saqué de El País de hoy, y me dio risa. Qué manía de los imperios la de pensar que hay algo que pueda durar para siempre. Y qué flojera.
Antes de conocer el deslumbrante poema de Julio Trujillo Proa, que nos dejó a todos, para siempre -esta vez sí, para siempre-, fuera de toda competencia posible por el record Guinness de brevedad eficaz, creía que este poema difícilmente encontraría un competidor: empieza y termina en acentos que no dan escapatoria alguna; cinco letras, cuatro letras y tres letras, un embudo que acaba en la boca del cosmos; seis sílabas, tres palabras y las tres en crecimiento constante, cada una dependiente por completo de la que sigue para crecer en forma exponencial y crear una realidad física de gran horizonte; en el plano vertical, que llena todo el espacio, la última sílaba se vuelve a unir con la primera palabra para volver a comenzar, de modo que el poema no se acaba, está permanentemente activo y ocupa los trescientos sesenta grados de su propia realidad, y todas las dimensiones. Que guste o no es otra cosa. A mí me gusta. Y no estaba interesado en que fuera breve, así salió.
PAISAJE
Ávido
bebe
sol
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Un libro de Gibson |
Estoy encantado leyendo un libro de Ian Gibson -el hispanista de origen irlandés que hizo la biografía de Lorca-, que se llama Cuatro poetas en guerra (Planeta), sobre Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca y Miguel Hernández; no podía soltarlo anoche aunque se me caían los párpados, porque ya ven que hay libros así, que se agarran a uno y por nada del mundo quieren dejar de recibir el agua de nuestra mirada. Con qué amor y con qué conocimiento tan serio de ellos y de España emprende Gibson la narración del momento del inicio de la Guerra Civil de estos cuatro poetas y su destino trágico. Con una prosa viva y transparente nos lleva por los avatares de estas cuatro almas grandes que no sobrevivieron a la bestialidad del fascismo y nos hace verlas en carne viva en medio del horror de la irracionalidad franquista.
Ya habíamos oído a Ian Gibson dar una conferencia sobre García Lorca, en enero pasado, en Calanda, en el CBC (Centro Buñuel Calanda) en un ciclo que organizó Javier Espada, también a propósito de la memoria histórica, España leal en armas, y esa vez estuvo brillantísimo, claro, seguro y directo, y con un conocimiento de causa que saca ámpula, así que cuando supe que había salido este libro me interesé por él en seguida. Qué bueno que lo estoy leyendo; ya sólo me falta la parte de Miguel Hernández y si no fuera porque estoy escribiendo esta bitácora, estaría pegado a él, comiéndome sus exquisitas páginas.
Hoy aparece el segundo poema del libro que comienza con una colección de poemitas muy breves, de modo que toda esta semana y parte de la próxima son de pinceladas tenues que sugieren esto y aquello. El de hoy, habla del mar; muchas veces he hablado del mar, aunque nací tierra adentro, a cuatrocientos kilómetros de los litorales, pero recuerdo perfecto mi primera impresión de la bahía de Acapulco en mi adolescencia, a los catorce o quince. Como son muchos, dispersos en varios libros, no estaría mal juntarlos aparte y hacer una edición en la que dialogaran unos con otros, porque además del mar, tratan de muchas otras cosas. Lo he pensado muchas veces, incluso podría ser un libro ilustrado y ampliar el concepto a todos los poemas que tengo en que hablo del agua, que son muchos. Pero, bueno, esas son ilusiones y este es un poema de carne y hueso, o más bien, de agua y alma.
Ah, de lo de ayer en el hospital no hay mucho que contar, excepto que no era carboplatino lo que me iban a poner sino vinorelbine; con esos nombres qué más da para qué sirvan tales sustancias que meten a pasear en el jardín cercado de la sangre de uno.
ES QUÉ
yo sé decir
de mí
que el mar que me ensordece
no es de agua
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¡Éntrenle! |
Perdonen ustedes que salga sin la serenidad que me caracteriza pero es que hoy me toca ir al ritual de la sangrita. Me tienen que dar el níhil óbstat para la segunda parte de la ración de carboplatino que me dieron la semana pasada. Menos mal que esta es suavecita. Nomás que tengo que estar en el hospital a las ocho, con mis venitas limpias y el corazón rebosante, de preferencia bañado, peinado y afeitado, y como me gusta desvelarme... Ya les contaré lo que pasó, si es que hay algo que contar.
Hoy empieza la publicación del libro "Poemas y otros poemas". Uno cada día irán apareciendo los objetos, unas veces cristalinos; capilares, otras; chorreando sangre o miel como sacerdotes de un culto viejísimo, en ocasiones, algunos; cada uno de los que forman la colección. Les informo, pues, que quedan ustedes expuestos a un nuevo libro. Yo también, porque aunque ya salió en papel, en el FCE, de España, en 2003, la verdad es que casi nadie lo conoce. Ahora tienen la posibilidad de leerlo cada día, poco a poco, y entrar al terreno prodigioso de la creación poética. Como cosa ordinaria, de personas. Vaya, lo que digo es que el medio propicia un modo distinto de leerla y como el autor está tan a la mano es posible dialogar con él: a ver, mano, esto por qué. Cómo fue que te pareció que esto cabía en el ancho manto de la poesía. Qué te hace cometer tantas barbaridades. De dónde sacaste el brillo de esta luz. Y digo para mis adentros, para mi menda: no me levanten la voz, pero tampoco me la bajen. Yo feliz de que se metan conmigo; nadie se mete con los poetas, parece que tenemos un piso aparte en los repartos de la sociedad. Algún patriarca del oficio nos aisló de los demás, no sé cuándo, y desde entonces estamos hablando solos. Y quedito.
Ustedes habrán visto esos celajes impresionantes que hay cuando la bóveda está despejada y hace viento, y arriba se ve, muy lejos, jirones de nubes que ya no tienen patria; basta con tener una poca de paciencia y mirar hacia el cielo de vez en cuando. Pues con esa imagen está hecha la carne adolorida de este breve poema que abre el libro y le da el tono.
OCASO
Ya el cielo
tiene
unos cuantos
pelos
de viejo:
la tarde
se acaba.
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Domingo, día de fiesta |
Se han de encontrar ustedes con un montón de novedades en esta página, como ropa de estreno, como zapatitos de charol recién salidos de su caja de cartón oloroso, como cuellos y puños de encaje almidonados, y es que Milagros se aplicó en la semana para vestirla y engalanarla. Le cambió las fotos por las de otros ángulos del salón de casa; le cambió la imagen de entrada poniendo mi nombre manuscrito en lo que ahora ya es todo un documento de identidad: foto, nombre y firma. Le puso la dirección electrónica como reclamo para palomas mensajeras; le puso un contador que indica cuántos lectores están dentro de casa en el momento real, para poder ofrecerles algo, aunque sea un vaso de agua, una palabra de aliento, un gesto de cortesía: pase usted, siéntese, qué le podemos ofrecer. Otrosí, puso cortes para ir al complemento de cada texto de modo que la página no se haga un chorizo interminable sino que tenga el párrafo primero del texto de cada día y te lleve de la mano al interior, en donde está lo demás que querías saber, la mera carnita. Y agregó dos etiquetas, cáncer e ilustraciones para guiar a quienes van a buscar algo determinado. Ítem más, puso en la columna de la izquierda, a la que redujo y adecuó el tamaño de la letra, el principio de las intervenciones de quienes me hacen el atento favor de poner algo. Y no contenta, mi ciberchiquita todavía nos inscribió en tres clubes de blogueros para que no vayamos solos por la vida. Así que termina la semana con salvas y cohetones, con colores y luces de bengala y listos para emprender lo que ahora venga.
Que será desde mañana la aparición diaria del libro "Poemas y otros poemas", que publicó el Fondo de Cultura Económica, de España, en 2003, y cuya circulación ha sido tan precaria. Así que corran la voz, lleven la nueva por calles y plazas, vístanse de gala para acudir a salones y recepciones anunciando el feliz acontecimiento, digan a una la nueva y a voz en cuello clamen que tales poemas serán día con día flor y fruto de esta planta virtual que regamos entre todos con el agua lustral de nuestra lectura.
Falta una modificación que aparecerá cuanto antes: vamos a cambiar la etiqueta genérica de poemas por las de los títulos de los libros respectivos para evitar confusiones. Que alguien crea que tal poema pertenece a un orden que le es ajeno: así comienzan todas las catástrofes; es más, tal es el inicio de la tragedia. Así, en adelante dirá "Se está tan bien aquí" o "Poemas y otros poemas", y cuando termine la publicación de este y siga otro...
Hoy por lo pronto, me encontré con esta proposición que hice hace unos años en México -seis o siete, quizás- y que por desgracia no tuvo acogida en su momento; probablemente no la supe mandar por los cauces adecuados, no supe dirigirme a la entidad precisa o me faltó armar primero el corporativo de presión que hiciera que las autoridades se plegaran a tomarla en cuenta, o no acudí a las instancias legislativas correspondientes. Vuelvo a sacarla con la secreta intención, una vez más, de que prospere, tal vez ahora encuentre mayor sensibilidad administrativa, o quizás salte fronteras ya que ahora vivo en otro país y nos movemos con tanta soltura por el globo terráqueo y lo que era una propuesta local podría devenir iniciativa universal; a lo mejor los organismos internacionales son plataforma más adecuada para su lanzamiento. No sé. Y viéramos por ejemplo al poeta residente en la guerra de Irak. U otras epopeyas semejantes. Lo pongo a consideración de ustedes.
POETA RESIDENTE. UNA MODESTA PROPOSICIÓN.
He aquí que antes de que amaneciera, incluso antes de que comenzaran los gorriones y las primaveras a anunciar la llegada inminente de la luz del día, cuando todo estaba aún a orillas de las negras aguas de la laguna de los sueños, me comenzó a rondar algún dios o una diosa que me sugería una y otra vez proponer la creación del puesto de Poeta Residente en la Construcción. ¿Pero cómo sería eso?, me preguntaba a mí mismo sin querer desunir mi cabeza a la blanda piedra placentera de la almohada, y sin poder hacerlo. Pues muy sencillo: la Casa del Poeta debe asumir la histórica responsabilidad y comenzar a tramitar, tanto en la Cámara Nacional de la Industria de la Construcción como en los Colegios de Arquitectos y de Ingenieros, así como en las Comisiones correspondientes del Congreso, la reglamentación que especifique que cada obra de carácter público que se apruebe en el país tenga la obligación de contratar a un Poeta Residente que vaya confeccionando su obra poética al tiempo que se fabrica el edificio, la carretera, la presa, el monumento.
No necesariamente descriptivo pero sí en paralelo; sin restricciones ni prejuicios -no limitéis la libertad creadora, ya sabrá el maestro si utiliza el ingenio para labrarse, con estructura semejante, un palacio interior o si nos da la bitácora de las navegaciones; cualquier cosa estará bien pues se habrá de elegir a los mejores mediante jurados móviles de personalidades del mismo oficio-; y aun con la invitación para asistir a juntas y alegatos de ingenieros, arquitectos, proyectistas y todos los que deciden los caminos a seguir en lo construido; por el lapso que la obra transcurra y con la obligación de presentar lo realizado al tiempo que se inaugure -aunque claro que no será necesario que declame en el acto protocolario-, sin demérito de que el poeta se pueda permitir, ya bajo su cuenta y riesgo, seguir con el mismo tema durante el resto de su vida.
Los presupuestos para tales obras, sobre todo las faraónicas, que serían las más demandadas, suelen remontarse a los cientos o miles de millones por lo que el salario del Poeta Residente, por mejor que fuera, sería semejante a la insignificancia de un grano de alpiste en la sección de gramíneas y a cambio de eso el país tendría una riqueza poética -aparte de la mucha de que ya disfruta-, relacionada de manera directa con sus anhelos constructivos, con su crecimiento urbano y mundano. Una auténtica poesía civil acompañando el desarrollo colectivo. Los poetas tendrían de qué vivir, su obra estaría indisolublemente ligada al tiempo y a los acontecimientos y le daríamos al mundo un ejemplo de cómo nuestra república ha sabido aprovechar a sus poetas antes que tomar el trillado camino de echarlos de su seno.
Claro está que la participación de los vates sería estrictamente voluntaria: el que quiera, que se aplique y que aplique y solicite, y el que no, que no. Pero, ¿se imaginan ustedes al Poeta Residente que le hubiera tocado el contrato del Hotel Sheraton del Proyecto Alameda? Desde la excavación profunda para colocar los cimientos hasta la coronación de las antenas que al final le correspondan en la cresta. Y habría estado tantas horas de tantos días de tantos meses enfrente, en la Alameda, con su abigarrado bagaje histórico y espiritual, y en las propias rampas por donde los albañiles, los plomeros, los electricistas a toda hora suben y bajan, viendo, conviviendo con el hormigueo del trabajo, la llegada de los materiales, el esfuerzo del músculo y el cumplimiento mecánico de las herramientas, la solidificación del aire piso a piso, el reto de la hercúlea construcción burladora de los terremotos, el entorno transformado, la efervescencia de la vida, el taquero en bicicleta con los frascos de salsas verde y roja amarrados a la canasta equilibrista en la parrilla, y por las madrugadas laborales, la vaporera de donde brotan los vigorosos tamales con que se confeccionan las guajolotas. Por decir algo. Aunque claro que el ojo del poeta vería lo que los demás no vemos por más que también sea nuestro.
O el poeta chiapaneco al que le hubiera tocado ser residente en la Presa del Sumidero. ¡Qué epopeya! ¡Sólo de imaginarla me suda la frente! O los residentes de las colosales excavaciones del Metro o del Drenaje Profundo. O el Poeta Residente en la construcción de una autopista a través de cientos de kilómetros de desierto en Sonora. Mucho mejor que la más generosa de las becas. En fin, por no ser exhaustivo, se los dejo así, aunque a mí me haya durado mucho más el ensueño, por lo que estoy en la mejor disposición de ofrecer las asesorías que sean necesarias (no por fuerza gratuitas ya que cada quien debe vivir de lo que, mal que bien, sabe hacer).
Ccp. Presidente de la República.
Director de la Casa del Poeta.
Presidente del CNCA.
Presidente de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción.
Presidente del Colegio de Ingenieros.
Presidente del Colegio de Arquitectos.
Srio. de Obras y Servicios, GDF.
Director de la Facultad de Arquitectura, UNAM.
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Carne en vigilia |
Sí, el parón de la Semana Santa ha estado creativo y hasta diría que divertido, pero también esta semana se acaba, como todas, y detrás vienen las que no son de excepción sino ordinarias, en las que se hacen las cosas que hay que hacer. Yo me veo en un predicamento porque a pesar de que he obtenido una muy grata respuesta de lectores en los casi dos meses que lleva de publicarse todos los días este blog no he podido detectar si les importa que sea de poesía o les da lo mismo lo que publique. Yo ni bien ni mal, ni me siento mejor ni peor, nomás que me gustaría saberlo. Porque en todo caso ya se supone que voy a hacer exactamente lo se me antoje y voy a publicar poemas y textos en prosa más las páginas cotidianas de este diario que me tiene tan divertido, pues acoge con generosa manga lo que cada día me va pasando en la imaginación, en la experiencia o en la memoria. Porque no sigo ningún patrón, nada me sujeta, ni siquiera la respuesta de los lectores, todavía.
De modo que siguiendo un leve plan original, voy a seguir publicando poemas. Como creo que han sido muy pocos los lectores de mis libros más recientes -no así de los primeros, curiosamente, porque entonces había expectativas del rumbo que tomaría un joven poeta- me voy a permitir, con permiso de ustedes, reproducir los versos del libro "Poemas y otros poemas", cuya edición y distribución fue tan limitada que anda por el mundo disfrazado de casi inédito. Y tal vez, al ir saliendo día con día, vuelvan a hablar conmigo, algunos de ellos, con la intimidad con que lo hicieron cuando ellos y yo nos estábamos escribiendo, y acepten, aunque con un poco de rubor, hablar con los demás. De manera que a partir del lunes próximo poneos abusados.
Muy bonita calle nos dejaron con las obras de remodelación del barrio, que ni qué, pero confieso que anoche me sentí frustrado cuando supe que no pasaría por aquí la procesión del Señor de Medinaceli que ha pasado todos los años anteriores y que yo suponía que ya tenía esta ruta desde los tiempos de Lope, por lo menos; que porque todavía no están terminadas las obras de Puerta del Sol y eso los obligó a hacer otro recorrido, decía la información. Me puse a imaginar el papelón que habría hecho si hubieran venido amigos a verlo desde mis balcones, como dije orgullosamente días atrás.
Este sueño saltó inoportunamente pidiéndome que lo publicara; debe ser de principios de los noventas y desde entonces ha andado escurriendo por mis archivos, y digo que es un poco inoportuno porque para los católicos estos días son de vigilia rigurosa, aunque no hay que olvidar que los pueblos del tercer mundo tienen dispensa de esta regla y yo, en particular, porque tengo que recuperar hemoglobina, neutrófilos y demás componentes sanguíneos que abate el carboplatino con su entusiasmo destructivo, además de no pertenecer a la cofradía. Con esto del entusiasmo destructivo me acordé de aquella preciosa copla de la lírica popular hispana: "Vinieron los sarracenos / y nos molieron a palos, /que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos". El sueño es tan puro, tan claro, tan rotundo que no necesita ninguna glosa, está listo para ser comido y aprovechado tal cual es.
SUEÑO CON CARNE
La tierra es toda de carne. Roja, jugosa, palpitante
carne conforma la geografía de la tierra; carne comestible,
apetitosa, nutritiva. El descubrimiento me asombra; voy
azorado por llanuras de carne; me detengo a constatar: sí,
blanda, posible, nuevamente carne, como en el principio,
cuando estaba acabada de hacer; cuando la tierra era nueva,
claro, estaba en carne viva. Lo malo es que cada vez hay más
gente y no va a alcanzar y además la están llenando de cosas
encima, ya no se le puede hincar el diente con facilidad como
antes, cuando toda era pura pulpa sangrante, un tablero de
cortes: aguayón, filete, rosbif, diezmillo, y los caminos
eran de suave carne molida o de pescuezo picado y los
lomeríos eran suaves pendientes de falda de res. Carne,
carne, trescientos sesenta grados de carne, y en ella yo,
antes que nada yo, yo en la carne, yo por la carne, yo con la
carne, yo la carne.
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El mar de los sargazos |
Las palabras, cuando caen en la imaginación sin defensas de los niños, producen muy extraños efectos. Antes o después, todos recordamos el momento en que conocimos una palabra cuyo impacto fue tremendo aunque su significado lo hayamos aprendido después. Yo de la que me acordé anoche fue de sargazos. El mar de los sargazos, en donde los barcos caían apresados por una inmovilidad devoradora, remotamente vegetal, aniquilante. Tenía la dichosa palabra una densidad gelatinosa y pegadiza como un moco, al mismo tiempo que constituía una madeja de hilachas espirituales que parecían estar riéndose con bocas descarnadas de las víctimas a las que los vientos del mar, aliados con las más ruines intenciones morales, habían arrojado a sus fondeaderos asquerosos de los que nadie podía escapar; ay del que cayera en el mar de los sargazos porque tendría que permanecer allí, pudriéndose hasta la consumación de los siglos y sin poder secarse y hacerse polvo por efecto del agua del mar, las irascibles tormentas y la maldición que en sí entrañaba la palabra.
Que luego vine a saber que es una zona en el Atlántico, cerca de las Bermudas, que tiene las condiciones necesarias para que se reproduzca un alga que los navegantes portugueses llamaron sargazo y sirve de habitat para montones de especies y que es la zona en donde las anguilas se sienten cómodas para desovar y regalarle al mundo esa delicia cada vez más inaccesible que son las angulas.
Si uno bucea un poco en la memoria y trata de extraer del fondo los restos del sentido que tuvieron las palabras cuando las oyó por vez primera, puede encontrar infinitas sorpresas, joyas arqueológicas capaces de revelar la historia asombrosa y desconocida de nuestras propias vidas personales.
Ahora fui al revés: me sumergí primero en el proceloso mar de los archivos de donde saqué este sargazo chorreante, lo copié, lo pegué y me pareció que valía la pena compartirlo con los demás aunque no sea algo de actualidad; quiero decir, aunque se trate de una observación de la realidad de hace tres años, lo que para el mundo de la información la hace un vejestorio digno de estar sumergido precisamente en el mar de los sargazos y para el de la palabra entre personas no tiene por qué dejar de tener vigencia, hasta que la deje de tener. Es cierto que en México ya hay otro presidente pero me parece, por desgracia, que la observación vale igual.
IMPENSABLE
En la página 39 de El País de hoy, viernes 22 de octubre de 2004, viene una fotografía y una nota impensables en México y prácticamente, a menos que alguien (¡ojalá!) me desmienta, en América Latina. En el extremo derecho está el escritor Luis Mateo Díez, leonés, autor del libro que está presentado como display en el centro del escenario y como tal arriba de la mesa que hace centro de la conversación fotografiada: Fantasmas del invierno; sello editorial, Alfaguara.
El escritor tiene la pierna derecha cruzada en una actitud de desenfado y habla y gesticula con cierta vehemencia, se nota que habla de algo que le es entrañable y que se siente escuchado con atención como constata la actitud de sus contertulios: en el centro, la periodista Nativel Preciado, mirándolo con simpatía como quien está descubriendo algo interesante y grato en su interlocutor, y a la izquierda, también con la pierna cruzada, aunque con más formalidad, el presidente del Gobierno Español, José Luis Rodríguez Zapatero, sosteniéndose la barbilla con la mano derecha, en un gesto que le es característico, y apoyando con la otra sobre su pierna un libro, supongo que del que se trata, cerrado pero marcado con un dedo en una página determinada, lo mira también con atención y respeto.
La breve nota explica la ocasión: el presidente participa en la presentación de la novela como presentador y como entrevistador. El presidente Rodríguez Zapatero tiene cinco o seis meses de haber asumido el poder que le dio el voto de la izquierda y entre sus actividades de gobierno juzga que está bien leer una novela de un escritor paisano suyo y acepta opinar de ella en público y dialogar con él y con otra persona a propósito del libro en un espacio público, el Círculo de Bellas Artes, al que por supuesto asiste quien quiere.
El hecho es, en primera instancia, cultural, pero se trata también de un acto político. El libro trata sobre el dolor de la posguerra, un tema que el anterior gobierno del Partido Popular no quería tocar por ningún motivo y con el que Zapatero, al aceptar hablar de él, indica que le interesa el tema, que no sólo no lo rehúye sino que lo avala, y lo publica la editorial Alfaguara, una empresa del Grupo Prisa, poderoso en los medios e inclinado, hasta donde los intereses empresariales lo permiten, a la izquierda y que ha apoyado a Rodríguez Zapatero.
¿Podría pensarse algo semejante del presidente Fox? ¿Que leyera un libro de un escritor mexicano vivo y se formara una opinión y aceptara establecer un diálogo con el autor ante las personas que quisieran asistir? Por desgracia, creo que no. No tengo ninguna razón para pensar que sea porque nadie se lo ha pedido. Las pocas oportunidades que ha tenido para hablar de la cultura lo ha hecho leyendo el discurso y, por desgracia, con errores que han puesto en evidencia que no lo ha escrito él. Pero esto, claro, no lo digo del presidente Fox sino que me extiendo a imaginarme en esa situación a Zedillo, a Carlos Salinas, a De la Madrid, a López Portillo (que ejercía de escritor cuando no era presidente), a Echeverría, ¡a Díaz Ordaz!, y así me sigo hacia atrás y no encuentro que ninguno hubiera podido desembarazarse del pedestal terrible de la presidencia y bajar al pequeño mundo de la cultura y al más pequeño todavía de la vida real. ¡Cuándo llegará ese cuándo! Impensable, impensable.
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A vuelo de pájaro |
Tengo pereza mental. Por más que quiero, la máquina de pensar no arranca. El muestrario de cosas que me interesan o que supongo que puedan interesar a los demás permanece obstinadamente cerrado y se niega a mostrar sus maravillas. Los demás, me digo, deben estar en las mismas circunstancias que estoy yo, preguntándose por qué hay gente que no asume el descanso como una obligación. Es Jueves Santo. Pero, claro, siempre hay gente que tiene que estar activa para mover el motor mínimo del día: algunos que manejan vehículos, quienes atienden los establecimientos de comida, los que vigilan la seguridad pública y alguno que otro poeta que tiene que dar el testimonio. Lo que me consuela es pensar que mañana será peor. Me asomo por la ventana y la calle está vacía; busco el periódico por internet pero las páginas virtuales tienen sólo imágenes borrosas. Ni soñar con una sola noticia interesante.
La minuciosa labor del roce y el sudor de mis dedos, para colmo, ha borrado los signos que indican la letra que se activa en el tablero; voy a ciegas por la imaginación y por la memoria. Mi mamá era mecanógrafa; muchas veces, sobre todo cuando era muy chico, antes de entrar a la escuela, estuve con ella en la oficina en que trabajaba frente a una negra máquina de escribir enorme que tenía una pizarra alta al frente, de metal rígido, con un clip para fijar la hoja que había que copiar; el trabajo era eso, tomar un dictado en una escritura cifrada que permitía que el jefe, el señor, el licenciado, hablara cómodamente a su ritmo natural y enseguida la secretaria traducía esa taquigrafía a un escrito a máquina en hojas con membrete, con las copias necesarias a papel carbón, en que pudieran ponerse firmas y sellos que acabarían justificando el trabajo de todos y moviendo la máquina social de la burocracia. Ese escrito era borrador tantas veces como enmiendas quisiera o tuviera que hacer el licenciado, para eso estaban las mecanógrafas; la mecanógrafa, mi mamá, lo fijaba frente a sus ojos y sin mirar el teclado, como una virtuosa del piano, como una bandada de gorriones picoteando en un recipiente de alpiste, reproducía la hoja al ritmo de una dicción lenta pero continua, como un discurso sin atropellos, con serenidad, con conocimiento de causa.
Vaya, ya me pasó como a mi vecino Lope, al que Violante le mandó hacer un soneto, y resulta que ya tengo escrita, sin querer, mi página del día. Ahora sólo me falta elegir en el tiradero de al lado algún texto de los que se van quedando rezagados y mueren de melancolía en el cajón... ¡Ándale!, ya salió uno aquí que viene a cuento:
ATENCIÓN: VENCEJOS EN EL AIRE
Lo normal es que uno alabe el canto de los pájaros, que celebre sus trinos con distintos modos y matices, que diga que a su arrullo las mejores causas de amor tienen cabida y tienen defensa los momentos más crudos, si es que uno es de esas personas que van valorando los distintos momentos que vive en una especie de contabilidad vital, digamos. De suyo los de los pájaros son los hilos con que se teje el gusto por la vida.
Quién, qué poeta, qué alma sensible no ha glosado esa orquesta de ángeles en matinal espejo de ánimas que es el canto de los pájaros apenas haya cerca un árbol, un jardín, un seto respetable. ¡Con qué tenacidad nos acompañan! Y aquí hay al lado mismo un jardín, el de la casa de Lope y ahora sí que a vuelo de pájaro, cerquísima, el Real Botánico y el muy arbolado Paseo del Prado. Me acuerdo sin miedo del bosque de bambú en dos o tres metros de la calle Tiépolo, a veinte metros de mi casa, en México, donde una hipérbole de pájaros despertaba mi terraza con infinita alegría. Yo los espiaba con sigilo y en bata venir a degustar los mijos, las chías, los alpistes, las semillitas de linaza con que los convidaba mi mano franciscana. Mirlos, gorriones, ruiseñores, clarines y zenzontles, canarios y verdines, canten, digo hoy en la memoria revenida como cauce de agua fresca, correspondan a mis expectativas, digan la voz de lo precioso, endulcen el aire de todos y recompongan el mundo, cuyo son ustedes como joyas audaces en la cristalería de la naturaleza. La función, la sacrosanta función de la poesía, les digo casi a gritos.
Sí, sí, puede decirse incluso que estamos hartos del lugar común que representa su alabanza, que de tan abundante resulta ya pesada la exaltación de esa belleza. Oh. ¡Pájaros! Pues hay también reverso en esto de los pájaros; si estás en Madrid difícilmente te escaparás del horroroso rechinar de los vencejos que llegan hacia la mitad de la primavera y comienzan a reproducirse con nerviosismo impaciente, de modo que al comenzar el verano, cuando no hay más remedio que tener abiertas las ventanas porque el calor aturde, son ya tantos que no hay Ilíada que los contenga y describa ni narre sus batallas y pasiones, su vocación inicial de golondrinas pervertidas al vuelo por ve tú a saber qué tentaciones, sus aguzadas quillas que así cortan el aire como si tuvieran que atravesar Mediterráneos enfrentados entre sí siglo tras siglo sin llegar a armonizar jamás su convivencia. Éstos no cantan, chirrían; son alambres estirados en el aire, vuelan en todas direcciones y como italianos locos al volante hacen sonar sus bocinas agudísimas de metal tenso de seguro para no estrellarse unos con otros. ¡Quién puede quererlos! Como si hubieran soltado a un mismo tiempo todos los Heinkel, los Junker, los Fiat, los Chatos, los Savoias, los Romeos y los Messerschmidt que volaron aquí arriba en el 37 y el 38.
Pero todo tiene su límite, hasta esto de los pájaros: hacia finales de julio comienzan a remontarse cada vez más alto, más lejano, más puntitos desbarajustados en el cielo hasta que desaparecen. Emigran como las almas, para arriba. De modo que al empezar agosto uno no sabe ya si los aborrece y qué bueno que se fueron o en realidad los extraña tanto que quisiera vivir un año más para volver a verlos.
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Pureza de sangre |
Qué curioso que la sangre haya estado identificada, de una manera tan indudable, con la jerarquía social, con el derecho al reconocimiento de una dignidad a priori, con la reivindicación del valor que alguien tiene por haber nacido hijo y nieto de tal o cual. Y que una supuesta mezcla de sangre distinta de la original -como si hubiera una sangre original y pura- haya podido justificar grandes cataclismos históricos, como la expulsión de los judíos y los árabes de España o el Holocausto, por poner dos ejemplos brutales.
Ayer salió una nota en prensa acerca de la producción en laboratorio de sangre tipo universal, lo que resuelve gravísimos problemas para millones de enfermos que necesitan transfusiones que no siempre se encuentran del tipo requerido, con lo que se salvarán en el mundo incontable cantidad de vidas. ¿Pero qué diría un hidalgo orgulloso de su estirpe si se viera en necesidad de ser transfundido con este producto de laboratorio? ¿Cómo se habrían visto a sí mismos quienes convencidos de la pureza de su sangre tuvieran que aceptar una sangre, ya no sólo ajena sino de laboratorio, falsa, hechiza, para sobrevivir?
Y se me ofrece este tema porque precisamente tengo que ir ahora a que me hagan una prueba de sangre. No precisamente para constatar su pureza e hidalguía, que ya se sabe que son de largo alcance, sino para ver su capacidad de coagulación, cosa bastante más prosaica. Lo hago con frecuencia desde hace más de un año para regular la dosis de anticoagulante que ingiero para tratar de evitar que se haga un grumito por ahí, en alguna vena, se desprenda y realice un viaje irresponsable y fatal por los ductos internos hasta llegar al pulmón y causar un desaguisado. Que sería definitivo, por supuesto. Porque resulta que la sangre no está tan determinada por su origen como por lo que comemos; si comemos alimentos ricos en hierro, como abundantes ensaladas verdes que evitan la anemia, propiciamos una mayor capacidad de coagulación de la sangre y por no estar anémicos acaba por volvérsenos espeso el caldo y hacérsenos bolas el engrudo.
Abro un cajón del viejo escritorio de roble y revuelvo algunos papeles amarillentos; de entre ellos sale éste que releo y me apetece compartir.
Y ahora lo digo en otros términos, más reales: reviso los archivos de la computadora y encuentro uno de hace muchos años que me apetece compartir. Pero era bonita la nostálgica evocación del mueble de antigua estirpe que me heredara un mi abuelo junto con una sangre limpia y orgullosa de su pasado heroico.
LOS LIBROS MÁGICOS / LOS MÁGICOS LIBROS
Hay varios mundos, o si se prefiere hay varias estancias en el mismo mundo en el que aparentemente vivimos. Es decir: vivimos pero esta vida sólo es apariencia, o más bien dicho, sólo es fragmento de apariencia. Trataré de explicarme: hay varios compartimentos en lo que llamamos la realidad en los que las cosas no ocurren de igual manera. En unos se vive de un modo y en otros, de otro. La misma realidad, el mismo entorno, como si pertenecieran a un bargueño de infinitos cajoncitos, se manifiesta de modos sumamente distintos en cada casilla.
Cada uno de los que habitamos el mundo, y para reducir un poco las proporciones y dejar que la imaginación se agarre de algo más tangible diré que cada uno de los habitantes del país, tiene la posibilidad de escoger en qué parte de la realidad le gustaría estar ubicado. Todo es que lo sepa, que alguien le informe que entre sus derechos humanos se encuentra el de decidir cómo quiere vivir su muy particular realidad. Y que sea dotado de la herramienta mínima necesaria.
¿Y en qué consiste esa peculiar herramienta mágica que puede hacer las veces de varita que tocando a cada uno en la cabeza, aunque hay quienes dicen que en donde debe tocar primordialmente es en el corazón, lo ubique de golpe y porrazo en el departamento de su preferencia?
Se podría decir que tal se halla en cada uno de los infinitos libros en que los escritores han ido construyendo las puertas que abren las cámaras de la imaginación.
El tiempo en ellos –los libros– sufre una violenta abolición o por decir mejor un cambio de ser que lo clona reproduciéndolo hasta el infinito, como una imagen ante dos espejos encontrados.
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Sueño espeluznante |
La sociedad española está integrada; se mira a sí misma como unidad y señala sus problemas como algo que se comparte entre todos. Por ejemplo: todos los días los medios dan a conocer cuántas víctimas mortales hay en accidentes de coches en las carreteras de todo el país. Este año pensaron que iban a abatir ese siniestro cómputo con varias medidas: el carnet por puntos, que quiere decir que la licencia de manejar tiene un número determinado de puntos que vas perdiendo con las infracciones que cometas hasta que te quedas sin poder conducir; los controles de alcoholemia en las carreteras, en las que te detienen y te hacen soplar una cornetita que denuncia lo que te has chupado; la instalación de cientos o miles de radares en las carreteras para desanimar el exceso de velocidad; toda clase de campañas en radio y televisión para convencer a la gente de que si bebe no maneje, de que use el cinturón de seguridad, de que no exceda la velocidad permitida; pero nada, la cifra crece, la atracción de la muerte se impone. Es evidente que las medidas técnicas no son suficientes, como nunca lo son para resolver los problemas sociales; que hay algo que se le escapa a quien diseña la solución de los problemas, por más buena fe que le ponga.
Cuando era niño me recuerdo asomándome al tablero de todos los coches para ver cuánto marcaban como límite los velocímetros; me imaginaba el vértigo brutal de ir a ciento sesenta kilómetros por hora, que era la máxima, y pensaba en el orgullo del propietario del coche al saber que su máquina era capaz de esa proeza. Hoy creo que marcan en general doscientos cincuenta o hasta doscientos ochenta. El año pasado detuvieron a uno que iba a doscientos sesenta y después de meses la justicia halló que no había infracción porque no había puesto en peligro la vida de nadie. En la radio anuncian una suerte de detectores de radares para poder burlarlos. Hay quienes comercian con los puntos del carnet de su tía o de su abuela que ya no manejan. El transporte colectivo es mucho más seguro que el privado pero no tiene comparación el estímulo de publicidad en todos los medios que separa la diferencia entre uno y otro. Coche. Coche. Compre coche. Sea un vencedor. Sea irresistible. Sea la más bonita que ninguna. Coche. Sea el que más. Coche. Coche.
Pero bueno, decía que la sociedad está integrada y se fija en sus problemas colectivos. Ya es un paso.
Hace unos tres o cuatro años tuve un sueño de carácter social, digamos; estaba Fox de presidente y yo como miembro de la Embajada de México. No lo publiqué entonces porque no hay medios en los que uno pueda publicar sus sueños, cosa que desde mi punto de vista es contraria al interés público porque los sueños contribuyen a enviar mensajes cifrados a la vida individual y colectiva. Curiosamente, en los periódicos no hay sección de sueños y sí hay de casi todo lo demás, lo mismo que en radio y televisión. Cuando llega a haber algo relacionado con los sueños pertenece por defecto al reino del esoterismo, de las religiones marginales, de lo inmensamente minoritario. Claro: sobre los sueños nadie ejerce ningún control, ni hay cómo hacerlo. Bueno aquí pongo aquel que califiqué de
SUEÑO ESPELUZNANTE
Estamos, ahora ya no sé quienes, sólo que estoy yo, por supuesto, en una casa grande; soy consciente de que atrás de mí hay un gran ventanal y un campo enorme al que mi interlocutor alude; la alusión me hace voltear y veo venir un gentío a caballo; parece ser toda la gente pudiente o toda la clase dominante de México. Ya estoy fuera, entre el gentío. El presidente Fox está vestido de charro y se espera que monte un caballo espectacular, el mejor caballo, que está en un camión estacionado enfrente. Me acerco oficiosamente a abrirle la puerta trasera del camión para que pueda entrar y montar su cabalgadura. En efecto, es un caballo imponente pero está de espaldas a la puerta y sin ensillar. En lo que busco cómo detener la puerta en un lateral para que no vuelva a cerrarse, ya el presidente Fox ha montado a pelo el caballo que se echa para atrás; se levanta sobre las patas traseras y cae del camión encima de su jinete. Hay una exclamación de horror entre la multitud. El formidable caballo se revuelve sobre su lomo y sobre quien lo montaba, moliéndolo, y levantando el cuello volteado hacia su víctima, atrapada por el peso del animal, comienza a morderlo en la cara y el cuello; se apresura con furia agónica a despedazar al presidente Fox; no parece haber manera de salvarlo; también el caballo un tanto picassiano está irremisiblemente roto. De pronto el presidente Fox reacciona, se incorpora y se pone a pelear a dentelladas y coces con la bestia, pero ya están ambos visiblemente despedazados. Al fin, alguien dispara contra el caballo sucesivas, constantes balas, pero yo no me quedo a ver el desenlace sino que ingreso de nuevo a la parte en donde está la casa. Toda la escena de la caída del caballo ocurrió a las puertas del cementerio. El gentío, adentro del patio, está formado por pueblo común en larguísimas y apretadas colas que me dificultan el paso. Me encuentro a Arturo Beristain y le cuento la muerte de Fox. La gente todavía no lo sabe. Siguen imágenes que no relaciono con el acontecimiento.
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¡Me quedé dormido! |
¡Reporra!, llevo por lo menos una hora de retraso. Me volví a dormir. Y es raro porque ya había dormido lo reglamentario, como de la una y media a las ocho pasadas. Ya creía haber terminado con ese trámite pero me acomodé de ladito sin que me doliera la espalda y ¡sópatelas! me eché como otra hora y media. Lo malo es que no me puedo dar más prisa que la de concentrarme y estar en lo que estoy porque lo de escribir rápido no nada más depende de la digitación, también del ritmo al que va uno enhebrando las palabras, que a veces salen de la conciencia de un discurso y fluyen con presteza y a veces de la pura invención, como ahora, y hay que detenerse a reflexionar mínimamente.
Pero la verdad es que qué bueno que me volví a dormir porque lo primero que me vino a la cabeza cuando recordé la primera vez fue lo siguiente: "Al despertar tenía en el aliento varios cadáveres en descomposición. Maticé. Tenía en el aliento varios cadáveres insepultos. Me levanté con la columna vertebral quebrada. Me desplacé como pude. Hice unos buches de agua fresca y despareció la carroña..." La verdad es que no sé qué me pasó; con un principio así tenía que haber escrito un thriller o reconocer que no sirvo para nada. No sirvo para nada: me volví a dormir.
Ya sé que cada vez los efectos del carboplatino son diferentes, pero tienen algunas cosas en común; una de ellas es que me dan dolores repentinos en cualquier parte, como punzadas agudas que desaparecen en seguida; otra, un decaimiento generalizado, un malestar repartido a voleo por todo el cuerpo y el ánimo inclusive; lo bueno es que sé que dura tres o cuatro días y se diluye, vuelve la normalidad después de la tormenta y el sedimento que deja es una devastación de células cancerosas masacradas; y claro, como en todo campo de batalla, también queda la siembra de caídos de este lado.
¡Vaya! ¡Fuera sombras de la noche! Es lunes, Milagros se fue a la piscina y no debe tardar en regresar. Desayunaremos fresca fruta y me dará un beso. Averiguaré por qué hay un helicóptero sonando arriba desde hace rato; lo normal es que protejan a los altos jerarcas políticos en sus comparecencias en el Congreso, que está aquí a la vuelta, pero ahora no hay labores; la otra misión que suelen cumplir es la de vigilar las manifestaciones; tampoco hay nada de eso. ¿Qué será? Ah: alguna visita distinguida en el hotel Palace; algún artista internacional, porque ni soñar con que alguien de la política mundial haya venido en Semana Santa. ¡Bah! Ya me enteraré. O no.
Por lo pronto, pensé en compartir con ustedes una experiencia curiosa que tuve los primero años de vivir en Madrid. La pongo con la etiqueta de Asombros y Sorpresas. No la vean con malos ojos. La poesía suele estar agazapada en cualquier parte. Y a propósito, ahora que dije esto me acordé de un parlamento de pastorela que me hizo mucha gracia, aunque no viene a cuento para nada: "Ya nació Jesucristo / en un pobre pesebre; / donde menos se espera /salta la liebre."
SIEMPRE HAY UNA PRIMERA VEZ
Nunca me había pasado. Llevo dos años y medio viviendo en Madrid y antes de eso, varias, muchas veces, estuve en Europa y nunca tuve necesidad de mostrar a un inspector el boleto del transporte público.
El año que estuve yendo a Berlín me asombraba de que no hubiera necesidad de pasar el billete por ningún control, sólo había que tenerlo, con que uno supiera en su fuero interno que había pagado era suficiente y la legalidad estaba garantizada con asumir tu responsabilidad sin coacción ninguna, pero ay de ti si no lo tenías y pretendías defraudar al sistema de transporte; si un inspector te lo pedía y carecías de él, además de la alta multa a que de forma inconcusa te hacías acreedor, te inscribían en la lista de extranjeros indeseables, o al menos eso me dijeron mis hijos, quizás preocupados por mi educación cívica y moral.
El año pasado -qué curioso, hace justo un año, y también hacía frío pero yo no llevaba el mismo abrigo-, en Bruselas, tomé un autobús y pagué el importe al chofer, sin percatarme que la mecánica de pago consistía en que el conductor recibía el importe del pasaje y le daba a uno un billetito que había que introducir en una alcancía electrónica; yo me guardé el papelín en la bolsa, satisfecha mi conciencia con haber pagado el importe; luego me enteré de que tenía yo un boleto libre para hacer otro viaje porque no había cumplido con el ritual de la decencia, que por desconocimiento infringí Cuando me enteré de lo que había hecho traté de imaginarme la situación: “Mire usted, yo llegué ayer a Bruselas, es el primer transporte público que uso (todo esto, claro, en francés, tartamudeante y pedregoso ante un inspector por lo menos si no es que ya ante la policía en pleno), sí pagué, aquí está la prueba, sólo que no sabía que había que pasar el boletito por la machinne a…, tenga, se lo doy, no se puede pensar que por una cantidad tan irrisoria un señor de mi edad…, puede usted ver mi pasaporte, está en regla, no estudié ninguna carrera pero soy un hombre honrado, en mi Embajada se lo pueden decir…”
-Chin, no traigo pase-, me dijo María Cortina, cuando se abrían las puertas del vehículo rojo como labios pintados en el Paseo de la Castellana.
-No importa, yo te lo disparo-, le contesté, y luego de saludar al chofer introduje dos veces el boleto en el contador electrónico.
Se rió María con esa risa suya tan fresca y contagiosa, divertida por el rescate de una forma de ofrecimiento que hacía años, dijo, que no oía: “yo te disparo”. Porque disparar, para los mexicanos, no sólo es activar el percutor de un arma e inducirla a expeler su munición contra algo, o contra alguien, sino activar la voluntad y salir primero al paso de un gasto de otro poniendo por delante la generosidad. “Yo disparo las copas”, “dispárame un refresco”, “ora, cuates, ¿quien dispara las viejas?”
Pues muy sonrientes íbamos hablando de eso y de lo transparentes que se nos hacen algunos gestos y acontecimientos de la política española luego de ver y vivir la mexicana, que es tan condimentada y picante, en contra de lo reseca y áspera que nos parece a veces la española, y lo transparente que es el cielo y el aire de esta ciudad en donde tan a gusto se vive, a pesar de que no está libre de sus buenas capas de contaminación por el dispendio bárbaro de coches particulares, cuando un señor de abrigo –todos íbamos de abrigo, era enero- muy sonriente, como contagiado con nuestra relajada plática o como queriendo entrar sin lastimar a lo que notó claramente ser un cuerpo de dos muy desapercibido y por lo tanto, en riesgo,
-¿me permiten sus billetes?-, dijo, tratando de no alterar el tono de nuestra conversación, como si estuviéramos ya de antes hablando con él y fuera su momento de intervenir. Tal debiera ser siempre el tono en que se aborda al prójimo y no la resonante potencia con que en estas calles suelen dirigirse los unos a los otros. Fue tan poco irruptora y tan natural y eficaz su intervención que con toda tranquilidad saqué del bolsillo el taloncito y se lo mostré: tenía el doble sellado del importe del trayecto que hacíamos. Casualmente era un talón de diez viajes y esos eran los primeros dos que usaba, así que se veían las pequeñas marcas de la máquina en el dorso rosado del billete con una limpieza virginal que el inspector revisó sin dejar traslucir la más pequeña indiscreción, sin que en su mirada o en el movimiento de los hombros o en algún quiebre del cuello se fuera a pensar que había entrevisto algo más allá de lo que le correspondía, en estricto sentido de la palabra, ver. Sin perder la sonrisa, el señorcito dio las gracias y siguió pidiendo comprobantes a los demás pasajeros, que no eran tantos porque a las once de la mañana no suelen ir muy concurridos los transportes públicos, tanto que nosotros íbamos cómodamente sentados.
-Qué raro –dije-, nunca me lo habían pedido.
-Siempre hay una primera vez-, me contestó ya desde la perspectiva de otros asientos, sin alterar el tono, sin salirse de esa especie de plano íntimo que había conseguido establecer con nosotros y con un dejo de complicidad sonriente.
Lo comprometedor que hubiera sido no haber cumplido con el ritual: en ese momento toda la armonía de nuestra plática de amigos más el bienestar de la mañana fresca y transparente, más la observación de que los humanos nos comportamos de diferentes maneras en diferentes lugares pero esencialmente somos iguales, hasta en la política, más los planes de vida de que íbamos hablando, más la belleza de los jardines que bordean el Paseo, más la solidez esforzada de mi moral cívica, más la intervención delicada y casi diría quirúrgica del inspector, habría estallado en vísceras agrias y hojadelatas chirriantes. De la que nos salvamos.
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Desánimo relativo |
Me resisto. No quisiera escribir nada este día. No tengo ganas de cerrar el capítulo del libro de poemas. Ah, si pudiera volver a empezarlo, si algún conjuro pudiera hacer que todos los que lo han leído se olvidaran y yo pudiera volver a presentarlo como una novedad. ¿Pero para qué voy a publicar dos veces seguidas el mismo libro? Es absurdo. Como si no hubiera tantas otras cosas escritas y por escribir que están esperando el paraíso de la hoja que va a ser leída. El paraíso o el infierno. Según. Pero no, no es eso lo que me inquieta, no es la idea de que lo próximo pueda ser un infierno; estoy seguro de que no lo será. Ni por lo que escriba ni por la cantidad de lectores adictos que una vez vueltos de las vacaciones, con vigor renovado, se aplicarán a buscar el espíritu oculto de estas páginas.
Es eso lo que me tiene sin ganas de escribir, saber que es domingo y que han empezado las vacaciones de Semana Santa y hay poquísimos lectores activos. Aunque sé de sobra que es una apreciación subjetiva que se deriva del hecho de haber podido cotejar todos los días cómo aumenta el cómputo de visitantes y la conciencia de que esta semana, haga lo que haga, habrá poca respuesta, las gráficas se irán para abajo; y no hay nada que hacer porque montones de lectores posibles no harían caso de mis requerimientos de atención e incluso pensarían, con razón, que qué imprudencia importunarlos en su descanso. Qué distinto sería si hubiera salido ya el libro publicado en papel, tendría una expectativa diferente, estaría pensando que ojalá que sus posibles lectores se lo hubieran llevado para leerlo en estos días de descanso. ¡Ay, tío Einstein, qué relativo es todo!
De modo que ¡ánimo!, me digo, ¡sursum corda!, el trabajo es el trabajo y el que uno ha elegido tiene que hacerse lo mejor posible. Y de todos modos no puedo poner un letrero que diga "cerrado por vacaciones" en este blog, no porque físicamente no pueda, porque podría poner una letras grandotas atravesadas, sino porque no tiene sentido: no estoy de vacaciones y sería ridículo fingir que me fui de viaje; no faltaría alguien que me pidiera narrar lo que vi y tendría que mentir o acabar confesando la verdad. Que no sería otra que la que ya he contado.
Así que nada, aquí va el "Colofón". Más claro ni el agua.
COLOFÓN
He estado revisando la historia y resulta
que todos han muerto. Todos, todos.
De manera que esa secreta esperanza que yo tenía
no encuentra fundamento. No sé qué hacer.














